martes, 8 de abril de 2014

La “falaz coincidencia” II. La práctica política
¿Pragmatismos o dogmas?

En el inicio de sesiones del Congreso de la Nación, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, como suele ser habitual en estos encuentros protocolares, hizo un amplio paneo de los logros de Gobierno. Ciertos o no esos logros (los opositores dirán que no, los oficialistas que sí y los críticos que más o menos), estos mensajes inaugurales tienen la finalidad cierta de ponderar la obra de gobierno para insuflar el ánimo de la propia tropa, por un lado; el de generar un discurso propagandístico para los indecisos, por otro lado y, finalmente, el de marcar el territorio, políticamente hablando, con los sectores de la oposición.
Desde “Historia Nacional y Popular” nos propusimos ser muchas cosas: honestos, críticos, erróneos, dispares, coherentes… Pero nunca complacientes. Un gran maestro que nos ha acompañado en pasos previos a este espacio, desde las aulas del Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González (donde habita el profesorado de Historia más antiguo de la Argentina), el profesor Rodolfo Varela, nos ha enseñado que la práctica política está generalmente disociada de la ideología, porque requiere más de pragmatismos que de dogmatismos. Explicaremos el porqué e iremos apuntando de a poco al objetivo…
De Adam Smith a Marx: todos somos peronistas
Adam Smith propugnaba desde su famoso ensayo “La riqueza de las Naciones…”, que toda nación debía aprovechar las ventajas comparativas que tenía frente al resto para poder competir y enriquecerse como corresponde y las leyes del Dios mercado así lo disponen. Entonces, decía, una nación que se especializa y dispone de los medios para fabricar alfileres, tendrá grandes chances de fabricarlas a menor costo que aquel que no tiene los medios para hacerlo. Los costos de los alfileres de esa fábrica serán menores que los de la fábrica que no disponga de los mismos medios o de aquella nación que no disponga de las máquinas y fabrique los alfileres de manera artesanal.
Esta teoría tiene un tufillo seductor. Si será más barato producir esos alfileres, será menor el precio de venta que tendrá en el mercado. Esos alfileres serán una ventaja para la humanidad en la medida en que los mercados se encuentren libres de barreras. Porque la falta de barreras de carácter aduanero, no encarecerán los productos y así, todos podrán disfrutar de la “baratez” de estos productos, hechos en el país donde se producen más baratos para que el mundo pueda pagarlos más baratos.
La lógica del mercado es sencilla, puesta así en términos tan generosos. El fabricante que más barato produce no hace negocios, sino que prácticamente cumple el rol de un San Francisco de Asís de la producción. Y la humanidad debe prenderle velitas a Coca-Cola porque no existe en el mundo nadie que venda la Coca-Cola más barata que la propia Coca-Cola… ¡Ah! ¡Pero no nos dimos cuenta que sólo hay un fabricante de Coca-Cola! Bueh, será cuestión de esperar que la Pepsi-Cola venda su producto REALMENTE a un precio más acorde a los costos de producción para que nos demuestren que Adam Smith tenía razón.
¿Pero cuál es la razón por la cual Adam Smith se equivocó? Si es que se equivocó, claro…
Adam Smith tenía muy claro que las naciones que producen manufacturas se enriquecen de manera más contundente que las naciones que producen materias primas. Con el correr de los años, eso se llamó División Internacional del Trabajo que, como dice Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder o, lo que es más preciso, unos se especializan en enriquecerse y otros en empobrecerse. “La riqueza de las Naciones…” propugna el libre comercio en épocas de restricciones comerciales, cuando Gran Bretaña comenzaba una política de expansión comercial y las demás potencias europeas se hallaban en franco retroceso sin saber cómo contrarrestar el avance feroz de una nación que los avasallaba con una Revolución Industrial que cambiaría el mundo y, a la larga, terminaría sometiéndolos. La teoría, el dogmatismo de Adam Smith, era el libre comercio. Un libre comercio que liberaba las barreras aduaneras para los productos británicos e imponía aranceles para aquellos productos que competían favorablemente o en condiciones ventajosas contra los mismos “alfileres” que ellos mismos intentaban imponer.
La dinámica del modo de producción capitalista funciona así. Puesto que el capitalismo es plusvalía, entonces las relaciones comerciales entre naciones se basan en una relación de explotación, también. Cardoso y Faletto lo explicaron en términos de relaciones de dependencia. Otros autores, en términos de imperialismo. Las relaciones comerciales entre países también son relaciones de explotación, de sometimiento y de dominación. Y aunque Marx explicaba que los modos de producción no se encuentran en estado puro, el capitalismo de Adam Smith funciona gracias a que los países dominados se encuentran sometidos a lógicas internas de mercado con una gran dosis de economía informal que hacen posible su subsistencia sin provocar el gran estallido que debía haberse producido sin su existencia. Un ejemplo muy claro es la economía informal en los países latinoamericanos, que permiten que un gran porcentaje de los marginados se incorporen a la economía formal viviendo de los ingresos generados por la economía informal (el caso del mercado negro de La Salada, en Buenos Aires, Argentina, que emplea a decenas de miles de personas fuera del circuito económico formal es un ejemplo muy claro).
Arturo Jauretche nos enseñaba, por oposición, que el libre mercado es un invento de vivos para consumo de zonzos. Y que los dogmas, sean liberales o socialistas, pierden sentido cuando la letra estricta se impone sobre la realidad. No puede ser nunca el mismo socialismo en Kuala Lumpur, que en Cuba o que en la Argentina. Porque las condiciones de la realidad de cada país (cantidad de población urbana sobre rural, producción de materias primas, diversidad económica, consumo cultural, etc.) determinan los modos en que se llevará a cabo el socialismo en cada país. Cada país impondrá restricciones económicas o aduaneras tal como lo hace Gran Bretaña sobre ciertas producciones argentinas puesto que la lógica de su producción se impone sobre el dogma de Adam Smith. Y cada país impondrá su lucha antimonopólica contra los agentes internos y externos en cada país de acuerdo a como estos se presenten. De más está decir que en Kuala Lumpur les debe preocupar muy poco la lucha contra el imperio de Cablevisión y las medidas aplicadas para imponer el Fútbol Para Todos. Allí, el elemento cultural que el Estado debe apropiarse y no permitir que ningún monopolio se apropie, será otro. Cada país aplicará restricciones aduaneras por más liberal que sea, porque es lo que precisa y porque no hacerlo provocaría un problema económico muy grande en los sectores productivos favorecidos con esas restricciones; y cada país permitirá un determinado grado de capitalismo si ello favorece la dinamización de la economía en ciertos sectores determinados, por más socialista que sea, pues ello siempre redundará a favor de sus propios intereses. El dogma es letra muerta.
Eso es pragmatismo puro. Peronismo, que le dicen…
De Lenin a Fidel: todos somos kirchneristas
