Había una
vez, una casa con tres/ personas en una mesa/;
Uno en
inglés, otro hablaba en francés/ y el otro hablaba en caliente/.
Cada uno
mantenía su conversación/ que giraba en tres temas en cuestión:
Amor libre,
sociedad y represión.
Charly García.
No tengo vela en este entierro
Me molestan las coincidencias. O, mejor dicho,
ciertas coincidencias. Si una mujer bonita coincide conmigo en cuestiones que
acerquen nuestras posiciones hacia una situación más afectuosa, voy a sentir
que adoro las coincidencias. Pero coincidir con quien es mi enemigo en términos
ideológicos, políticos, sociales y culturales, entre otros, me deja haciendo
ruido o, más bien, un bullicio cerebral.
Desde el día en que se dio a conocer el fallo sobre
el caso de Marita Verón, aquellos que siempre estuvieron frente a mí
ideológicamente, coincidieron conmigo en la indignación sobre el asunto. Por
supuesto, me provocó pánico escénico salir a mostrarme con el mismo discurso
que aquél con quien siempre debatí. De algún modo, te miran como diciendo “¿Viste
que tenía razón?”, al tiempo que sonríen socarronamente.
Entonces me puse a analizar desde este pequeño
espacio de reflexión contemporánea que es la Historia, para comenzar a
discernir y encontrar las razones por las que creemos o parece que pensamos
igual y que nos llevan a sacar casi la misma conclusión. Lo que la Historia
llama Causa y Efecto sobre el Hecho a estudiar.
Yo que crecí con Videla, yo que nací sin poder…
No voy a entrar en el detalle del legado de la
Revolución Francesa sobre la división de poderes. Sí voy a referirme a la
independencia de estos poderes, donde la falta de influencia o incidencia entre
uno y otro es el que garantiza el perfecto desarrollo y funcionamiento de las
instituciones, dirían con mucho entusiasmo Ricardo Alfonsín o Lilita Carrió. Los
poderes Ejecutivo y Legislativo son claramente identificados como los poderes
netamente políticos, dependientes de esos intereses políticos económicos,
sociales, etc., y fácilmente influenciables por estos avatares y, por supuesto,
fluctuante de acuerdo a los procesos políticos coyunturales. Esa volatilidad es
la que pone a esos dos poderes bajo el poder contralor del tercer poder, que es
el Judicial. Este poder está falsamente identificado como un poder imparcial y
sujeto a derecho. Es decir, que al estar “sujeto a derecho” va a actuar tal y
como la ley lo impone, por eso se le da la potestad de actuar como monitor de
los otros poderes. Es decir, estamos hablando de seres –los jueces- como
personas infalibles, nada influenciables e inimputables. Son personas que no
tienen otro interés más que el de hacer justicia sea cual fuere el sistema
económico que rija o el gobierno de turno que detente o no el poder. Es decir,
podríamos identificar a los jueces como sujetos casi aislados de la sociedad y
con un severo cuadro de autismo, sólo interrumpido para ponerse la Santa Toga.
Nada más falso que eso. Los jueces son sujetos
sociales y como tales, viven, sufren, gozan y padecen al ritmo del pulso
social. Tienen un equipo de fútbol favorito y eligen el papel higiénico que les
raspe menos y les limpie mejor. Pero, sobre todo, tienen intereses e
ideologías, lo cual hace imposible que actúen y ejerzan justicia
independientemente de esos intereses e ideologías. Si partimos de la base que
ellos se eligen entre ellos para ocupar sus cargos y ellos se juzgan entre
ellos si no honraren sus cargos, pues estamos decididamente ante una
corporación que, incluso, tiene la potestad de filtrarse la información o de
anticiparse a las acciones de la justicia de forma tal que, si uno de ellos va
a ser procesado o sometido a juicio político, puede… ¡Renunciar para no ser
juzgado por el delito que cometió en su cargo!
Entonces… Papita pa’l loro o pelito pa’ la vieja, como usted prefiera.
Claro, dirán ustedes, amigos de nuestro espacio, la corporación política se
ampara en la inmunidad política y puede ser reelecta para no ser juzgada. Pero
ante casos flagrantes y ya casi obscenos por lo groseros, esa inmunidad puede
ser revocada por el mismo cuerpo parlamentario para poder ser juzgado y hasta
detenido, tal como pasó con el caso de Carlos S. Menem. Los resultados merecen
otra discusión, pero la corporación política no es tan homogénea como la
judicial.
