miércoles, 6 de marzo de 2013

Hasta siempre, comandante…




Se ha dicho y se dirá mucho políticamente, lo que significa y significó Hugo Chávez no sólo para la escena política venezolana sino también para toda Latinoamérica. Abundar en ello sólo nos volverá redundantes. Desde Historia Nacional y Popular queremos e intentamos, como siempre, generar nuevas miradas y aportes para la reflexión.
No vamos a poder cumplir con este cometido. Porque todo Chávez es un personaje original en sí mismo. Sus interminables discursos rescatan, a todo momento algo que nosotros desde este espacio ponderamos como una herramienta de construcción política y que es condición sine qua non para un direccionamiento ideológico nacional y popular: la sensibilidad. Chávez no citaba una canción: la cantaba. No se refería a un poema: lo recitaba. No hablaba de la alegría: la transmitía. Porque la sensibilidad le sudaba por los poros, entonces, se llevaba a las trompadas con el protocolo. Y pintar un retrato de su “amigo Néstor” y entregárselo en una ceremonia a la Presidenta de la Nación Argentina diciéndole “Princesa, mi reina…” y emocionarse hasta las lágrimas y el abrazo en esa entrega… No es para todos. Sólo los líderes con amor hacia su pueblo, hacia su vocación de servicio, son capaces de transmitir la sensibilidad necesaria para que sus políticas se dirijan hacia los marginados, hacia los pobres, hacia los que sufren… Estos líderes de extrema sensibilidad hacia sus pueblos, estos pueblos extremadamente sensibilizados hacia sus líderes, son producto de una determinada ideología, de doctrinas políticas solidarias, de tendencias económicas olvidadas de los números y las estadísticas y basadas en el amor... Por eso, la derecha apenas reemplaza a sus dirigentes; mientras que nosotros, desde el campo nacional y popular, los vemos irremplazables y los lloramos desde lo más profundo porque eso nos inspiran: amor. Porque eso es lo que nos brindan desde lo político. Es el ejemplo de Néstor Kirchner, de Evita, de Perón, del Che, de Sandino, de Emiliano Zapata, de San Martín, de Bolívar y de tantos otros que contemplaron el amor y la solidaridad como estrategia política y herramienta de análisis ideológico.
Estas últimas 24 horas fueron duras para quienes sufrimos la pérdida de un gran líder. Y las sensaciones fueron ambivalentes. Si decidimos calmar las sensaciones para volcarlas en este espacio, fue por lo sucedido en lo cotidiano por cada uno de los que estuvo atento a la información: un pueblo entero movilizado y dolorido por su pérdida. Pero también una horda de salvajes incivilizados celebrando la muerte del enemigo político que en vida no pudieron derrotar ni por las buenas (elecciones) ni por las malas (fallidos golpes de Estado y planes de magnicidio). Cuando me hube calmado de ello, analicé las sensaciones y siempre, en la vida política, me remito a mi Historia. Y sólo pude arribar a una conclusión contundente, definitiva: hace quince años atrás sólo me emocionaba viendo los videos de Evita, escuchando al General y leyendo al Che. Jamás imaginé, en ese entonces, que este momento me encontraría llorando por la muerte de líderes políticos argentinos (Néstor Kirchner) o extranjeros (Chávez) o padeciendo sus infortunios (Lugo, Lula o Khadafi). La conclusión, pues, es que estamos viviendo un momento notable, políticamente hablando. De la desesperanza de fines de siglo XX a la sensibilidad plena podría decirse que hubo siglos de devenir y, sin embargo, en menos de una década la tendencia se revirtió gracias a la acción de estos líderes que transformaron su época renovando la esperanza.
Sólo nos queda seguir su ejemplo, como muchos manifiestan, y apoyar con coherencia los proyectos nacionales y populares de la región, sin olvidar que Chávez fue kirchnerista y Cristina es chavista, como Evo es frenteamplista y así sucesivamente. Porque eso de ser nacional y popular para Venezuela pero en Argentina no porque “no me dejan acceder a los dólares” o “está Monsanto”, es el mismo error cometido por muchos de los que hoy lloran al Comandante y ayer lo cuestionaban por sus ventas de petróleo a Norteamérica. Esas diferencias y particularidades de políticas en las regiones se expresan por sus propias coyunturas y realidades. Pero a la hora de concretar políticas comunes, en la foto, siempre están todos juntos de la mano, como un bloque, olvidando el chiquitaje y luchando por una Latinoamérica unida.