El otro ejemplo claro del pragmatismo impuesto sobre la letra del dogma es el de la Nueva Política Económica de Lenin, en los primeros años de la Revolución Rusa. Esta política se basaba en la simple lógica de la dinamización del mercado interno, si es que les suena, queridos amigos. Un país empobrecido, con enormes vestigios de economía feudal, con un campesinado hambreado y una economía dependiente de las bondades del buen clima para lograr buenas cosechas (¿les suena más ahora, my darlings?). Lenin, para lograr una industrialización efectiva, no tuvo más remedio que apelar a la inversión de capital. Entonces, se puede decir que (si fuéramos estrictamente dogmáticos) Lenin propugnaba un sistema económico mixto y no era socialista en el sentido puro de la palabra… ¡Pero no! Pragmáticamente, sabía que si necesitaba de una industrialización y una dinamización del mercado interno, debía conseguir capitales, ponerlos al servicio de la economía y cuando hayan cumplido su cometido, entonces sí darles una patada en el rincón del cuerpo que más les humille. ¿Acaso alguien se atreve a discutir el grado de marxismo de Lenin?
Fidel Castro tuvo que recurrir casi a la salida contraria, pero no por pragmatismo, sino porque le cerraron los caminos. El bloqueo salvaje impuesto sobre la isla obligó a Cuba a recostarse en la almohada que les ofrecía la URSS sin poder conseguir, por más que quisiera, capitales para invertir y dinamizar la economía. En la medida en que los lazos impuestos por el bloqueo fueron ajándose y se volvieron más flexibles, en los 90, comenzaron a fluir los capitales a la isla. Las teorías que se esgrimieron fueron de lo más absurdas: era el resultado de la caída del muro; la derrota del socialismo en manos del capitalismo le torció el brazo a Fidel; el líder revolucionario se puso viejo y gá-gá y tantos etcéteras más que sería tan ridículo citarlas como en su momento lo fue argumentarlas. ¿Alguien se atreve a decir que Fidel es ahora menos socialista que lo que fue siempre?
Lo que hicieron uno y otro fue aplicar determinadas salidas pragmáticas con el objeto de dinamizar el mercado interno para, luego sí, con la posición fortalecida, enfilar el rumbo hacia donde el dogma o el signo ideológico de cada uno lo quiera.
Eso es pragmatismo puro. Kirchnerismo, que le dicen…
De Yrigoyen a Carrió: todos somos democráticos
Cuando se plantea la crítica de la “falta” de peronismo por parte del kirchnerismo contemporáneo, se instalan discusiones estériles plantadas desde el dogmatismo más estricto hasta el historicismo con fórceps. Perón no hubiera mantenido una propiedad compartida con capitales privados en YPF; Perón ya habría estatizado los FFCC; Perón… El General apeló a otras salidas porque los recursos eran otros. Porque se tiró a la pileta y encontró agua. Supongamos, si nos atenemos a la fuente primerísima que es el relato del mismo Perón (ver “La revolución peronista”, del ex peronista Pino Solanas), Miranda encontró las condiciones favorables –ingleses desesperados por vender y urgidos de capitales, una deuda a favor de la Argentina que ahora no existe, condiciones extraordinarias para un despegue industrial, etc.); no podemos caer en el remanido discurso que Perón hizo lo que hizo porque pateaba lingotes de oro en la Casa de la Moneda. Hizo lo que hizo porque tuvo los cojones y la voluntad política para hacerlo. Y era EL momento para hacerlo. En el ’73 no nacionalizó la banca y el comercio exterior. ¿Perón dejó de ser peronista? Simplemente, los tiempos dictaban otras políticas por interminables razones.
Las políticas llevadas a cabo por el Gobierno argentino desde 2003 a la fecha atienden el más puro pragmatismo. Pero apuntando siempre y sin perder la vista del horizonte donde asoma la redistribución de la riqueza, la inclusión y la dinamización del mercado interno con una industrialización incipiente. Eso es pragmatismo. Peronismo, que le dicen…
Y en este pragmatismo, la presidenta jugó con la oposición por diplomacia en función de los tiempos políticos y de una necesidad que no termina de quedar muy clara.
Los que sentimos admiración por ella (y los que no), sabemos que hay un defecto del que carece: la ignorancia. Su formación es sólida como abogada, como legisladora y conoce sobradamente de una materia que nos vincula: la Historia.
Por eso, cuando le elogió a la UCR su vocación democrática a lo largo de la Historia, y destacando el desdén que el peronismo tuvo hacia ese sistema político, sabemos que fue un guiño, una deferencia política. Pero está faltando a la verdad.
La UCR tiene un origen vinculado a la práctica constitucional desde sus orígenes, ya que la Ley Sáenz Peña es producto de las luchas del primer radicalismo. Hipólito Yrigoyen fue víctima del primer golpe de Estado, por ser luchador incansable de la causa nacional y popular y por ser el artífice de la democratización del país. Punto. Se acabó la democracia radical. La década infame los encuentra participando con el alvearismo, prestándole el consenso al “fraude patriótico”. El 46 lo encuentra compartiendo el palco con el embajador norteamericano Spruille Braden y negándose a ser parte del nuevo movimiento bajo la conducción de Perón. El 52 celebra la muerte de Eva con las famosas pintadas vivando al cáncer y el 55 encuentra al radicalismo aplaudiendo los bombardeos a Plaza de Mayo, para luego vivar a los “Libertadores”. Participan de la fraudulenta e ilegal reforma constitucional del 57 convocada por el dictador Aramburu y le presta funcionarios a cuanta dictadura se cruzó en la Historia Argentina. Abraza una presidencia gracias a un pacto incumplido (Frondizi) y otra con la proscripción del peronismo y perdiendo la elección ante el voto en blanco (Illia), sin olvidar que el doctorcito cordobés hace detener el avión de Perón en Brasil para mantener su proscripción. Acompañan el onganiato sin despeinarse y aplauden el retorno de Perón porque el país era inmanejable para cualquiera menos para el General. Balbín saluda a los “salvadores” de la Patria cuando Videla y toda la crema se apoderan del Gobierno instaurando la más sangrienta dictadura de la Historia en América Latina. Y Alfonsín recién asoma el cogote desde Chascomús para incorporarse a la Multipartidaria recién y luego de haber asistido a la lucha de los sindicalistas argentinos liderados por Saúl Ubaldini, que le venían haciendo paros a la dictadura desde el año 77 (y se pierde el símbolo de lucha que levantaba las banderas, Oscar Smith), cuando todavía los radicales se mantenían al frente de intendencias y eran los más encumbrados funcionarios de la dictadura genocida.
Los sectores trabajadores que le pusieron el cuerpo a las balas fueron los peronistas. Los que pusieron la mayoría de los desaparecidos, también. Y la izquierda comprometida con la causa revolucionaria. Había (y sigue habiéndolos, claro) radicales yrigoyenistas comprometidos con la causa nacional y popular y que fueron víctimas de persecuciones y torturas. Pero son los menos. El radicalismo actual es alvearista, oligárquico, conservador y sus más fieles representantes no tienen un pelo de democráticos. Carrió, Stolbitzer (por más que formen partidos por doquier fueron, son y serán radicales), Morales, Alfonsinito, Sanz y todos ellos no dudan ni dudarían en ponerse del lado de un golpe que derroque este gobierno (que no es posible en el modo tradicional) y les permita acceder con la mayoría proscripta, tal como lo hicieron Frondizi e Illia. Porque Raúl Alfonsín muere apoyando a este gobierno y recurriendo a la memoria para recordar que los enemigos de este Gobierno fueron los suyos. Alfonsín, sin ser el súper héroe volando con la capa democrática, fue el último líder democrático y medianamente yrigoyenista que tuvo el radicalismo. Y en sus últimos años respiró kirchnerismo, mal que les pese a quienes hoy son oposición.

