miércoles, 10 de abril de 2013

La Iglesia Católica: misterios de fe e interrogantes terrenales. El nombramiento de Bergoglio como Papa



“Padre Francisco,
No les pregunte lo que piensan sobre Cristo,
Tienen otra preocupación…”
La asunción de Jorge Bergoglio como líder máximo de la Iglesia en el cargo de Sumo Pontífice o Papa, ha dado y seguirá dando mucha tela que cortar. Desde Historia Nacional y Popular nos propusimos la difícil e inevitable tarea de dar sentido a las eternas palabras de George Duby, Henry Lefevbre o Edward Carr, entre otros, que es el de mantener la Historia como un constante devenir entre el Pasado y el Presente; que la Historia tenga la función de darle sentido, desde el largo plazo, a la explicación de la coyuntura, del corto plazo. Y así nos hemos expedido en múltiples ocasiones, siempre intentando marcar la distancia en el análisis que puede otorgar un historiador, distinta a las urgencias del tiempo de los periodistas.
Para abordar un tema de ribetes tan complejos como éste, fue necesario, incluso, realizar un examen introspectivo, como les ha sucedido a muchos y como hace mucho tiempo no se veía en la sociedad argentina. El análisis de la fe desde una perspectiva histórica y social formó parte de ese abordaje. Y hasta en eso la sociedad se dividió o se sintió disgregada por compartir/no compartir esta designación y por analizar cuánto afectaba esto a la vida política o religiosa en la sociedad argentina y hasta en lo individual.
Al calor del debate hubo posiciones extremas y cambiantes, lo cual es un saludable signo de maduración política; no se cambia para peor, sino para mejorar por convicción. En muchos casos esos cambios resultaron en posicionamientos aún más rígidos, especialmente ante la advertencia del posicionamiento del rival político de turno. Así, la designación papal se politizó como nunca en la Argentina y se perdió de vista la verdadera dimensión política que cobraba en el mundo. En otros casos ese cambio de posición fue el signo de un reacomodamiento político de alineación (o alienación, que es peor) con la estructura; y, a veces, el cambio también fue la forma de tomar distancia de quien antes estaba parado en la vereda de enfrente, de pronto se cruzó y no se lo puede tener cerca.
En nuestro caso será imprescindible que realicemos un análisis riguroso para dejar sentada una posición tal y como siempre intentamos, certera o equivocadamente, eso no lo decimos nosotros. Pero honestamente… Seguro.

“Padre Francisco
Le han agregado otro clavo al crucifijo
Para olvidarlo en la pared.
Pan y trabajo
¿De qué milagros habla usted?
Techo y debajo
La tierra donde cultivar la razón y la fe”.
Es imposible comenzar a discernir la coyuntura eclesiástica sin entender el problema histórico de la Iglesia Argentina con la sociedad en que está inmersa.
A fuerza de ser honestos, la Historia de la Iglesia Católica no es precisamente el espacio desde el que uno puede reconciliarse con la Fe. Desde que Constantino le da impulso en el anochecer del Imperio Romano, la Iglesia Católica se distancia del predicamento de Jesús de una Iglesia donde los pobres sean los privilegiados y fomenta institucionalmente, una concepción política, económica y social: la Iglesia de los tres órdenes. A cada orden le correspondía un sitio en la sociedad y era la voluntad de Dios que nadie sacara los pies del plato. El primer orden era el de la espada, el de los que guerrean, es decir, de los que mandan; quien guerreaba lo hacía en nombre de Dios y tenía, por el poder que la espada le confería (también Dios, cual elevación de He-Man) el poder de gobernar al resto. El segundo orden era el de la oración; quienes se enrolaban aquí debían dedicarse a rezar y estar en contacto permanente con Dios. Por ello, éste era el orden reservado a la Iglesia y a sus “milicias”; cada “soldado” de Dios tenía el privilegio de vivir rezando y no tener que preocuparse más que por que sus rezos lleguen a oídos del Señor. Para ello era imprescindible la existencia del Tercer orden: el de la labor. Aquí se enrolaban, hablando en criollo, los que laburaban para sostener a los otros dos órdenes, de modo que el primero pueda estar afilando la espada y rascándose (mientras no había guerra) o el segundo orden pueda estar rezando para que el orden designado celestialmente no cambie. Y menos que menos, por una rebelión de los que en realidad ponían el hombro para que el resto tenga la panza llena.
Para disciplinar a estos potenciales díscolos, hubo que generar ciertas pautas o normas (o mandamientos) y volcarlos en forma de amenazas a las masas campesinas que, antes que a la espada le temían a la ira de Dios, ya que una civilización en desarrollo deposita más su fe en la mística que en la ciencia. De más está decir que aún hombres de ciencia como Galileo y Copérnico debían renegar de lo que sus ojos, a través de sus estudios, le mostraban: algo tan sencillo como que la Tierra giraba alrededor del Sol. El destino era, aún después de afirmar la fe divina, la hoguera, la cárcel o los tormentos a manos de la Santa Inquisición.
“Padre Francisco
Habrá que multiplicar panes para el pueblo
De lo contrario no habrá Dios.