El Poder Judicial argentino cuenta con muchísimas
ventajas y casi ninguna desventaja. A la hora de abroquelarse para resguardar
sus propios intereses contra el embate de otros poderes, corre con la ventaja
de tener la última palabra para decidir si el ataque que sufren es
decididamente nocivo para los intereses de la Nación (deciden también que sus
propios intereses son los de la Nación toda), para desestimarlo o ponerlo en el
lugar que se merece; no pagan impuestos a la Ganancia como cualquier trabajador
de la Nación; sólo se remueven entre ellos, se designan entre ellos y se juzgan
–si se da el caso- entre ellos; pero, ante todo, es el único de los tres
poderes que no está sometido a la voluntad popular (todo lo contrario): no hay
elección que los designe, los valore, los valide o los revalide. Por lo tanto,
el Poder Judicial se erige como el más intocable y el más impune –a su vez- de
los tres poderes. Por ello, la idea de democratizar el Poder Judicial no es nueva
para quienes recorremos el camino nacional y popular; la Presidenta Cristina
Fernández de Kirchner la expresó (los invito a corregirme o a precisarlo ya que
en este momento no cuento con la información exacta) creo que desde su discurso
de asunción en su primera presidencia.
La democratización del poder Judicial es
absolutamente necesaria por la sencilla razón de lo que mencionábamos
anteriormente: la ideología de la mayoría de los jueces es anacrónica respecto
de los tiempos sociales. ¡Todavía hay jueces del Camarón! Para quien no lo
sabe, los jueces del Camarón son aquellos jueces designados por la Cámara
dependiente del Gobierno de facto Alejandro Agustín Lanusse, Cámara formada
esencialmente para reprimir los movimientos sociales, políticos y guerrilleros
que pugnaban en la Argentina dictatorial por lograr el retorno de Perón luego
de 18 años de exilio. Es decir, jueces con una clara vocación represiva. Y que
perduraron, luego, con la dictadura posterior y la democracia posterior hasta
nuestros días. Por ello, me resulta importante citar a Félix Crous, quien dijo
que “La matriz del poder judicial en la Argentina es la matriz del poder
judicial de la dictadura”. No hace falta entrar en detalles sobre la matriz
ideológica de estos jueces, creo… Lo cierto es que la Argentina moderna aún
tiene espacio para los anacronismos y, paradójicamente, para la aceptación de
corporaciones que marchan a contramano de la sociedad: la Iglesia, el
sindicalismo y la Justicia son corporaciones poco o nada democratizadas y se
mantienen inalterables en el tiempo, a contramano de la sociedad, que va
regenerándose día a día.
No es que no te crea, es que las cosas han cambiado
un poco…
Volvamos a lo que nos convoca: la supuesta
coincidencia. Después de años leo un titular de Clarín y coincide con lo que
creo. Después de años, el que salió a cacerolear pone un afiche en Facebook y
me gusta lo que veo. Escuché por ahí que es un “consenso” mayoritario en una
sociedad más “madura”, luego de tantos desencuentros en democracia. Puede ser.
Pero creo que ese “consenso” tiene un trasfondo que esconde las diferencias que
nos siguen mostrando como una sociedad “inmadura”, a Dios gracias.
Todos estamos indignados ante el fallo de la
Justicia tucumana. Esa es la coincidencia. Lo políticamente correcto. Pero la
verdadera pulpa de la fruta se puede ver en cuanto uno raspa la costra, la
cáscara o la piel. Las diferencias comienzan a ser notorias cuando nos
explayamos en el porqué de tanta indignación. Aquellos con los que no coincido
estaban, hace unas semanas, lanzando todo tipo de improperios contra la
Justicia argentina por estar sometida al poder político, es decir, al
Ejecutivo; el 6 de diciembre salieron a festejar la independencia de este poder
judicial respecto del político cuando se pronunció prorrogando la cautelar a
favor del Grupo Clarín, otra corporación, pero de carácter mediático. Hoy
vuelven a colocar a la Justicia en el lugar de la sospecha, pero sólo porque
relacionan que la trata está relacionada con el poder político y lo relacionan,
directamente y sin pudores, con el Ejecutivo. Entonces, desde ya, las
diferencias se profundizan más aún desde aquel preciso instante en que decidí
que no quería coincidir.
Alguna vez voy a ser libre…
Queda claro que hay una connivencia entre poder
judicial, policial y político (provincial). También queda claro que el fallo es
vergonzoso. Pero los mismos que aplaudían el fallo del 6/12 a favor de Clarín,
no elevaron su voz cuando a partir de la fuerza y el empuje de Susana Trimarco
y la voluntad y los oficios del Ejecutivo, se comenzó a luchar contra la trata
y una de las medidas fue acabar con el caldo de cultivo del tráfico de mujeres,
que era el llamado Rubro 59 (un gran negocio para la corporación mediática),
medida que el medio apeló y fue desoída por la sociedad toda, pero que fue
tratada con la indiferencia correspondiente (y el actual olvido) por quienes
hoy aducen cooperación gubernamental con la trata.