Para hablar de democracia, hay que preguntarle a un peronista, compañera presidenta. No a un radical. Solemos coincidir. Pero esta vez no entendemos este guiño a la oposición. Aunque podemos afirmar que esta es una falaz coincidencia. Si a usted le sirve, está bien. Nosotros, como historiadores, nos encontramos en la obligación de poner las cosas en su lugar. Al campo nacional y popular, en la democracia; al radicalismo, al lado de los dictadores. Como siempre fue, traicionando los preceptos de Don Hipólito. 

martes, 1 de abril de 2014

El Homo-Face Videns

Uno de los análisis más certeros, a nuestro modesto entender, sobre la influencia de los medios de comunicación en las masas, es el trabajo de Giovanni Sartori intitulado “El homo videns”, cuya principal teoría consiste en determinar que el hombre es esclavo de la imagen. Si lo ve, entonces sucedió. No resiste más análisis que el de explicar lo que se ve porque la contundencia de la imagen es tal, que no hay modo de refutar algo que todo el mundo puede ver.
Claro que de ese modo, nos explica, también sucede que no nos detenemos a pensar cuántos ángulos puede contener esa imagen (puesto que al haber más ángulos hay más miradas y, por lo tanto, más puntos de vista para analizar) ni cuándo comienza o termina realmente esa imagen, ya que una imagen televisiva, fotográfica o del carácter que sea, no es más que un recorte caprichoso de la realidad hecho por quien está mostrando la imagen y decide qué parte mostrar y cuál no.
Entonces el hombre es esclavo de lo que ve, pero peor aún, es esclavo de quien pone en sus retinas lo que debe ver. El recorte de la realidad es desmenuzado con crudeza e inteligencia por Sartori y nos muestra cómo, por ejemplo, los noticieros televisivos redujeron considerablemente las noticias de interés público (política nacional, internacional, economía, sociología, cultura) en favor de las llamadas noticias o notas “de color” o “interés general” (el nacimiento de un oso polar blanco en un zoológico de la India, el niño de 3 años de edad que conoce las capitales de los países del mundo o el asalto de una carnicería en Burzaco).
La capacidad de análisis del ciudadano “informado”, entonces, queda reducida a unos tres o cuatro puntos de interés, delimitados por las cadenas informativas y reducidos más aún por los recortes visuales que hacen de esos mismos informes. El consumidor de noticias cree, así, que sabe manejar todo “lo que hay que saber” pero en realidad está manejando lo que quieren que maneje y está opinando lo que quieren que opine de lo que maneja. O sea que está siendo manipulado no sólo en qué recibe sino en cómo lo recepciona.
El “féis” to “féis”.
Este admirable comunicólogo italiano escribió esta obra maestra que aún goza de absoluta vigencia en los 90, cuando aún no existía este poderoso medio de comunicación y herramienta transmisora de ideología que muchos insisten en mal llamarla “red social”, conocida como Facebook. Y el Facebook tiene un poder comunicacional tanto o más poderoso que un noticiero de televisión. En este medio, uno influye entre los amigos, parientes, colegas, subordinados, etc., o entre los que uno se gana o ganó un respeto determinado a lo largo de toda una vida. Y ello lleva a que lo que uno dice sea tomado con particular interés por quienes nos aprecian, pues esperan que seamos tan dignos o brillantes como en aquella reunión en que hicimos reír a todos o en aquella clase magistral en la que nuestros alumnos aprendieron la materia que enseñamos con tanta pasión. O, simplemente, nos respetan en lo que decimos por el afecto que hemos sabido ganar y construir con nuestro don de gentes. En los 60 y 70, comunicólogos como Daniel Lerner (“Communications systems and social systems”, 1960) o Heriberto Muraro (“El poder de los medios de comunicación de masas”, 1971) insistían en la influencia de los medios de comunicación, pero destacaban más aún el papel “narcotizante” de los medios y el rol de los “líderes de opinión”, personas con contacto fluido y permanente con sus iguales pero con mayor influencia por su ascendencia intelectual, por lo que tenían mayor poder con su entorno que los propios medios. Hoy día, me permito la digresión de llamar a estos “líderes” transmisores, puesto que no producen opinión, sino que la transmiten y la influencia mediática es mayor que la que estas personas tenían antaño.
Pues como afirmamos hace poco (ver “La responsabilidad de los intelectuales”), los generadores de ideología son pocos; la mayoría somos apenas transmisores. Y creemos ser portadores de una ingeniosa ocurrencia que no fue generada más que por alguien que quizás apenas tuvo la capacidad de ensamblar tres ideas masticadas previamente por alguien, dándole forma de “posteo”. Y esas tres ideas a su vez fueron generadas, seguramente, ahí sí, por un intelectual generador de ideología, que puede ser, a su vez, quien la tergiversa con un fin determinado (provocar adhesión o rechazo) para que todo el mundo la repita, creyendo “saber” de lo que está hablando porque se encuentra “informado”. Los ejemplos más claros fueron los dichos de la Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner sobre el temor a Dios, a ella y los funcionarios, o el que se le atribuyó respecto a los $4 diarios necesarios para comer, tergiversado el primero desde las esferas más altas del periodismo político de “La Nación” y afirmado el segundo en el dudoso potencial de lo incierto desde los cuadros políticos del Grupo Clarín.
El abrazo del oso
La contundencia de la imagen puede mostrar un recorte sesgado de la realidad, pero no debe tener la potencia para esclavizar el juicio crítico de quien la ve. La imagen debe ser sometida a un juicio crítico y debe establecerse, ante todo, el contexto en que fue tomada e, ineludiblemente, debe ser sometida al análisis comparativo con otras fuentes. Pero jamás debería establecerse la contundencia de la imagen por sí sola, como si fuera ella sola la que nos explica todo.