Padre Francisco
Ya no podemos darle al César lo del César,
Pues se lo lleva sin pedir”.
La llegada del europeo a América trajo la Conquista a manos de la “Civilización”. Y ésta llega de la mano de la Iglesia Católica que con el Tratado de Tordesillas divide salomónicamente al “nuevo” mundo entre España y Portugal dejando en manos de la primera la mayor parte de la torta por tratarse de la nación más católica de Europa. Esta Conquista fue, al decir de Ruggiero Romano, con la “espada y la cruz”, complementos necesarios e imprescindibles para disciplinar a seres oscuros que osaron desconocer a Dios y se atrevían a adorar a la Tierra, al Sol, la Luna y el Agua como dioses. Por eso la espada llega con una importación de lujo desde Europa: la Inquisición; y su vasallo más temible y eficaz: el Marqués de Torquemada. La Iglesia Católica se convierte así en un aliado feroz del Conquistador. No seduce a sus futuros feligreses: los intimida. Las leyes para la práctica de las antiguas religiones era brutalmente reprimida y los nativos no escarmentaban. Hasta que dejaron de hacerse matar y disfrazaron a la Virgen María de Pachamama o a cada santo le atribuyeron alguna virtud ligada a las bendiciones de la Naturaleza que supieron adorar. De este modo, un santo servía para la cosecha, otro para la fertilidad y así sucesivamente. La manera velada de evadir la represión del invasor y de disfrazar la creencia, sin dejar de creer.
La Iglesia Católica con sede en Roma nunca dejó de tener una posición política y ésta siempre fue una: del lado del poderoso. De modo tal que al producirse el cisma revolucionario en América apoyó cada intento de restauración monárquica, tal como había aceptado y se había inclinado ante la figura y la coronación de Napoleón Bonaparte, a regañadientes incluso, pues se estaba convirtiendo en una figura con más poder que el mismísimo Papa, hasta entonces el verdadero soberano del planeta. Y rápidamente, luego, celebró su caída, como era de esperar. Pero lo más impactante es que, al revés de la prédica de Cristo, el Vaticano se pone al servicio del poder y, aún más, contribuye al sometimiento del débil de manera directa o brindando los fundamentos teóricos basados en una teología del poder. No se trata de otra cosa más que de ideología y, aquí, es donde los tantos empiezan a mezclarse: el servilismo de la institución eclesiástica al poder político y viceversa, es una cuestión de ideología al servicio de la fe, o viceversa.
Alce sus manos
Para invocar la protección,
De los hermanos
Cuyo pecado fue nacer sin control ni calor.
Emilio Mignone nos explicaba de una manera doméstica esta sumisión, relacionada con la historia eclesiástica argentina ligada a la institución del Patronato. Desde Mayo, entonces, cuando la Junta Revolucionaria se arroga el manejo de la Iglesia a nivel local (de eso se trata esta institución), las relaciones entre el Vaticano y el poder político porteño se fueron dando a los tumbos y a las patadas, pero siempre con un predominio eclesiástico y con los correspondientes berrinches vaticanos cuando el poder político intentaba o lograba imponer sus intereses. Sucedió con la sanción del Código Civil y la laicización educativa de fines del siglo XIX y principios del XX, que quitaba injerencia mística al matrimonio o a los nacimientos, por ejemplo, otorgándole al Estado la potestad de casar y de inscribir en un registro propio el nacimiento y la defunción de sus ciudadanos, en esos casos.
Esta sumisión, decíamos, estaba estrechamente ligada a la ideología del nacional catolicismo, donde el Estado es católico (como lo fue históricamente en la Argentina), glorifica como época dorada de la religión a la Alta Edad Media y, por supuesto, define como denigrante para el orden social al nominalismo filosófico, al cartesianismo y la reforma religiosa luego y, por último, a la Revolución Francesa con su concepción del liberalismo político. La restauración conservadora es la de permitir a los Estados el acceso al control político y compartirlo junto a las autoridades religiosas, quienes oficiarían de salvaguarda moral; claro que esa salvaguarda es recíproca. La moralidad es resguardada por la clase política y el orden económico y el respeto a la propiedad privada es sostenido teológicamente por los servidores de Cristo, para quienes será importante conservar el orden social de las cosas. Y para que ello suceda, es esencial que el orden económico se mantenga siempre en manos del mismo amo.
Padre Francisco
No le preocupe que lo llamen comunista
Con estandarte y altavoz.
El siglo XX transcurre con la relativa “normalidad” a que la Iglesia Vaticana nos tenía acostumbrados. El apoyo de la Iglesia a los alzamientos contra Perón y la leyenda “Cristo Vence” en los fuselajes de los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo, dan testimonio de esa comunión de intereses. Pero algo vino a entorpecer esta tensa calma y salió del lugar menos esperado: el mismísimo Vaticano. El Concilio Vaticano II, convocado en enero de 1959 por Juan XXIII y continuado por Paulo VI le da un cariz social a la acción religiosa institucional. Claro que es el resultado de un contexto internacional: Argelia, Corea y, especialmente, Cuba, se rebelan a ese orden impuesto por las potencias y apuntan directamente al corazón de las injusticias. Los pueblos latinoamericanos, profesos de fe católica, se encolumnan detrás de estas rebeliones levantando las banderas de la justicia social sin importar el orden político y económico que los contenga, siempre y cuando la pobreza comience a ser combatida. Los pueblos encabezan la vanguardia; la Iglesia quedaba detrás y lejos.