Hasta siempre, Comandante. Vamos a lamentar mucho tu partida. Pero más vamos a celebrar tu presencia, tu paso por esta vida y tu legado.

lunes, 4 de marzo de 2013

La militancia como herramienta de construcción política Apuntes para una militancia actual




El origen militante
La experiencia militante para generar adhesiones o construir políticas, se presenta como una herramienta relativamente novedosa en la Historia de la Humanidad, puesto que la política es una construcción que nace con la vida del hombre en sociedad pero sin producir militancia orgánica. De algún modo, podríamos objetar, una persona que hace política hace militancia; pero no. Se podría afirmar que la “rosca”[i] nace antes que la militancia, en los grandes imperios de la Antigüedad, así como la diplomacia aparece después del Tercer Milenio a.C. en el Cercano Oriente Asiático. Todo trabajo o acción militante o protomilitante, surgida desde entonces y en adelante, se vincula a la Guerra y se relaciona con la diplomacia. El acceso al ágora en la Antigua Grecia no requería una acción militante puesto que era de carácter obligatorio para cada ciudadano, así como a la función pública (sin olvidar que no todos eran ciudadanos); en la Roma Antigua, la republicana o imperial, es donde queda más de manifiesto la acción avezada de estos “rosqueros” que debían tejer alianzas para acceder al Senado, siempre, y al trono del emperador, toda vez que lo ambicionen.
Sin abundar en detalles, podemos decir que los primeros militantes o protomilitantes comienzan a expresarse y dar rienda suelta a sus primeras actividades con el origen del capitalismo. Su característica fundamental será, entonces, de carácter panfletario e incendiario: repartían lo que podían para explicar sus ideas (panfletos, generalmente) y movilizaban la gente hacia los disturbios. Los filósofos de la Revolución Francesa y sus adherentes innovaron y revolucionaron no sólo el sistema político, sino también la forma de hacer política. Las reuniones en bares y plazas así como en cuanto sitio público apareciera estuvieron a la orden del día y se organizaban espontáneamente con el fin de encender la pasión de la llama revolucionaria, dando origen a los clubes que tenían una característica distinta a la actual y oficiaban como centros de discusión política, y hasta literarios. Esa forma de militancia se trasladaría a América Latina y los revolucionarios de Mayo la llevaron a la práctica con eficacia para poder ganar su Primera Junta; French y Berutti fueron los militantes más activos, los que salían a recorrer las calles en busca de adherentes que coparan la Plaza y el Cabildo, para generar la presión que el ejército de Saavedra vacilaba en aplicar. Es decir que los antiguos militantes Nac&Pop te llevaban a la Plaza por la modesta dádiva de una escarapela, acotaría un tilingo de 1810. De allí en más, en nuestro país, la militancia da paso a la guerra y estas tareas absorben la política de la vida del país, ya sea la guerra de independencia, primero, y la guerra civil después.
El desarrollo de las ciudades en la segunda mitad del siglo XIX, genera una composición social más compleja, especialmente con la corriente inmigratoria que se produce a partir de las políticas diseñadas por los sucesivos gobiernos para la incorporación de la Argentina al mercado mundial. Y, por supuesto, se complejiza también la práctica política. El desarrollo del modelo agroexportador requiere mano de obra para proveer al mundo de cereales y carnes; la sarmientina imaginación de la clase política argentina, bregó por la llegada del inmigrante europeo de las zonas más nórdicas, más arias… Porque además de la claridad en la piel, pelo y ojos, “la nieve es portadora de cultura”, por oposición a la barbarie incivilizada que el gaucho, con su sangre impura –por sus genes indígenas[ii]-, jamás le brindaría a nuestra Nación[iii]. Esos inmigrantes llegarían de las regiones más críticas de Europa, las más pobres, donde sus habitantes, sin nada que perder, abandonaban su terruño y se abandonaban a la idea de afincarse en un lugar desconocido, al extremo sur de un continente del que apenas tenían conocimiento. Desde España, especialmente la carenciada región de Galicia (de allí que todos los españoles que llegarían después serían conocidos con el gentilicio de esta región) y desde Italia, abordarían los barcos en la región sur, el sur pobre, más especialmente de la provincia de Nápoles (de allí que los italianos serían identificados como “tanos”, como apócope de napolitano), desilusionando sobremanera a la clase dirigente argentina, la llegada de esta gente tosca y noble.