El ejemplo más popular que se ha visto en estos últimos tiempos fue una foto que circuló masivamente por Facebook, donde se ve a Sergio Baradel, titular de SUTEBA (el sindicato educativo más importante de la provincia de Buenos Aires) fundiéndose en un abrazo cordial con el candidato a presidente para 2015 por el Frente Renovador, Sergio Massa. De allí a explicar el paro docente con una imagen, hay apenas un bostezo provocado por la pereza intelectual de quien no piensa y somete el juicio a la imagen. Entonces surgieron las voces disidentes explicando que la imagen había sido retratada cuando aún ambas figuras formaban parte del Frente Para la Victoria y tantas teorías más. Una vez sellado el acuerdo en la Paritaria Anual Docente que dejó contento a la mitad de la mitad y blasfemando al resto (como siempre sucede), los mismos que condenaron como traidor al titular de SUTEBA por la foto con Massa, explican el grado de kirchnerismo de Baradel con una foto sonriente junto a Nora De Lucía, titular de la cartera de Educación bonaerense. Y quienes agradecían con la primera foto por tener un sindicalista opositor, ahora se lamentan por estar representados por un oficialista al mirar la segunda foto. Las fotos dicen todo. Pero sólo para quien queda esclavo de la imagen. Y no dice demasiado para quien la somete a un severo análisis junto a lecturas, otras fotos, otras imágenes, opiniones de los protagonistas de la foto, una explicación exacta del contexto en que fue tomada, etc.
Es decir, demasiados debates por apenas un par de fotos. Y todos, los de un lado y otro, sometidos a la imagen para explicar y acomodar lo que les parecía que debía decir, según el espacio político que defienda o al que quiera defenestrar. Nada más. Namasté, como suelen decir en Féis y yo repito sin entender muy bien qué quieren decir.
Anival Ramire
También circula en esta “red social” un posteo con la foto de un malandra, blandiendo un arma, escribiendo con faltas de ortografía sobreactuadas y jactándose de lo bien que la pasa gracias a que “la Kristina” le da los planes y él puede dedicarse libremente a su vida de crimen y delito sin tener que preocuparse de que le falte el mango. Y digo que las faltas de ortografía están sobreactuadas pues en mis 18 años de docencia no he visto ni a los más brutos escribir mal su propio nombre. No recuerdo si se llamaba así, pero creo que el apellido debía llevar una “Z” final y el delincuente no la escribió.
Y lo que es peor: no he visto jamás a nadie jactarse de estafar al Estado en la adjudicación de un plan social que no merece, porque autodelatarse lo lleva al simple estadio de la pérdida del beneficio.
Este muchacho, en teoría, escribió todo un manifiesto donde se presenta y dice que cobra planes, que vive más que bien y mucho mejor que quienes trabajan, sólo porque este Gobierno se lo permite. Le permite esto y mucho más: cometer delitos y ser liberado inmediatamente al momento de ser capturado. Cualquier semejanza con cierta derecha exigiendo penas más duras y oponiéndose a la reforma del Código Penal NO es simple coincidencia.
En este caso, la imagen provoca indignación. Pero es acompañada de la palabra. Entonces se supone que el análisis aquí deja menos espacio para la duda. Pero no. Aquí, la palabra, viene tan clara como la inseminación de la Santísima Trinidad en la Ave María Purísima sin pecado concebida. Pero lo más notorio es que la indignación prima sobre la razón y todo el mundo se lanza sobre el teclado a opinar que “¿Viste cómo son estos negros de mierda en cuanto les das algo?”, y cosas por el estilo. Y la espiral crece interminablemente, puesto que un comentario lleva al otro así como una cosa lleva a la otra. Casi nada.
Puestas así las cosas, son muy pocos los que se detienen a pensar y someter a juicio crítico no sólo la imagen; a veces, hasta las palabras. ¿Con qué objeto son escritas? ¿Quién las escribió? ¿Qué ideología tiene quien las escribió? ¿Hacia quién están dirigidas? Y, lo que es más importante aún… ¿Cuál es el efecto que pretenden lograr? En el caso de “Anival Ramire”, no sabemos quién escribió esa carta de presentación. Sí podemos afirmar que el fulano en cuestión no fue, por las razones aducidas previamente y otras tantas más que podríamos agregar (un delincuente prefiere quedar en el anonimato pues si es fácilmente reconocible pierde chances de vivir con éxito de su oficio; una persona que no sabe escribir no pierde tiempo en escribir y menos para autoincriminarse; si quisiera hacer una carta de agradecimiento al Gobierno por los planes sociales omitiría las partes que generarían rechazo; etc.). Sabemos que quien escribió ese posteo es una persona de derecha; y sabemos que el efecto que busca es precisamente el que provoca en cada persona que lo reproduce o lo comenta: reacción e indignación. El enano fascista que todos llevamos dentro sale despedido con una catarata de insultos interminable no sólo hacia el delincuente en cuestión, sino también hacia el Gobierno que, con una medida de carácter progresivo como un plan social, le posibilita vivir rascándose y contemplar el techo sin producir para beneplácito de la ciudadanía, del prójimo, del sistema capitalista y de la sociedad de consumo a la que tanto le debemos.
La Historia en imágenes
El “Che” Guevara con los burócratas stalinistas del Kremlin; Evita con Franco; Hugo Chávez con Barack Obama; o Perón con Pinochet. Son todas fotos e imágenes que se encuentran fácilmente y pueden ser descriptas desde la contundencia de la imagen. Perón fue pinochetista, Evita franquista, el “Che” stalinista y Chávez un traidor a la Patria Grande. Todo eso dicen las imágenes, si queremos que nos lo digan.
La Historia nos enseña que esas imágenes deben ser sometidas a un análisis crítico. Que fueron sacadas en un contexto. Y que desde allí deben ser explicadas. Edward H. Carr, en su maravilloso “¿Qué es la Historia?” nos explica que la Historia no es ni más ni menos que el devenir permanente entre pasado y presente. Que el presente se explica con el pasado y viceversa; y que no hay forma de entender el presente sin el pasado y nuevamente viceversa. Si nos tomamos la atribución de condenar a Perón por ser pinochetista, será inevitable que cuando veamos la foto del diputado con su novia modelo, creamos que está desfilando para un fabricante de corbatas.