La salida “políticamente correcta” o el único camino que le quedaba al Vaticano era acompañar los tiempos o quedarse en la soledad conservadora para luego ser condenada por el barro de la Historia. Por primera vez opta por el camino de los pueblos y acompaña los procesos políticos, tibiamente, por cierto, pero lo hace. La “Populorum Progressio” es la encíclica de 1967 dedicada, casi con exclusividad, a los pobres del Tercer Mundo y se atreve a hablar de la explotación de los pueblos por parte de los poderosos, así como de la justicia de las rebeliones hacia esa explotación. Dijimos que la Iglesia camina junto a los pueblos, pero la misma Iglesia es llevada por sus pueblos, por sus rebaños. El ejemplo de Camilo Torres, sacerdote colombiano que muere empuñando un fusil a manos del ejército, cunde entre los sacerdotes y en Argentina, aún sin adherir a la lucha armada, sí están dispuestos a acompañar las rebeliones muchos obispos y sacerdotes, entre quienes destacan Angelelli y Mugica. La Teología de la Liberación, fuerte y poderosa en Brasil, incluso hasta hoy día, se manifestaba de modo particular en nuestro país.
Pero el avance de la derecha de la mano de las dictaduras en Latinoamérica, contrae este movimiento político-religioso y los sacerdotes son ordenados a abandonar las barriadas, las villas y sus trabajos junto a los pobres para volver a la meditación de los conventos. Muchos lo aceptan. Algunos pocos no. El caso más conocido es el de las monjas francesas, con un trabajo muy destacado en las villas del Partido de Morón y secuestradas por Alfredo Astiz, o el caso de los monjes palotinos. Pero una institución con la importancia que tiene la Iglesia a nivel mundial, sólo permite la desaparición o el asesinato de sus fieles o miembros, si éstos son incómodos para sus intereses o sus políticas. Y en nuestro país, la Junta Militar golpista, la misma madrugada del 24 de marzo, antes de dirigirse a la Casa Rosada, fue a buscar la bendición de la cúpula eclesiástica, confirmada luego por Monseñor Tórtolo y Quarracino y tantos jerarcas más en declaraciones a la prensa y en múltiples homilías. Y allí es donde se cuestiona la participación de quien hoy es elevado al cargo superior de la Iglesia, el cardenal Jorge Bergoglio.
Padre Francisco
Salga por Cristo a predicar
Una justicia más audaz.
Ya no habrá calma,
Háblele al alma del pueblo en pie.
Se necesita tanta fe:
Sea usted capaz.
(Miguel Cantilo; “Padre Francisco”).
El debate que se produjo en la sociedad argentina fue el de suponer que un Papa que habría estado (aún no hay pruebas fehacientes de ello) implicado en la desaparición de dos sacerdotes, que incluso haya estado más cerca de la alcaldía de la Buenos Aires macrista que del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner o que haya tenido una activa participación en contra de iniciativas populares tales como el matrimonio igualitario, era un retroceso para la Iglesia Vaticana. En primer lugar, pensé en quedarme con la simplificación de X que hizo un periodista: “Mejor argentino a inglés y preferible jesuita a Opus Dei”. Pero no. Sería quedar en eso: en una mera simplificación. Entonces traté de bucear más profundo aún y me pregunté: después de 2.000 años de Historia conservadora, la Iglesia Católica… ¿Hubiera generado un cardenal revolucionario? ¿Y encima lo nombrarían Papa? Sería demasiado pedir. ¿Una institución conservadora reproduce cuadros conservadores o transformadores? ¿La norma es que los sacerdotes sean conservadores o no? ¿La Institución plantea algún modo de transgresión más allá de lo espiritual? ¿La vida terrenal al amparo de la Iglesia, definitivamente, mostraría cambios y avances que conduzcan al matrimonio igualitario o la identidad de género, por ejemplo, o las reprimiría?
De modo tal que este Papa, cuando ejercía como cardenal, se opuso a las iniciativas del gobierno popular de Cristina Kirchner lo que dio en la simplificación del opuesto que, si se opuso antes ahora también es opositor, por ende, los opositores… Consiguieron el candidato presidencial para el 2015 que estaban buscando!!! Si, es una exageración, pero aunque parezca mentira, fue casi así como fue tomado por el espectro político opositor argentino. Y el oficialismo, por mera reacción, se plantó ante semejante postura denostando al recién nombrado Papa. Y siguió siendo, simplemente eso: una mera simplificación. Y hubo quien pensó: “¿Y ahora que la presidenta viajó al Vaticano y se sacó la foto dándole un beso? ¿Es una derrota? ¿Es traicionarse?”. Las especulaciones fueron varias. Y los análisis siguieron siendo simplistas y apuntaron desde la conveniencia hasta la derrota o el triunfo de uno y otro.