La Justicia se mueve por criterios corporativos e
intereses personales e ideológicos. Está más allá del bien y del mal. La
constitucionalidad de un fallo es algo que puede llegar a coincidir en la
medida que sus intereses coincidan, y si está de acuerdo con el poder de turno
y le viene al pelo, entonces no importa. Las Leyes de Obediencia Debida y Punto
Final, inconstitucionales a más no poder, son el claro ejemplo de ello. Y la
Ley de Medios, con todos los requisitos de constitucionalidad cumplidos,
también.
Y los elementos de prueba no dejan de ser a veces
hasta jocosos. Hace unos años atrás, un director técnico de fútbol, Carlos
Salvador Bilardo, entró a un estadio con una botella de champagne y tomaba
brindando a la salud de todo el estadio, en tono jocoso, burlándose de las
decisiones del árbitro (o juez) del encuentro. Fue famoso el episodio porque un
juez en lo civil actuó de oficio contra el técnico por “apología de vaya a
saber qué mal vicio se fomenta” en nombre de la ley de espectáculos deportivos,
a lo que Bilardo respondía que la botella era una charada y contenía “Gatorade”.
Pero aún hoy día, con elementos de prueba más contundentes, seguimos esperando
justicia y que el poder Judicial actúe de oficio ante casos como los del
bombardeo a Plaza de Mayo en 1955, los fusilamientos en el alzamiento del Gral.
Valle en 1956 y podemos seguir con una lista interminable hasta terminar en los
desalojos de los pueblos originarios por parte de la corporación sojera y la
contaminación de sus tierras para el cultivo de la cosecha más rentable. Allí
no actúan de oficio, porque no van a aparecer en los programas matutinos de la
TV explicando sus medidas, como el juez que no le dejó tomar el trago a
Bilardo. Los elementos de prueba son los que sobraban en el caso de Marita
Verón y el Tribunal tucumano desestimó de una manera casi absurda (y lo digo
aún antes de que se publiquen los fundamentos del fallo) y grotesca.
¿Adónde no coincidimos? Pues, desde ya, en los
fundamentos que nos llevan a estar en desacuerdo. No lo hacemos porque es
políticamente correcto estar a favor de Susana Trimarco; lo hacemos porque
también estamos a favor de los familiares de Dardo Cabo, de Felipe Vallese, de
Hebe de Bonafini, de Estela de Carlotto y de tantos más. Y tampoco coincidimos
en suponer que cada persona es culpable hasta que se demuestre lo contrario.
Ese es el ejemplo de las Madres. Pero también, es un derecho humano. Porque la
presunción de inocencia es, ni más ni menos, que un avance en la lucha por los
derechos humanos que, de tan naturalizado, ya nos parece trivial; pero no
debemos olvidar que hasta que se impone como principio jurídico la presunción
de inocencia, primaba la presunción de culpabilidad, con una Justicia que se pronunciaba
más descaradamente que hoy día a favor de los poderes corporativos, económicos,
políticos, etc…
Y no coincidimos, fundamentalmente, creemos en esta
Suprema Corte, y si el Tribunal fue injusto en su fallo –de lo cual no tenemos
dudas-, las distintas instancias de apelación llevarán a que la Suprema Corte
se expida y se logre la tan ansiada Justicia. Pero, volviendo a las diferencias,
esto no es lo mismo que una cautelar (que tiene más el carácter de
congelamiento de sanción judicial que de fallo) y en la presunción, todo
imputado es inocente hasta que se demuestre lo contrario... Esperemos los
tiempos de la Justicia, que aunque lentos, terminan llegando; sepamos diferenciar
el discurso de la derecha que pide Justicia a su manera y sin importar cómo y
esperemos tanto como haya que esperar; la derogación de las leyes de impunidad
y la Ley de Medios, son ejemplos de ello. Y si eso no basta, sigamos el ejemplo
de las Madres, que nos enseñaron que la Justicia está ante todo...
Había una
vez, el Juzgado de un Juez
Y todo
era diferente;
Todo el
dolor, el oro y el sol,
Pertenecían
a la gente…
(“Música
de fondo para cualquier fiesta animada”;
Charly
García)
Buenísimo, pasé por la misma experiencia de sonrisas socarronas y extrañas coincidencias indeseables. Desde ya gracias porque tome algunos consejitos ayuda memoria!
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