El “Che” Guevara, no tenía más remedio que negociar con el Kremlin, pues el bloqueo salvaje sobre Cuba (que hoy persiste, más de 50 años después de su muerte) exigía un punto de apoyo para no someterse al imperialismo norteamericano; Chávez le vendía petróleo a EEUU pues una nación necesita hacer negocios para ingresar divisas en sus arcas; Eva Perón aparece con Francisco Franco por obra y gracia de una generosa donación de su gobierno al pueblo español, que padecía una de las peores crisis económicas de su Historia; y Perón, más allá de esa sonrisa que provoca rechazo en el momento en que le estrecha la mano a Pinochet, lo hace en la asunción del mando como presidente argentino y estrechando la mano del presidente chileno, quien asistió a la ceremonia de asunción y a quien, por protocolo, hay que recibir y saludar. Es decir, todo se explica. Al menos desde MI óptica. Hay quien dirá que Perón estaba pergeñando el plan de exterminio junto a Pinochet con sólo mirar la foto. Hay quien dirá que Evita y el Che se unen más allá de la ópera prima y participan ambos de dictaduras genocidas como cómplices complacientes. Y también hay quien dirá que Chávez fue un bocón que hablaba contra los yanquis mientras hacía negocios amistosamente y les vendía petróleo. Todo es posible. Lo cierto es que cada explicación merece un argumento que la avale. Si no, es simple repitencia. Como el “féis”. Como la vida misma.

martes, 28 de enero de 2014

LA RESPONSABILIDAD DE LOS INTELECTUALES


LA RESPONSABILIDAD DE LOS INTELECTUALES

 

Noam Chomsky nos indica, en un viejo artículo de los 60 que lleva este mismo título, que el deber de los intelectuales consiste en decir la verdad y denunciar la mentira; es el principio básico y la responsabilidad máxima de un intelectual, para evitar, con ello, los grandes males que aquejan a sus países. Ello, nos conduce al viejo dilema de establecer quién conoce la verdad y cuántas verdades hay.

En un mundo como el actual, el acceso a la información está ampliamente facilitado para el ciudadano común, inclusive. Lo que permite que el intelectual tenga más posibilidades de analizar la realidad y llegar a la verdad, o SU verdad, si se quiere de este modo.

También los pueblos tienen un grado de responsabilidad sobre lo que sucede en sus países, aunque el alcance es mucho menor. Cuando la información es restringida o se encuentra sesgada, la manipulación informativa influye para que la masa ignore ciertas aristas de la realidad a las que no les resulta sencillo acceder. Ello es objeto de debate, nos dice Chomsky, tanto para determinar la responsabilidad del pueblo alemán y su complicidad ante el nazismo así como la del pueblo norteamericano ante Hiroshima, Nagasaki o Vietnam. Los pueblos, aunque menor su responsabilidad, son también los artífices de los flagelos que sus naciones cometen.

Hay excepciones comprensibles, claro. En nuestro país, la pasividad popular ante el avance dictatorial durante la dictadura de 1976, no fue siempre cómplice. El terrorismo de Estado tuvo como premisa la instauración del miedo en la población lo que conllevó inmediatamente al quebranto de los lazos solidarios que históricamente caracterizaron al pueblo argentino. Pero la aplicación de la teoría de los dos demonios no cae del cielo como una revelación de Samás, Ra, Buda o Jesucristo. Es, ni más ni menos, que una producción intelectual. Es decir, que los intelectuales producen de acuerdo a opiniones formadas, preconceptos, lecturas tendenciosas o intereses creados. Pero jamás lo hacen desinformados. A lo sumo, descartan cierta información por considerarla improcedente aún antes de haberla analizado, y esto porque desconfían de la procedencia. Ejemplos hay muchos y ya nos extenderemos sobre ellos.

Intelectuales hay de toda laya. Están quienes se equivocan honestamente, es decir, muchos. Están quienes pretenden no equivocarse y se convencen y quieren convencer a todos que lo que plantean es irrefutable; es decir, muchos más aún. Y los hay quienes intentan plantear sus teorías dejando puertas abiertas a los interrogantes y no dando por sentado más allá de lo que se intenta probar con los elementos que uno dispone; que no son muchos. Pero los hay quienes se ponen al servicio de intereses que los contienen de diversas maneras (ideológicamente, económicamente, socialmente, etc.) y acomodan las teorías que desarrollan de acuerdo a esos intereses. Y para que se acomoden, mienten, ocultan información, ignoran otra o descalifican al oponente con distintas artimañas para lograr imponerse. Son los mandarines, como los llamó Chomsky y popularizó el “Indio” Solari en una canción de los 90. Para ellos todo vale.

Estos mandarines pueden hablar sin ton ni son, y ya veremos algunos ejemplos de la política o la Historia doméstica. Uno de ellos, basándose en las fuentes gubernamentales de los Estados Unidos, Arthur Schlesinger, alegó en 1962, que los vietcong habían sufrido 30.000 bajas en una tropa regular de 15.000 guerrilleros (“A thounsand days”, p. 982, 1962). Por supuesto que lo hace en un momento en que se produce la escalada armamentista del complejo militar industrial y, además, se promueve la participación del imperio en Indochina, cuando nadie aún tenía conciencia de en qué parte del mapa ubicar la región.