El Papa ya no es más el cardenal Bergoglio. Tiene un planeta que atender y el caso sería semejable a que Sabatella, como secretario de la AFSCA , esté más preocupado por lo que hacen los periódicos de Morón sólo porque marca el inicio de sus orígenes políticos. Y que Cristina lo visite en calidad de primera mandataria no es una cuestión en la cual se pone en juego la dignidad presidencial o del Estado Nacional: por el contrario, la obligación de cumplir con el protocolo la tiene que consumar aún con más premura que ante el nombramiento de un papa checoslovaco (si fuera el caso) sólo por la calidad de la Nación católica a quien representa con su voto (¿o no sería frustrante para el votante o el militante católico de Cristina rechazar la invitación del Papa para ser la primera mandataria en ser recibida en la gestión de este papado?).
La mala noticia es que el Papa no es ni será nunca progresista. Una institución conservadora y derechista como la Iglesia Católica no nombraría como líder a alguien que ponga en peligro sus bases políticas, económicas y sociales. La buena noticia es que más a la derecha que Juan Pablo II, que convalidó las dictaduras latinoamericanas y que Benedicto XVI, que condenó las libertades sexuales y amparó las invasiones norteamericanas a los pueblos islamitas, no se puede estar. Una cosa son los gestos de impacto visual como celebrar la Pascua con pobres y besar sus pies descalzos y otra cosa es redactar una encíclica como la “Populorum Progressio”. Y en eso, a Bergoglio, para ser Paulo VI, le falta tanto como a San Francisco para ser Jesús. Y eso que Paulo VI tampoco era el “Che” Guevara de la Iglesia Católica…

miércoles, 6 de marzo de 2013

Hasta siempre, comandante…




Se ha dicho y se dirá mucho políticamente, lo que significa y significó Hugo Chávez no sólo para la escena política venezolana sino también para toda Latinoamérica. Abundar en ello sólo nos volverá redundantes. Desde Historia Nacional y Popular queremos e intentamos, como siempre, generar nuevas miradas y aportes para la reflexión.
No vamos a poder cumplir con este cometido. Porque todo Chávez es un personaje original en sí mismo. Sus interminables discursos rescatan, a todo momento algo que nosotros desde este espacio ponderamos como una herramienta de construcción política y que es condición sine qua non para un direccionamiento ideológico nacional y popular: la sensibilidad. Chávez no citaba una canción: la cantaba. No se refería a un poema: lo recitaba. No hablaba de la alegría: la transmitía. Porque la sensibilidad le sudaba por los poros, entonces, se llevaba a las trompadas con el protocolo. Y pintar un retrato de su “amigo Néstor” y entregárselo en una ceremonia a la Presidenta de la Nación Argentina diciéndole “Princesa, mi reina…” y emocionarse hasta las lágrimas y el abrazo en esa entrega… No es para todos. Sólo los líderes con amor hacia su pueblo, hacia su vocación de servicio, son capaces de transmitir la sensibilidad necesaria para que sus políticas se dirijan hacia los marginados, hacia los pobres, hacia los que sufren… Estos líderes de extrema sensibilidad hacia sus pueblos, estos pueblos extremadamente sensibilizados hacia sus líderes, son producto de una determinada ideología, de doctrinas políticas solidarias, de tendencias económicas olvidadas de los números y las estadísticas y basadas en el amor... Por eso, la derecha apenas reemplaza a sus dirigentes; mientras que nosotros, desde el campo nacional y popular, los vemos irremplazables y los lloramos desde lo más profundo porque eso nos inspiran: amor. Porque eso es lo que nos brindan desde lo político. Es el ejemplo de Néstor Kirchner, de Evita, de Perón, del Che, de Sandino, de Emiliano Zapata, de San Martín, de Bolívar y de tantos otros que contemplaron el amor y la solidaridad como estrategia política y herramienta de análisis ideológico.
Estas últimas 24 horas fueron duras para quienes sufrimos la pérdida de un gran líder. Y las sensaciones fueron ambivalentes. Si decidimos calmar las sensaciones para volcarlas en este espacio, fue por lo sucedido en lo cotidiano por cada uno de los que estuvo atento a la información: un pueblo entero movilizado y dolorido por su pérdida. Pero también una horda de salvajes incivilizados celebrando la muerte del enemigo político que en vida no pudieron derrotar ni por las buenas (elecciones) ni por las malas (fallidos golpes de Estado y planes de magnicidio). Cuando me hube calmado de ello, analicé las sensaciones y siempre, en la vida política, me remito a mi Historia. Y sólo pude arribar a una conclusión contundente, definitiva: hace quince años atrás sólo me emocionaba viendo los videos de Evita, escuchando al General y leyendo al Che. Jamás imaginé, en ese entonces, que este momento me encontraría llorando por la muerte de líderes políticos argentinos (Néstor Kirchner) o extranjeros (Chávez) o padeciendo sus infortunios (Lugo, Lula o Khadafi). La conclusión, pues, es que estamos viviendo un momento notable, políticamente hablando. De la desesperanza de fines de siglo XX a la sensibilidad plena podría decirse que hubo siglos de devenir y, sin embargo, en menos de una década la tendencia se revirtió gracias a la acción de estos líderes que transformaron su época renovando la esperanza.