Los migrantes europeos se incorporan a la fuerza laboral argentina con su experiencia previa, donde el socialismo y el anarquismo prendían entre los trabajadores incorporando la vida sindical de la mano del trabajo. Desde allí, contra el deseo de la clase dirigente argentina, además de la mano de obra se importan los sindicatos, los afiches pegados en cualquier rincón de la calle como medio de comunicación y, la forma que más molestó a la patronal, los mitines[iv]. Éstos eran la forma primitiva de las movilizaciones y marchas actuales con uno o más oradores de fondo para comunicar el mensaje político o elevar la propuesta correspondiente. Nace entonces el sindicalismo en la Argentina, a la par de un partido político que toma sus formas de militancia para incorporar o sumar voluntades: la Unión Cívica Radical[v]. Este nuevo actor político lleva adelante una lucha con estas nuevas herramientas políticas con el objeto de abandonar la democracia restringida del orden conservador, la del fraude y el voto “cantado”[vi], para lograr la de la democracia plena y participativa. El radicalismo incorpora a las formas de militancia sindical, el Comité, que eran los centros de reunión para la participación y la discusión de los militantes, a la vez que oficiaban de faros para quienes querían sumarse a esta militancia y no sabían adónde ni a quién recurrir; por eso también, en los barrios, los jefes de los Comités se erigían en líderes políticos: nacen así los caudillos de barrio o los “punteros”, llamados así porque hacían “punta” o iban a la cabeza de toda movilización, pero también se encargaban de “apuntar” lo que sucedía en el barrio, quiénes adherían a su propuesta y quiénes no, etc…
Causa y efecto: el militante y su acción política
La militancia, sus formas de acción y sus correspondientes renovaciones en el accionar político, siempre nacieron de espacios opositores. Nació así con la Revolución Francesa, siguió aquí en Mayo de 1810, y se desarrolló en la última década del siglo XIX con el radicalismo… Y esos modos y prácticas militantes, desde su innovación, fueron triunfantes y provocaron los cambios que se propusieron. Sucedió con las citadas revoluciones y, aquí, con el radicalismo, que logra la ampliación o democratización de la acción y participación política. Los comités fueron el pulmotor de la campaña que le permite a Hipólito Yrigoyen llegar al gobierno en 1916. Los medios de propaganda eran nulos (ni siquiera había llegado el tiempo de la radio como medio de alcance para los sectores populares) y el boca a boca era el recurso más efectivo y el más económico para un partido joven que jamás había estado en el poder. La figura del “Peludo”[vii] se agigantaba hasta tomar dimensiones míticas y eso lo hacía más seductor para quienes conocían de boca de sus vecinos o sus “punteros”, que ese hombre que vivía recluido y evitaba hasta los actos políticos, tenía en cuenta atender los pedidos de quienes jamás habían sido escuchados.
El radicalismo accede al Gobierno y se transforma en factor de poder, lo que lleva a una reformulación de sus estructuras que se “aburguesan”. Ya desde el Gobierno, las obras mismas hablarían por ellos. La inclusión social y el espacio que se les da a las clases trabajadoras para acceder, por medio de los sindicatos, a las mesas de negociación con las patronales, genera una adhesión insospechada entre los trabajadores por esa figura misteriosa que era el Presidente de la Nación.
Este aburguesamiento de las estructuras también trajo como resultado un alejamiento de la estructura partidaria de las bases que le dieron sustento. El alvearismo comienza a darle forma a lo que luego sería el radicalismo: un partido político de elite, con una dirigencia atenta a las clases altas pero con un ojo puesto en las clases medias, que en ese momento eran el sustento electoral de todo partido con serias aspiraciones de abrazar el poder. Resultaría tema de un análisis sociológico más profundo establecer las causas por las cuales los partidos políticos con composiciones sociales que no centran sus políticas en las clases populares olvidan a la militancia como herramienta de construcción política. La ya clásica foto de Mauricio Macri saltando el charco en un barrio carenciado de la ciudad de Buenos Aires, quizás sea el inicio de la respuesta: hay que caminar barro y ensuciarse los zapatos, como dicen en el barrio, para entender a la gente. Y no cualquiera está dispuesto a mezclarse con la chusma.
Tiempos violentos: militancia de resistencia
La década infame trae aparejada la restauración conservadora y, con ella, todos sus vicios. La oligarquía terrateniente recupera los espacios de poder cedidos (no perdidos del todo) y el fraude electoral recupera vigencia, relegando los espacios de reconocimiento social y político sobre los que los sectores medios habían avanzado y los sectores populares reclamaban hacerse un espacio. La militancia queda reducida a los tibios espasmos de la actividad sindical, una constante a lo largo de la Historia Argentina: allí donde la actividad política y partidaria queda relegada por el autoritarismo y la represión, se enciende la llama de la acción sindical para reemplazar o mantener viva la acción militante. Sea en tiempos de dictadura o de democracias restringidas.