¿Se puede ser honesto intelectualmente en medio de tantos conflictos de intereses? Se puede. Resulta difícil, pero se puede. Está la idea masificada de que un intelectual, si trabaja para alguien, responde a los intereses de su salario. Algunos pueden hacerlo. Muchos. Otros no. Los menos. Pero los hay. Citaremos un ejemplo clarísimo, que se da en el sitio más inesperado, el del periodismo deportivo: es el caso de Ezequiel Fernández Moores. Este incisivo periodista que investiga los intrincados intereses que se manejan alrededor del mundo de la pelota y las instituciones que lo manejan, analiza el negocio del balompié en el contexto del capitalismo salvaje. Hace ya varios años que el Diario Olé, del Grupo Clarín, lo echó; también es cierto que un grupo periodístico con intereses similares a Clarín no quiso perderse su calificada pluma y lo llevó antes que alguien se lo quite. Hablamos del Diario La Nación. En ningún caso, este periodista dejó de escribir como lo hizo siempre, sin importarle a quién tuviera enfrente; su calidad lo mantiene a salvo y siempre encontrará trabajo. Pues ése es el mayor miedo y la peor excusa que utilizan estos mandarines: “tengo que comer”, se convierte en la bandera que encolumna a muchos detrás del vil metal y por la que venden su pluma y su ideario. En el otro extremo, Gustavo Grabia mantiene su puesto en el mismo diario deportivo porque a pesar de hacer una cuidadosa investigación sobre la barra brava de Boca Juniors, se cuida muy bien de no denunciar los negociados y las relaciones que, aún hoy, mantiene un ex presidente del club volcado luego a la política y con recientes aspiraciones presidenciales.

Hablar de honestidad intelectual, en este caso, sería una investigación que deje a Mauricio Macri en el lugar que debe quedar, más allá de los negocios e intereses que mantenga el Grupo Clarín, empleador de Grabia, con quien quiere ser futuro presidente de la Nación (Podemos hablar de casos más notorios y evidentes, pero decidimos no caer en los mismos remanidos ejemplos; ellos, quedan a criterio de ustedes, queridos lectores, diría una famosa modelo caída en desgracia).

¿Se puede ser honesto intelectualmente y adherir a una ideología? Es éste otro de los grandes interrogantes que suelen plantearse. Porque claro, quien defiende una ideología va a opinar en función de ella y acomodar sus sentencias de acuerdo a esos intereses. De ello, hay mucho. También hay salarios de por medio. (Sin ir más lejos, he sido acusado varias veces de cobrar un salario por opinar como lo hago, aunque mis ingresos provengan de una profesión que requiere de ciertos conocimientos para llegar a ocupar un espacio y luego así, obtener un salario -que tampoco es muy generoso, que digamos, pero que sirve para vivir dignamente-). Porque hay intelectuales trabajando para políticos y partidos que salen a defender lo indefendible y argumentan lo inexplicable. O entidades de “bien público”, sin “fines de lucro”, conocidas como ONG’s. Estas entidades o fundaciones no tienen otro fin más que el de forjar ideología, casi y tal como lo hacen los medios de comunicación de los que se sirven para difundir su accionar. Los casos más notables son la Fundación Mediterránea, que lo hace abiertamente, o Greenpeace, que lo hace veladamente.

Las ideologías son sistemas de pensamiento que engloban un ideario abarcativo, que incluye lo económico, lo político, lo social, etc. Hacemos hincapié desde este espacio en lo ideológico, porque la ideología es algo que toda persona tiene. Aún aquellas que se dicen “independientes”. Cuando se habla de la inclusión social, uno no está creando nada nuevo. Lo mismo cuando se habla de que los habitantes de la provincia de Buenos Aires no deberían usar los servicios públicos estatales (educación, salud, etc.) de la Capital Federal. No estamos hablando de teorías novedosas. Cuando escuchamos hablar a alguien que nos parece que emite un brillante y atinado comentario, no está creando ideología; la tomó prestada de alguien a quien escuchó o leyó. Quienes producen ideología o teorías son menos de los que quisiéramos; son muy pocos. Los demás, somos consumidores. La producción intelectual es portadora de ideologías. Todos la consumimos y optamos (algunos) por la que nos parece más apropiada o tomamos (muchos) lo poco que recibimos de acuerdo a nuestros condicionamientos socio-culturales. Condicionamientos que nos obligan a “pertenecer” según cómo fuimos educados, ya que sería imposible que un Alfa Romeo entre en Fuerte Apache con ánimos de hacer amigos, así como el de ese barrio no podrá tener éxito intentando lo mismo en los bares de Recoleta. Aunque esto es harina de otro costal y tema para debates más amplios.

La honestidad intelectual ideológica va de la mano con el rigor científico. Un intelectual sabe cómo investigar para verificar la información, tanto como lo sabe el periodista que se llena la boca informando sobre el “chacal” que produjo la “masacre de Pompeya” y una década después tiene que desdecirse por padecer de pereza investigativa o intelectual e informar debidamente. Así como el periodista que informa sobre las carencias de la provincia de Formosa, reales, por supuesto, sin informar que esas carencias siempre estuvieron (¿es necesario aclarar que Formosa es, históricamente, una de las provincias más pobres del país?) y si en realidad hubo avances o cambios estructurales en esa realidad. Un estudio intelectual medianamente serio, requiere al menos esa premisa básica: el análisis comparativo forma parte del ABC analítico en el trabajo del intelectual. Olvidarlo no forma parte de las posibilidades; un gomero no desarmaría jamás una goma pinchada para volver a armarla sin ponerle el parche. Esa sería la analogía pertinente.