Sólo nos queda seguir su ejemplo, como muchos manifiestan, y apoyar con coherencia los proyectos nacionales y populares de la región, sin olvidar que Chávez fue kirchnerista y Cristina es chavista, como Evo es frenteamplista y así sucesivamente. Porque eso de ser nacional y popular para Venezuela pero en Argentina no porque “no me dejan acceder a los dólares” o “está Monsanto”, es el mismo error cometido por muchos de los que hoy lloran al Comandante y ayer lo cuestionaban por sus ventas de petróleo a Norteamérica. Esas diferencias y particularidades de políticas en las regiones se expresan por sus propias coyunturas y realidades. Pero a la hora de concretar políticas comunes, en la foto, siempre están todos juntos de la mano, como un bloque, olvidando el chiquitaje y luchando por una Latinoamérica unida.
Hasta siempre, Comandante. Vamos a lamentar mucho tu partida. Pero más vamos a celebrar tu presencia, tu paso por esta vida y tu legado.

lunes, 4 de marzo de 2013

La militancia como herramienta de construcción política Apuntes para una militancia actual




El origen militante
La experiencia militante para generar adhesiones o construir políticas, se presenta como una herramienta relativamente novedosa en la Historia de la Humanidad, puesto que la política es una construcción que nace con la vida del hombre en sociedad pero sin producir militancia orgánica. De algún modo, podríamos objetar, una persona que hace política hace militancia; pero no. Se podría afirmar que la “rosca”[i] nace antes que la militancia, en los grandes imperios de la Antigüedad, así como la diplomacia aparece después del Tercer Milenio a.C. en el Cercano Oriente Asiático. Todo trabajo o acción militante o protomilitante, surgida desde entonces y en adelante, se vincula a la Guerra y se relaciona con la diplomacia. El acceso al ágora en la Antigua Grecia no requería una acción militante puesto que era de carácter obligatorio para cada ciudadano, así como a la función pública (sin olvidar que no todos eran ciudadanos); en la Roma Antigua, la republicana o imperial, es donde queda más de manifiesto la acción avezada de estos “rosqueros” que debían tejer alianzas para acceder al Senado, siempre, y al trono del emperador, toda vez que lo ambicionen.
Sin abundar en detalles, podemos decir que los primeros militantes o protomilitantes comienzan a expresarse y dar rienda suelta a sus primeras actividades con el origen del capitalismo. Su característica fundamental será, entonces, de carácter panfletario e incendiario: repartían lo que podían para explicar sus ideas (panfletos, generalmente) y movilizaban la gente hacia los disturbios. Los filósofos de la Revolución Francesa y sus adherentes innovaron y revolucionaron no sólo el sistema político, sino también la forma de hacer política. Las reuniones en bares y plazas así como en cuanto sitio público apareciera estuvieron a la orden del día y se organizaban espontáneamente con el fin de encender la pasión de la llama revolucionaria, dando origen a los clubes que tenían una característica distinta a la actual y oficiaban como centros de discusión política, y hasta literarios. Esa forma de militancia se trasladaría a América Latina y los revolucionarios de Mayo la llevaron a la práctica con eficacia para poder ganar su Primera Junta; French y Berutti fueron los militantes más activos, los que salían a recorrer las calles en busca de adherentes que coparan la Plaza y el Cabildo, para generar la presión que el ejército de Saavedra vacilaba en aplicar. Es decir que los antiguos militantes Nac&Pop te llevaban a la Plaza por la modesta dádiva de una escarapela, acotaría un tilingo de 1810. De allí en más, en nuestro país, la militancia da paso a la guerra y estas tareas absorben la política de la vida del país, ya sea la guerra de independencia, primero, y la guerra civil después.
El desarrollo de las ciudades en la segunda mitad del siglo XIX, genera una composición social más compleja, especialmente con la corriente inmigratoria que se produce a partir de las políticas diseñadas por los sucesivos gobiernos para la incorporación de la Argentina al mercado mundial. Y, por supuesto, se complejiza también la práctica política. El desarrollo del modelo agroexportador requiere mano de obra para proveer al mundo de cereales y carnes; la sarmientina imaginación de la clase política argentina, bregó por la llegada del inmigrante europeo de las zonas más nórdicas, más arias… Porque además de la claridad en la piel, pelo y ojos, “la nieve es portadora de cultura”, por oposición a la barbarie incivilizada que el gaucho, con su sangre impura –por sus genes indígenas[ii]-, jamás le brindaría a nuestra Nación[iii]. Esos inmigrantes llegarían de las regiones más críticas de Europa, las más pobres, donde sus habitantes, sin nada que perder, abandonaban su terruño y se abandonaban a la idea de afincarse en un lugar desconocido, al extremo sur de un continente del que apenas tenían conocimiento. Desde España, especialmente la carenciada región de Galicia (de allí que todos los españoles que llegarían después serían conocidos con el gentilicio de esta región) y desde Italia, abordarían los barcos en la región sur, el sur pobre, más especialmente de la provincia de Nápoles (de allí que los italianos serían identificados como “tanos”, como apócope de napolitano), desilusionando sobremanera a la clase dirigente argentina, la llegada de esta gente tosca y noble.