El surgimiento del peronismo parece no imponer novedades militantes en cuanto a la práctica, pero sí en cuanto a sus características. Cambia la composición social y en la pirámide peronista, la base se amplía en las capas populares, en la clase trabajadora. Se retoman las prácticas del radicalismo y los viejos comités, puestos entonces al servicio de la Unión Democrática, en manos del peronismo se transforman en Unidades Básicas, los centros de reunión para las bases. Cambios al parecer superfluos. Pero hay innovaciones de fondo que transformarían la práctica militante de allí en más.
El peronismo, como toda experiencia novedosa, surge desde la oposición y debe remontarse en la adversidad, como lo hubieron hecho los revolucionarios de Mayo, los socialistas, los anarquistas y los sindicalistas en la Argentina. Pero debió hacerlo en la más dificultosa adversidad: el medio de comunicación masivo (la radio) estaba en manos de la coalición más importante formada en la Historia Argentina: la Unión Democrática, formada por todos los partidos políticos y el apoyo de los EEUU a través de un rol activo en la campaña por parte de su embajador, Spruille Braden. Ante semejante maquinaria propagandística, la nueva fuerza política impone la imaginación para llegar al poder: los camiones de obreros con engrudo y afiches empiezan a recorrer las ciudades dejando el sello inevitable para el transeúnte y el candidato en desventaja, para llegar a la gente, sólo tiene un camino que emplea con éxito: recorrer cada rincón del país para hacerse conocer aún donde la radio no se conocía. Y este candidato expone una nueva forma de militancia, ante la falta de una estructura partidaria: la militancia movimientista. El movimiento, pues, se hace presente en cada instancia, en cada acontecer de la vida cotidiana. Y el militante con conciencia movimientista, milita en cada espacio de su vida. No tiene que apegarse a las formas ni a las reglas de un partido: sólo debe hacer militancia activa en cada acción que le permita marcar una diferencia entre su ideología y la del resto. Un docente, entonces, hace militancia al dar clases, un abogado, al hacer cumplir las leyes, un artista, al transmitir ideas y sentires con su obra, y así infinitamente. El movimiento, el peronismo, explica que se puede militar aún en los ámbitos más inesperados y que toda acción cotidiana es transmisora de ideología. La maquinaria militante se expande hacia todos los ámbitos de la vida porque la coyuntura así lo exige: los sectores populares nunca tendrán los medios para llegar masivamente como lo hacen las elites. La militancia se opone y se impone (a su vez) a la gran maquinaria propagandística.
Las coyunturas imponen nuevas formas de militancia a medida que los años transcurren en la convulsionada Argentina de mediados del siglo XX en adelante. Ahora el movimiento militante se expresa de forma contundente en los puestos de trabajo. Un tornillo cumplía una función más poderosa que un afiche, en épocas de resistencia: sabotea a la patronal, al capitalismo, a la clase social que se impone sobre la clase obrera y su gobierno. Las clases sociales militantes, en la Argentina, aprenden la militancia al abrigo de la resistencia. De este modo, toda una generación crece y se hace en la resistencia. La oposición a las dictaduras y sus gobiernos cómplices “democráticos” y la lucha por el retorno de Perón, son lo mismo. De tan claro, el objetivo se vuelve difuso. De modo tal que el objetivo secundario (el retorno de Perón) obstaculiza la visión del objetivo primario: la toma del poder (y, claro, para qué se lo toma). Esta generación consigue su objetivo a fuerza de “caños”, “miguelitos”[viii] y escapadas constantes, entre cárcel y represión. Pero cuando el peronismo toma el poder, los luchadores quedan fuera de toda perspectiva política: su militancia consiguió el objetivo propuesto, pero la “rosca” se impuso y quienes tomaron el poder tenían objetivos políticos distintos de quienes lo hicieron posible. Los militantes no pensaron en ocupar espacios de poder pues eso era para los “burócratas”[ix]. De ese modo, al regreso de Perón, los cargos partidarios y de gestión de gobierno fueron ocupados por la derecha peronista ya que para la izquierda, entre el líder y las bases, no hacía falta nada para construir políticas. La muerte del líder demostró lo ingenuo de esta visión política, pero ya era tarde: la represión se desató ferozmente sobre esa militancia que intentaba corregir ese error.