No existen ideologías, gobiernos e intereses perfectos y puros. Todo es perfectible y el intelectual debe defender aquello que considera correcto con armas limpias y sin dejarse arrastrar por el calor de las ideas que se apropia a menos que la nobleza de sus intenciones acuerden con la nobleza de sus postulados. Investigar y corroborar la información y determinar las fuentes de la misma, así como los intereses que la mueven, es un deber elemental de un buen intelectual. Y repetir falsedades o falacias desde la tarima del sofista, nos convierte en títeres de voluntades ajenas y nos mueven a jugar juegos que jamás quisimos. El último ejemplo: no existe una sola fuente (ni una sola) que corrobore la participación de Alicia Kirchner en cargos ministeriales durante la última dictadura. Todo lo referente a esta información está en potencial (que es el lenguaje del intelectual para evitar demandas judiciales, y el tiempo verbal indica que podría ser como no) y la justificación de la falta de documentación que la avale se debe a que “habría” sido destruida. Mientras nada se prueba, se populariza la colaboración de la actual ministra con la dictadura, cual si nada importara. El otro extremo, es el probado cargo público que ejerció Elisa Carrió en la Justicia chaqueña. Pero confundir ese cargo menor (al decir de cierto CEO mediático) con una participación genocida es, a mi entender, al menos exagerado. Hoy por hoy, cada una de estas dos mujeres se lavan o condenan por sí solas en su accionar. No necesitan de burdas operaciones mediáticas movidas por intelectuales al servicio de cualquier ideología. Un intelectual debe saber cuáles son los parámetros para analizar realidades políticas, más allá de cualquier ideología. Venerar al ex presidente Humberto Illia como democrático (siendo que colaboró con la prescripción de la mayoría política) sólo porque fue “honesto”, no alcanza para determinar las virtudes políticas de nadie. Otro que también fue “honesto” y murió habitando la misma vivienda que tenía antes de ser presidente, fue Jorge Rafael Videla. Y difícilmente podemos asegurar que su honestidad sea una virtud que añoráramos para recuperar valores que creemos perdidos. Se recuperó la credibilidad en la clase política y la política como herramienta de cambio. Y no es poco. La perfección y la superación de errores son una construcción diaria que, en este clima social, tiene muchas chances de producirse. Lo demás, es cháchara, diría un oscuro personaje ligado al peronismo de los 70 y 80.

 

 

sábado, 19 de octubre de 2013

Que parezca un accidente...

Por un lado:
La estatización de los FFCC en todo el país.
La promesa de aperturas de viejos ramales cerrados.
La reactivación de los ramales de carga para sumarlos al circuito productivo abaratando costos y contraponiéndolos al parque automotor de transporte de cargas.
La renovación de la totalidad del transporte ferroviario para 2014.

Por el otro:
Un calendario electoral con tiempos apretadísimos (una semana).
Debates que ponen en evidencia la pobreza de los candidatos opositores.
Operaciones políticas armadas groseramente por personas que participan del armado político opositor (en el caso Cabandié, el armado de Maza, el jefe gendarme que responde a gente del massismo y está vinculado al PRO).
Militantes oficialistas agredidos y hasta asesinados de los que la prensa monopólica no habla.
Un gobernador bajo amenazas del que no se ocupa ni su jefe político (Binner) y menos aún, los diarios opositores, pues los vínculos de ese narcotráfico llegan hasta Córdoba.
Los 7500 GRANDES contribuyentes a los que les fueron descubiertos ingresos no declarados, inversiones, propiedades y cuentas no declarados en paraísos fiscales y en países como Uruguay, Suiza y EEUU.
Y tantas cosas más.

No me jodan. A una semana de las elecciones, este "accidente" ferroviario no me lo fumo ni bajo el agua. Mi oficio de historiador me enseñó a no creer en las casualidades. Las especulaciones y acusaciones van a dejar huella como el "accidente" de Castelar. Pero las mismas, una vez descubiertas las causas, no serán cruzadas con disculpas. Sólo queda flotando la inoperancia de Randazzo y la culpa del Gobierno, aún cuando se PRUEBA (como el caso de Castelar) que se trata de un claro sabotaje.
Esto no es joda.
La puta oligarquía siente que le meten cada vez más la mano en el culo.
Sus intereses están siendo afectados y el sector terrateniente apuesta a reinstalar el modelo agroproductor contra el industrial, corriendo precios y afectando el humor social golpeando el bolsillo del consumidor.
Se viene tiempos de ataques muy duros.
Se vienen tiempos de lucha.
No los quiero de vuelta, porque ya los sufrí en los 90. Mis sueños fueron cascoteados toda una vida, desde la dictadura, pasando por el alfonsinismo, masacrándome con el menemismo y fulminándome con la Alianza.
"Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí, resucita(n)do"...
No quiero recibir otro golpe a mis sueños, a mis proyectos de vida.
Voy a combatir a estos hijos de puta hasta el final de mis días.
Hasta que entiendan que la Argentina no es de ellos solos.
Que los eternos marginados, también podemos ser dueños.
De nuestra Patria.
Y de nuestros sueños.
Viva la Patria.
Voy a llorar para retomar fuerzas.
No me van a derrotar.

Hugo Alejandro Gomez


Pd: esto fue escrito apenas una hora después del accidente. Luego se supo lo del motorman robando el disco rígido (que oficia de Caja negra) del tren, lo de Solanas repudiado por la gente en la estación y los papelones de Sobrero y TN intentando mostrar lo que no era...

miércoles, 3 de julio de 2013

La revolución es una quimera eterna...



La revolución es una quimera eterna…

“Cerca de la revolución
El pueblo pide sangre,
Cerca de la revolución…”
(Charly García, “Cerca de la revolución”)