Los migrantes europeos se incorporan a la fuerza laboral argentina con su experiencia previa, donde el socialismo y el anarquismo prendían entre los trabajadores incorporando la vida sindical de la mano del trabajo. Desde allí, contra el deseo de la clase dirigente argentina, además de la mano de obra se importan los sindicatos, los afiches pegados en cualquier rincón de la calle como medio de comunicación y, la forma que más molestó a la patronal, los mitines[iv]. Éstos eran la forma primitiva de las movilizaciones y marchas actuales con uno o más oradores de fondo para comunicar el mensaje político o elevar la propuesta correspondiente. Nace entonces el sindicalismo en la Argentina, a la par de un partido político que toma sus formas de militancia para incorporar o sumar voluntades: la Unión Cívica Radical[v]. Este nuevo actor político lleva adelante una lucha con estas nuevas herramientas políticas con el objeto de abandonar la democracia restringida del orden conservador, la del fraude y el voto “cantado”[vi], para lograr la de la democracia plena y participativa. El radicalismo incorpora a las formas de militancia sindical, el Comité, que eran los centros de reunión para la participación y la discusión de los militantes, a la vez que oficiaban de faros para quienes querían sumarse a esta militancia y no sabían adónde ni a quién recurrir; por eso también, en los barrios, los jefes de los Comités se erigían en líderes políticos: nacen así los caudillos de barrio o los “punteros”, llamados así porque hacían “punta” o iban a la cabeza de toda movilización, pero también se encargaban de “apuntar” lo que sucedía en el barrio, quiénes adherían a su propuesta y quiénes no, etc…
Causa y efecto: el militante y su acción política
La militancia, sus formas de acción y sus correspondientes renovaciones en el accionar político, siempre nacieron de espacios opositores. Nació así con la Revolución Francesa, siguió aquí en Mayo de 1810, y se desarrolló en la última década del siglo XIX con el radicalismo… Y esos modos y prácticas militantes, desde su innovación, fueron triunfantes y provocaron los cambios que se propusieron. Sucedió con las citadas revoluciones y, aquí, con el radicalismo, que logra la ampliación o democratización de la acción y participación política. Los comités fueron el pulmotor de la campaña que le permite a Hipólito Yrigoyen llegar al gobierno en 1916. Los medios de propaganda eran nulos (ni siquiera había llegado el tiempo de la radio como medio de alcance para los sectores populares) y el boca a boca era el recurso más efectivo y el más económico para un partido joven que jamás había estado en el poder. La figura del “Peludo”[vii] se agigantaba hasta tomar dimensiones míticas y eso lo hacía más seductor para quienes conocían de boca de sus vecinos o sus “punteros”, que ese hombre que vivía recluido y evitaba hasta los actos políticos, tenía en cuenta atender los pedidos de quienes jamás habían sido escuchados.
El radicalismo accede al Gobierno y se transforma en factor de poder, lo que lleva a una reformulación de sus estructuras que se “aburguesan”. Ya desde el Gobierno, las obras mismas hablarían por ellos. La inclusión social y el espacio que se les da a las clases trabajadoras para acceder, por medio de los sindicatos, a las mesas de negociación con las patronales, genera una adhesión insospechada entre los trabajadores por esa figura misteriosa que era el Presidente de la Nación.
Este aburguesamiento de las estructuras también trajo como resultado un alejamiento de la estructura partidaria de las bases que le dieron sustento. El alvearismo comienza a darle forma a lo que luego sería el radicalismo: un partido político de elite, con una dirigencia atenta a las clases altas pero con un ojo puesto en las clases medias, que en ese momento eran el sustento electoral de todo partido con serias aspiraciones de abrazar el poder. Resultaría tema de un análisis sociológico más profundo establecer las causas por las cuales los partidos políticos con composiciones sociales que no centran sus políticas en las clases populares olvidan a la militancia como herramienta de construcción política. La ya clásica foto de Mauricio Macri saltando el charco en un barrio carenciado de la ciudad de Buenos Aires, quizás sea el inicio de la respuesta: hay que caminar barro y ensuciarse los zapatos, como dicen en el barrio, para entender a la gente. Y no cualquiera está dispuesto a mezclarse con la chusma.
Tiempos violentos: militancia de resistencia
La década infame trae aparejada la restauración conservadora y, con ella, todos sus vicios. La oligarquía terrateniente recupera los espacios de poder cedidos (no perdidos del todo) y el fraude electoral recupera vigencia, relegando los espacios de reconocimiento social y político sobre los que los sectores medios habían avanzado y los sectores populares reclamaban hacerse un espacio. La militancia queda reducida a los tibios espasmos de la actividad sindical, una constante a lo largo de la Historia Argentina: allí donde la actividad política y partidaria queda relegada por el autoritarismo y la represión, se enciende la llama de la acción sindical para reemplazar o mantener viva la acción militante. Sea en tiempos de dictadura o de democracias restringidas.