Tiempos de reformulación: la vuelta al origen y mucho más…
El retorno a la democracia en 1983 también muestra un retorno a formas primitivas de militancia: el puerta a puerta y el boca a boca se complementan con la maquinaria propagandística que se revelará como más eficaz. Aún así, un segundo de televisión es más certero que una charla o un debate barrial. Los medios masivos de comunicación ya son masivos y se complejizan con el correr de los años. La militancia es cada vez más inexistente así como eficaz. Desde entonces, los candidatos centran sus campañas en los medios y no en la militancia. Pero el nuevo siglo ya nos sorprende con mecanismos novedosos: la crisis de representación surgida con el estallido del 2001 lleva a la gente a constituirse en asambleas por fuera de toda estructura partidaria. Y hacia fines de la primera década, Internet es una fuerza arrolladora que penetra en los hogares e irrumpe violentamente, al tiempo que la sociedad argentina se desayuna con una “novedad”: los medios de comunicación no son tan independientes como se suponía.
La novedad de este nuevo siglo es que los sectores populares mayoritarios se encuentran contenidos en el Gobierno y resisten desde una militancia primitiva, desde el boca a boca, y el Gobierno mismo resiste desde la acción de Gobierno, movilizando su maquinaria propagandística sólo en función de difundir sus actos o ideas. Las redes sociales y los medios de comunicación se encuentran en manos de la oposición. No es sencillo para los hogares de clase baja acceder al maravilloso mundo de Internet, y si lo hacen no es para manifestarse políticamente sino para distraerse de las largas jornadas laborales. Entonces, la oposición se manifiesta masivamente a través de las redes sociales, simplemente, porque son las que más acceden a ellas con ese fin. Algunos modos de organización surgen y se oponen en una batalla de sordos donde se trata de ver quién pone más posteos así como antes se trataba de ver quién tapaba más paredes.
La pregunta que moviliza, más allá de cualquier militancia, es de qué modo se construye política hoy en día con las bases. Los medios de comunicación, son cada vez más contundentes. Un informe televisivo sobre un determinado sector político o sobre los planes sociales como prebenda tienen más resonancia social que una larga caravana de uniformados planeros trabajando a lo largo de la Ruta 3, aún para quienes los vemos a diario. ¿De qué manera se logra esa misma contundencia desde la militancia? ¿Cómo conseguir atraer las voluntades políticas de la masa hacia una determinada idea? Las respuestas son siempre las mismas: en primer lugar, con proyectos. Un colectivo político que no tenga una idea que transmitir, se somete al divague perpetuo de pretender hacer política sin saber cómo ni para qué. Pero esos proyectos políticos no pueden estar disociados de los intereses mediatos (generalmente es lo que proponen) o inmediatos (que es lo que muchos movimientos olvidan). La construcción de un centro de salud barrial o la accesibilidad vial a una escuela de barrio son, muchas veces, más importantes para la gente que la candidatura de tal o cual personaje a presidente. Y menos aún, que las candidaturas de medio término, como un diputado o senador. La gente tiene, muchas veces, urgencias que necesitan ser respondidas dentro de un determinado ámbito, sin tener que pasar por el tamiz del FMI o la ONU.
En segundo lugar, esas propuestas o proyectos deben ser transmitidas con una acción concreta. Se suma con trabajo y el trabajo y sus resultados son el mejor ejemplo. Es inviable proponerle a la gente que se sume a un proyecto que sólo verá sus frutos a partir de su participación, pues de esas promesas recibió en demasía. La gente se sumará a un proyecto cuando sepa que los resultados de lo que ve serán mejores a partir de su participación. No de otra forma. La construcción política precisa de una herramienta teórica e ideológica para situar al sujeto político en un determinado espacio del espectro político; pero requiere, sí o sí, una acción concreta que plasme esa teoría e ideología en lo que se convertiría, en caso de lograrlo, en una acción de gobierno aún más poderosa. Porque la gente no quiere votar a más de lo mismo. Sino a aquello que desde lo cotidiano y creciendo hacia lo teórico, le modifique la vida sustancialmente. De lo micro, a lo macro. De lo cotidiano y lo barrial a lo nacional y popular.


[i] La “rosca”, en la jerga política argentina, es la capacidad de negociación para conseguir objetivos que pueden ser políticos pero que, generalmente, resultan ser personales.
[ii] Sarmiento, Domingo Faustino; “Facundo”, Buenos Aires, Eudeba, ed. Vs.
[iii] Jauretche, Arturo; “Manual de zonceras argentinas”, Buenos Aires, Peña Lillo, 1984.
[iv][iv] Del inglés meeting, encuentro.