El surgimiento del peronismo parece no imponer novedades militantes en cuanto a la práctica, pero sí en cuanto a sus características. Cambia la composición social y en la pirámide peronista, la base se amplía en las capas populares, en la clase trabajadora. Se retoman las prácticas del radicalismo y los viejos comités, puestos entonces al servicio de la Unión Democrática, en manos del peronismo se transforman en Unidades Básicas, los centros de reunión para las bases. Cambios al parecer superfluos. Pero hay innovaciones de fondo que transformarían la práctica militante de allí en más.
El peronismo, como toda experiencia novedosa, surge desde la oposición y debe remontarse en la adversidad, como lo hubieron hecho los revolucionarios de Mayo, los socialistas, los anarquistas y los sindicalistas en la Argentina. Pero debió hacerlo en la más dificultosa adversidad: el medio de comunicación masivo (la radio) estaba en manos de la coalición más importante formada en la Historia Argentina: la Unión Democrática, formada por todos los partidos políticos y el apoyo de los EEUU a través de un rol activo en la campaña por parte de su embajador, Spruille Braden. Ante semejante maquinaria propagandística, la nueva fuerza política impone la imaginación para llegar al poder: los camiones de obreros con engrudo y afiches empiezan a recorrer las ciudades dejando el sello inevitable para el transeúnte y el candidato en desventaja, para llegar a la gente, sólo tiene un camino que emplea con éxito: recorrer cada rincón del país para hacerse conocer aún donde la radio no se conocía. Y este candidato expone una nueva forma de militancia, ante la falta de una estructura partidaria: la militancia movimientista. El movimiento, pues, se hace presente en cada instancia, en cada acontecer de la vida cotidiana. Y el militante con conciencia movimientista, milita en cada espacio de su vida. No tiene que apegarse a las formas ni a las reglas de un partido: sólo debe hacer militancia activa en cada acción que le permita marcar una diferencia entre su ideología y la del resto. Un docente, entonces, hace militancia al dar clases, un abogado, al hacer cumplir las leyes, un artista, al transmitir ideas y sentires con su obra, y así infinitamente. El movimiento, el peronismo, explica que se puede militar aún en los ámbitos más inesperados y que toda acción cotidiana es transmisora de ideología. La maquinaria militante se expande hacia todos los ámbitos de la vida porque la coyuntura así lo exige: los sectores populares nunca tendrán los medios para llegar masivamente como lo hacen las elites. La militancia se opone y se impone (a su vez) a la gran maquinaria propagandística.
Las coyunturas imponen nuevas formas de militancia a medida que los años transcurren en la convulsionada Argentina de mediados del siglo XX en adelante. Ahora el movimiento militante se expresa de forma contundente en los puestos de trabajo. Un tornillo cumplía una función más poderosa que un afiche, en épocas de resistencia: sabotea a la patronal, al capitalismo, a la clase social que se impone sobre la clase obrera y su gobierno. Las clases sociales militantes, en la Argentina, aprenden la militancia al abrigo de la resistencia. De este modo, toda una generación crece y se hace en la resistencia. La oposición a las dictaduras y sus gobiernos cómplices “democráticos” y la lucha por el retorno de Perón, son lo mismo. De tan claro, el objetivo se vuelve difuso. De modo tal que el objetivo secundario (el retorno de Perón) obstaculiza la visión del objetivo primario: la toma del poder (y, claro, para qué se lo toma). Esta generación consigue su objetivo a fuerza de “caños”, “miguelitos”[viii] y escapadas constantes, entre cárcel y represión. Pero cuando el peronismo toma el poder, los luchadores quedan fuera de toda perspectiva política: su militancia consiguió el objetivo propuesto, pero la “rosca” se impuso y quienes tomaron el poder tenían objetivos políticos distintos de quienes lo hicieron posible. Los militantes no pensaron en ocupar espacios de poder pues eso era para los “burócratas”[ix]. De ese modo, al regreso de Perón, los cargos partidarios y de gestión de gobierno fueron ocupados por la derecha peronista ya que para la izquierda, entre el líder y las bases, no hacía falta nada para construir políticas. La muerte del líder demostró lo ingenuo de esta visión política, pero ya era tarde: la represión se desató ferozmente sobre esa militancia que intentaba corregir ese error.
Tiempos de reformulación: la vuelta al origen y mucho más…
El retorno a la democracia en 1983 también muestra un retorno a formas primitivas de militancia: el puerta a puerta y el boca a boca se complementan con la maquinaria propagandística que se revelará como más eficaz. Aún así, un segundo de televisión es más certero que una charla o un debate barrial. Los medios masivos de comunicación ya son masivos y se complejizan con el correr de los años. La militancia es cada vez más inexistente así como eficaz. Desde entonces, los candidatos centran sus campañas en los medios y no en la militancia. Pero el nuevo siglo ya nos sorprende con mecanismos novedosos: la crisis de representación surgida con el estallido del 2001 lleva a la gente a constituirse en asambleas por fuera de toda estructura partidaria. Y hacia fines de la primera década, Internet es una fuerza arrolladora que penetra en los hogares e irrumpe violentamente, al tiempo que la sociedad argentina se desayuna con una “novedad”: los medios de comunicación no son tan independientes como se suponía.