[v] Romero, Luis Alberto; “Breve Historia Contemporánea de la Argentina”, Bs. As., Siglo XXI, 2001.
[vi] El sufragante debía decir en voz alta en la mesa electoral a quien votaba. De ese modo, todos sabían su inclinación política o su preferencia, pero lo peor era que los candidatos oficiaban de fiscales de mesa y, a su vez, eran también los hacendados ricos del pago, por lo cual se convertían en los patrones de los votantes. Votar en contra del patrón era un suicidio político, económico y laboral.
[vii] Se le había apodado con el nombre de ese animal de las Pampas porque, decían, jamás abandonaba su madriguera
[viii] Los “caños” eran bombas de fabricación manual fabricadas en recortes de caños de agua o gas (de plomo) y los “miguelitos” son tachuelas que se tiraban en los caminos para evitar el avance de los carros policiales represivos. Cuando el éxito de los “miguelitos” hizo inútil el avance de los carros de asalto con las tropas represivas, comenzó a surgir la caballería como fuerza represiva. El ingenio popular estableció las bolitas o canicas para contrarrestar el avance de los caballos, que rodaban en el suelo cuando pisaban la nueva “arma” que los obreros le oponían.
[ix] Gómez, Hugo Alejandro; “Montoneros en Morón. Militantes y militancia. 1973-1976”, Ramos Mejía, CLM, 2007.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Política, cultura e intelectualidad: sensatez y sensibilidad




“Yo tengo fe, que todo cambiará,
que triunfará por siempre el amor;
yo tengo fe, que siempre brillará,
la luz de la esperanza no se apagará jamás”
(Ramón “Palito” Ortega, cantautor liberal contemporáneo,
senador menemista en los ’90…)

Hay ciertas ramas de la ciencia en que la sensibilidad tiene una preponderancia esencial. Las ciencias sociales, desde ya, son las que pican en punta en este sensibilómetro, puesto que estudian indefectiblemente el comportamiento humano, sus variaciones y conflictos. Y, está claro, nadie estudia el conflicto humano para satisfacer el morbo y vanagloriarse de su situación personal aventajada respecto de un esclavo remero cartaginés. Las causas que llevaron a la superación de las sociedades humanas para que no haya más esclavos, son los temas de interés para el estudio de la Historia que nos permiten visualizar esos avances y, por supuesto, disfrutar esos valores de la condición humana que nos permitieron acabar con la esclavitud. Allí veremos que los valores negativos o regresivos tuvieron una gran preponderancia, ya que con el desarrollo del comercio que derivaría en la instauración de un sistema económico capitalista, los intereses de los inversionistas fueron preponderantes para acabar con la esclavitud, puesto que era más rentable pagar un salario que mantener un esclavo que, a la larga, debía reemplazarse con una fuerte erogación de dinero (otra pérdida), a diferencia de un obrero, que no costaba nada ni en su enfermedad, ni con su muerte, ni con su despido. ¿A cuenta de qué viene esto? A que no es lo mismo reivindicar a Bartolomé de las Casas que a Francisco Pizarro o a Nelson Mandela que a Abraham Lincoln. Tomar postura por cada uno de ellos revista un grado de sensibilidad que nos obliga a repensarnos en nuestra condición humana. ¿A quién se le ocurriría hacer un afiche con la imagen de Adolf Hitler y, entrecomillada y con adornadas letras cursivas, colocar una frase de John Lennon? ¿Alguien imagina la foto de Miguel Etchecolatz engalanada con un fragmento de canción de Diego Torres? (Más allá de la famosa e infortunada respuesta de Aldo Rico, cuando le preguntaron si seguía siendo carapintada y respondió que tenía la cara pintada de “verde esperanza”).
Quién sabe, Alicia, este país, no estuvo hecho porque sí…
“Sin sensibilidad no se puede estudiar Historia”
(Rodolfo Varela, ISP Joaquín V. González)
La pregunta madre que parió a las demás es: ¿qué artistas e intelectuales  representan a determinadas ideologías políticas? ¿Qué valores y sensibilidades promueven ciertas ideologías y los artistas e intelectuales que los representan? Y cuando comenzamos a responder cada una de estas preguntas, es cuando nos encontramos con algo que parece naturalizado por lo obvio, pero sorpresivo, por lo poco analizado. La hipótesis que estamos tratando de elucubrar, que no es tan reveladora ni original pero sí poco debatida, es que a cada intelectual o artista le corresponde una ideología de izquierda o derecha –con toda la escala cromática, como tiene que ser- de acuerdo a la sensibilidad que posea; la fórmula matemática será que a “mayor sensibilidad mayor corrimiento hacia la izquierda” o “el menor grado de sensibilidad será inversamente proporcional a su zurdaje”, diría la diva de los almuerzos.