La novedad de este nuevo siglo es que los sectores populares mayoritarios se encuentran contenidos en el Gobierno y resisten desde una militancia primitiva, desde el boca a boca, y el Gobierno mismo resiste desde la acción de Gobierno, movilizando su maquinaria propagandística sólo en función de difundir sus actos o ideas. Las redes sociales y los medios de comunicación se encuentran en manos de la oposición. No es sencillo para los hogares de clase baja acceder al maravilloso mundo de Internet, y si lo hacen no es para manifestarse políticamente sino para distraerse de las largas jornadas laborales. Entonces, la oposición se manifiesta masivamente a través de las redes sociales, simplemente, porque son las que más acceden a ellas con ese fin. Algunos modos de organización surgen y se oponen en una batalla de sordos donde se trata de ver quién pone más posteos así como antes se trataba de ver quién tapaba más paredes.
La pregunta que moviliza, más allá de cualquier militancia, es de qué modo se construye política hoy en día con las bases. Los medios de comunicación, son cada vez más contundentes. Un informe televisivo sobre un determinado sector político o sobre los planes sociales como prebenda tienen más resonancia social que una larga caravana de uniformados planeros trabajando a lo largo de la Ruta 3, aún para quienes los vemos a diario. ¿De qué manera se logra esa misma contundencia desde la militancia? ¿Cómo conseguir atraer las voluntades políticas de la masa hacia una determinada idea? Las respuestas son siempre las mismas: en primer lugar, con proyectos. Un colectivo político que no tenga una idea que transmitir, se somete al divague perpetuo de pretender hacer política sin saber cómo ni para qué. Pero esos proyectos políticos no pueden estar disociados de los intereses mediatos (generalmente es lo que proponen) o inmediatos (que es lo que muchos movimientos olvidan). La construcción de un centro de salud barrial o la accesibilidad vial a una escuela de barrio son, muchas veces, más importantes para la gente que la candidatura de tal o cual personaje a presidente. Y menos aún, que las candidaturas de medio término, como un diputado o senador. La gente tiene, muchas veces, urgencias que necesitan ser respondidas dentro de un determinado ámbito, sin tener que pasar por el tamiz del FMI o la ONU.
En segundo lugar, esas propuestas o proyectos deben ser transmitidas con una acción concreta. Se suma con trabajo y el trabajo y sus resultados son el mejor ejemplo. Es inviable proponerle a la gente que se sume a un proyecto que sólo verá sus frutos a partir de su participación, pues de esas promesas recibió en demasía. La gente se sumará a un proyecto cuando sepa que los resultados de lo que ve serán mejores a partir de su participación. No de otra forma. La construcción política precisa de una herramienta teórica e ideológica para situar al sujeto político en un determinado espacio del espectro político; pero requiere, sí o sí, una acción concreta que plasme esa teoría e ideología en lo que se convertiría, en caso de lograrlo, en una acción de gobierno aún más poderosa. Porque la gente no quiere votar a más de lo mismo. Sino a aquello que desde lo cotidiano y creciendo hacia lo teórico, le modifique la vida sustancialmente. De lo micro, a lo macro. De lo cotidiano y lo barrial a lo nacional y popular.


[i] La “rosca”, en la jerga política argentina, es la capacidad de negociación para conseguir objetivos que pueden ser políticos pero que, generalmente, resultan ser personales.
[ii] Sarmiento, Domingo Faustino; “Facundo”, Buenos Aires, Eudeba, ed. Vs.
[iii] Jauretche, Arturo; “Manual de zonceras argentinas”, Buenos Aires, Peña Lillo, 1984.
[iv][iv] Del inglés meeting, encuentro.
[v] Romero, Luis Alberto; “Breve Historia Contemporánea de la Argentina”, Bs. As., Siglo XXI, 2001.
[vi] El sufragante debía decir en voz alta en la mesa electoral a quien votaba. De ese modo, todos sabían su inclinación política o su preferencia, pero lo peor era que los candidatos oficiaban de fiscales de mesa y, a su vez, eran también los hacendados ricos del pago, por lo cual se convertían en los patrones de los votantes. Votar en contra del patrón era un suicidio político, económico y laboral.
[vii] Se le había apodado con el nombre de ese animal de las Pampas porque, decían, jamás abandonaba su madriguera
[viii] Los “caños” eran bombas de fabricación manual fabricadas en recortes de caños de agua o gas (de plomo) y los “miguelitos” son tachuelas que se tiraban en los caminos para evitar el avance de los carros policiales represivos. Cuando el éxito de los “miguelitos” hizo inútil el avance de los carros de asalto con las tropas represivas, comenzó a surgir la caballería como fuerza represiva. El ingenio popular estableció las bolitas o canicas para contrarrestar el avance de los caballos, que rodaban en el suelo cuando pisaban la nueva “arma” que los obreros le oponían.
[ix] Gómez, Hugo Alejandro; “Montoneros en Morón. Militantes y militancia. 1973-1976”, Ramos Mejía, CLM, 2007.