Ahora, la ecuación que es de difícil respuesta es: ¿cómo un intelectual o un artista pueden ser ideológicamente de derecha? Esta pregunta no es capciosa ni caprichosa; el intelectual también estudia las condiciones del devenir humano y por lo tanto requiere un manejo de la sensibilidad. Los científicos sociales y los intelectuales, al analizar los padecimientos de una determinada sociedad por una crisis económica, social o política, analizan el dolor desde la compasión y el sufrimiento desde la solidaridad; uno no sufre ni se compadece por nada cuando se realiza el cálculo de la hipotenusa –lo cual no quita que el matemático no posea sensibilidad fuera de su trabajo-. El científico social y el intelectual trabajan y hacen de la sensibilidad su oficio. ¿Y el artista? Pues, si no tiene sensibilidad y no sabe emplearla en su trabajo, entonces no es artista.
El intelectual y el artista van a derechizarse en tanto y en cuanto el ego le domine lo social y lo individual le gane la pulseada a lo colectivo. De otro modo, es imposible que pueda producir en calidad y cantidad y, más aún, en sensibilidad. El caso del senador tucumano que encabeza este artículo es paradigmático: su obra más sensible y prolífica fue en la década del ’60 y primeros años ’70; la llegada de la dictadura en 1976 lo encuentra casi sin producción creativa musical y convertido en herramienta cultural e ideológica del gobierno de facto, con películas que resaltaban los valores castrenses y condenaban el fantasma del marxismo y la “subversión apátrida”. Mientras tanto, los artistas sensibles que se encontraban en sus picos creativos, sufrían el exilio o la censura, tal el caso de León Gieco, por citar uno entre cientos de ejemplos.
¿Para quién canto yo entonces?
“Y mientras vos cantabas yo creo que tu mente
Estaba en otro lado contando las entradas;
Devolvéle al pueblo la canción que le sacaste,
Ellos siempre están dispuestos a perdonarte”
(León Gieco; “Cantorcito de contramano”).
La Historia abunda en ejemplos tal como el del vendedor de café tucumano; es llamativo el caso de un poeta –como tantos otros-… Leopoldo Lugones es la antítesis de lo que un poeta posee en sensibilidad. La crisis económica del ’29, con el derrumbe de la bolsa de Wall Street, hizo impacto con dureza al año siguiente en nuestro país. La falta de respuestas del gobierno de Hipólito Yrigoyen ante una crisis inédita, despertó la sed de venganza de la oligarquía terrateniente que no sólo había sido desplazada del poder, sino que estaba siendo marginada del comercio internacional que le había dado tan buena posición. Lugones, que había comenzado a adherir al fascismo desde inicios de la década del ’20, fogoneó con énfasis la salida del gobierno del representante de las clases medias y el ídolo de las barriadas. “La hora de la espada” se convierte en un discurso histórico porque le da el distintivo dialéctico que sólo un poeta puede darle a un golpe de Estado. Sucedería luego con Américo Ghioldi en 1955. Pero, retomando a Lugones, “La hora de la espada” se caracteriza por ser un panfleto poético –valga la extrañísima paradoja- que, puesto en palabras terrenales, no era más que una amenaza hacia los sectores medios y populares que deberían aprender a adecuarse a lo que la clase oligárquica demandaba para el país, y por el sólo bien del país; y para los díscolos que se opongan, para ellos estaba la espada. Por oposición, uno de los poetas más sensibles de nuestra historia, Enrique Santos Discépolo, cuestionaba los valores de esa sociedad en germen a la que Lugones cantaba loas, en su ya inmortalizado tango “Cambalache”, que no es sólo la crítica social, sino también la reivindicación de valores defenestrados. Y para el mismo período, los hermanos Irazusta también reivindicaban desde la intelectualidad los valores de la derecha nacionalista, por oposición a Jauretche, Scalabrini Ortíz y los jóvenes de FORJA, que pugnaban por recuperar un espacio para las clases marginadas desde el golpe de Estado y sobre quienes no es necesario abundar en los valores que mantuvieron a lo largo de su coherente trayectoria política.
No hay un modo, no hay un punto exacto…
“Y si te queda alguna duda
Vení, agarrála que está dura”
(“Se viene el estallido”; Bersuit Vergarabat)
Los años ’90 nos encuentran con una subversión de los valores donde la sensibilidad es marginal, al igual que en la primera década infame. El individualismo y el egoísmo florecen a la par de la sociedad de consumo y los artistas realmente sensibles se recluyen en la fidelidad de sus seguidores (como el caso de Luis Alberto Spinetta) o migran en busca de horizontes que les permitan explotar sus capacidades (como Ricardo Darín, que no por casualidad vuelve con el nuevo siglo) o estallan su bronca como los que encabezan este apartado. La dispersión artística e intelectual es tan grande como la propia confusión en que están inmersos. La sociedad, claro, es caótica. Y los intelectuales analizan ese caos, no pueden ser la vanguardia que pone orden en él. Para ello hay una dirigencia política que, en este caso, se siente como pez en el agua dentro de este desorden. Y los intelectuales se mueven al ritmo del programa de Mariano Grondona y desmenuzan los argumentos de Jorge Asís respecto del Manual del Menemista Ilustrado. Claro que esto también es producto de la potenciación de la influencia de los medios de comunicación; quienes no aparecían en ellos –como el caso de Horacio Gaggero- no existían para las grandes multitudes. Pero el caso de los intelectuales es el de una condición histórica: las masas jamás, salvo esta última década, accedieron a Rodolfo Walsh, por citar un ejemplo contundente. Pero sí en los 90 conocían el rostro de ese bigotudo con cara de bonachón que, además de haber escrito un libro que fue película, también hablaba en cada emisión televisiva política y, además, era funcionario menemista. De más está aclarar cuáles son los valores que podrían llegar a encarnar uno y otro.
Revolución de las almas, revolución del corazón
Hay gente que precisa sentir, la mano dura sobre su piel;
Y necesitan obedecer, al grito militar de un papá;
Por eso es que cuando hay libertad, no se pueden bancar…”
(Miguel Cantilo; “Ratolandia”)
Lo cierto es que en la actualidad, con la potenciación del discurso político, hasta los alumnos de la secundaria conocen al menos la foto de Rodolfo Walsh (aunque les cueste identificarlo, pero seguro lo tienen visto), el nombre de la presidenta y de los principales líderes de la oposición. Y no es casual, ya que es producto del alto grado de politización en que está inmersa nuestra sociedad –por suerte-. Por lo tanto, es dable entender la potenciación de la conciencia política que tiene el resto de la sociedad; más aún, el sector de los intelectuales y artistas. La sensibilidad como factor político vuelve a emerger como factor de coincidencia o disidencia en una sociedad tan polarizada como la argentina. Que el argumento de uno de los mayores intelectuales de la oposición política –Beatriz Sarlo- para denostar un programa oficialista de televisión sea que “es el programa donde aparece toda la gente fea”, indica un posicionamiento no sólo respecto a su ideología, sino también a su sensibilidad, puesto que se posiciona desde la marginación y el desprecio. Y que un intelectual del oficialismo –Horacio González- utilice la idea de construcción política desde los conceptos del amor y de la solidaridad, también define un posicionamiento concreto en ambos sentidos.
La pregunta, entonces, es cuánto daría la oligarquía y el medio pelo por tener intelectuales, artistas, poetas, músicos de la talla de los que ha tenido y tiene el peronismo, el nacionalismo popular, los sectores de izquierda... Desde Arturo Jauretche a Ernesto Laclau, desde Discépolo a Fito Páez y desde Marechal a Alejandro Dolina... La calidad humana, los valores que sustentan en sus obras y el amor que brindan con su aporte, no se ven en Beatriz Sarlo, Marcos Aguinis, Hermenegildo Sábat y tantos otros que escribían o escribirían un poema para decir que "ha llegado la hora de la espada...".
El teorema que completa al anterior es que “a mayor sensibilidad, mayor compromiso solidario en la propuesta política, es decir, mayor compromiso con lo nacional y popular”. Una idea intelectual que propone acabar con las dádivas estatales porque “al argentino hay que enseñarle a pescar y no darle el pescado” (así viva en medio de las salinas norteñas) y sino que se arregle (diría Marcos Aguinis), es decididamente egoísta, insensible, de derecha… Lo que la oposición hoy en día llama “la construcción del relato” no es ni más ni menos que la reivindicación y el ordenamiento de todo ese andamiaje cultural que posee el campo nacional y popular, con sus intelectuales, sus artistas y sus seguidores celebrando sentirse vivos, festejando la felicidad y dignificándose en cada gesto de amor, en cada lágrima y en cada sonrisa…
Desde historianacypop les deseamos un feliz fin de año y un nuevo año plagado de cambios revolucionarios y de sensibilidad plena. Felicidades.