La política debe estar y debe surgir, necesariamente, de la insatisfacción. La voluntad de participar y militar por una causa que se supone más justa, lleva en sí misma un ansia de cambio que difícilmente puede ligarse a la satisfacción. Las ganas de cambiar lo que está mal y de mejorar lo que se ve defectuoso, es la que nos lleva a plantearnos la participación y la promoción del cambio político por una propuesta superadora. Esa voluntad de cambio puede tener distintas connotaciones y las formas de definirlas han ido variando con el correr del tiempo; así como también se ha modificado el significado del concepto encerrado en la misma palabra. Los que estamos en Historia sabemos cómo el devenir es dinámico, incluso para el lenguaje. No podemos ignorar que el sentido de las ideas también es parte de esa evolución.
Cambia, todo cambia…
La conceptualización es parte esencial de toda ciencia. Y así como las sociedades, los conceptos y las ideas también son parte del devenir histórico. Y tal como a los cambios y alteraciones, también las personas y las sociedades son resistentes a las modificaciones en las ideas, en las estructuras mentales. Y nos cuesta entender cómo esas ideas pueden llegar a modificarse, cómo es posible que antes lo que hoy se considera como cierto en el pasado hubiera sido de otro modo y en el futuro sea dudoso e incierto. Pero para que esto no se convierta en un divague intelectual, vayamos a los ejemplos concretos.
El concepto de tecnología es quizás uno desde siempre, pero ha sido tomado desde sus diferentes acepciones y con diferentes sentidos. Los docentes sabemos que, al dar una clase de Historia, nos topamos con la incomprensión de los alumnos que no alcanzan a dimensionar lo que es la tecnología. El paso de la piedra tallada a la piedra pulida, del Paleolítico al Neolítico, supuso un avance tecnológico que llevó miles de años concretar para la humanidad. Pero a los chicos no les entra en la cabeza la idea o el concepto de que algo comprenda tecnología cuando no lleva un microchip. Las primeras herramientas hechas a piedra y madera no son vistas de otro modo que utensilios artesanales (que lo son), pero no como tecnología. ¿Cuál es la diferencia entre lo que son a fines prácticos y lo que son conceptualmente hablando? Que esos utensilios artesanales lo eran y lo son en la actualidad; pero hoy, apenas son un accesorio irrisorio fácilmente reemplazable por más y mejores herramientas realizadas con tecnología de punta, es decir, de última generación. Aquella tecnología es, además de obsoleta, anacrónica. Por eso nuestra sociedad no la percibe como tal. Pero en su momento, no puede negarse que fue tecnología.
Millones y miles de años pasaron  entre los diversos saltos tecnológicos y los últimos se dieron de manera abrumadora, casi en un abrir y cerrar de ojos, si comparamos el avance tecnológico de la piedra con el de la comunicación a distancia, por ejemplo.
Cambiaste de tiempo y de amor,
De color y de fronteras;
Cambiaste de sexo y de Dios,
y de música y de ideas…”
(Charly García; “Viernes 3AM”).
Los sistemas políticos y económicos también tienen sus tiempos históricos y sus evoluciones (o involuciones, depende de cómo quiera vérselos). No descubro nada nuevo al comentar esto, pero no está mal recordarles a nuestros amigos de Historia Nacional y Popular que la Historia fue dividida en edades y las mismas se corresponden con unos sistemas económicos y políticos, respectivamente, que describiremos a muy grandes rasgos y con las imprecisiones y falencias a que nos puede llevar el exceso de resumen.
A la Edad Antigua le corresponde el modo de producción esclavista como forma económica, de acuerdo a la acepción de Marx, a la que adherimos, y la forma política que la hace posible es el imperio. La conquista imperial permite esclavizar y sostener esos grandes dominios que a todo lo hicieron posible: desde Sumeria a Roma, pasando por los persas y los griegos, la esclavitud hizo posible cada uno de esos logros que la llamada “civilización occidental y cristiana” reivindica como propias, como fruto del progreso y la madurez intelectual y científica, especialmente en el caso de los griegos y romanos.
A la Edad Media le corresponde el modo de producción feudal como forma económica y política. Aquí el poder político se halla disperso y su monopolización tiene un carácter religioso: el Papa es la máxima autoridad política del “continente” europeo. La servidumbre fue posible gracias a la dispersión política y la inexistencia de Estados poderosos con capacidad para ejercer el control militar y policial de los territorios. Este queda, entonces, en manos de los señores feudales, que se convierten en la figura política, económica, militar y judicial de los feudos. Los reyes no tienen jurisdicción más que nominal sobre el territorio de estos caballeros, con quienes tienen que hacer constantes acuerdos para tenerlos de sus lados.
A medida que el tiempo avanza hacia el presente, se complejiza el análisis y, por lo tanto, también sus conceptualizaciones políticas, económicas y sociales. Pero también, los tiempos políticos, como en la tecnología, se tornan vertiginosos.
La Edad Moderna no tiene, en la concepción marxista de la Historia, más que una definición imprecisa que es un modo de producción precapitalista, con predominio, en su forma económica, del mercantilismo. Al mercantilismo no se lo considera capitalismo, a pesar de que la acumulación de capital figura entre sus principales virtudes, puesto que su forma de acumulación no está basada en la plusvalía (ya hablaremos de ello, luego) y además, gran parte de Europa se encuentra aún bajo el predominio del modo de producción feudal, por eso es una etapa de transición entre el feudalismo y el capitalismo, muy bien descripta por Perry Anderson. Su forma política predominante será más compleja: la monarquía absoluta, de fronteras adentro, y hacia afuera, en lo que Immanuel Wallerstein denominó “economía-mundo”, la colonia o el colonialismo se presenta como forma de dominación y América como el continente paradigmático en tal sentido.
La evolución del mercantilismo comercial derivó en una nueva forma de apropiación que rompió con todas las estructuras conocidas. El capital acumulado comienza a invertirse con la finalidad de volver a reproducir esa acumulación, pero a mayor escala. La idea de ganar más y más se hace carne y el salario comienza a generalizarse con la aparición de la fábrica y ya nada vuelve a ser lo mismo. Aparece pues, la plusvalía y, con ello, el capitalismo. La plusvalía, explicado en pocas y groseras palabras, es salario no pagado; esa parte de la ganancia que genera el trabajo del hombre y que se lo apropia el dueño de la fábrica. Por eso mismo, Marx define al capitalismo como el sistema de producción basado en la acumulación de plusvalía. Y aquí la forma política correspondiente se plasma bajo el signo de las naciones. Los países aparecen como formas políticas y unidades territoriales con formas de gobierno determinadas: la monarquía comienza a ceder ante el avance de las repúblicas burguesas y, más tarde, los socialismos rebeldes al imperio del capital.
“Si algo ha cambiado eso es nosotros
 El otro cambio, los que se fueron.”
Litto Nebbia; “El otro cambio, los que se fueron”.
Ahora sí, vamos al nudo del asunto. Estas conceptualizaciones, no son otra cosa que esquematizaciones teóricas para una mayor comprensión de la ciencia que estamos estudiando, la Historia, y para una compartimentación a fines de estudiarla con más facilidad. El mismo Marx nos aclara que los modos de producción son sistemas ideales que nunca se presentan en estado puro. Por lo tanto, conviven en cada sistema político, formas económicas, sociales, etc., que pertenecen a otros modos de producción y reciben el nombre del modo de producción con mayor “presencia”, digamos. ¿O acaso no tenemos como mejor representante de la sociedad feudal en el capitalismo contemporáneo, a los personajes de la nobleza europea que salen en las revistas de la alta sociedad como “Hola”? ¿No recorrió el mundo la foto de la duquesa de Alba, casada con un joven a quien triplicaba en edad? ¿Acaso el de duquesa no es un título nobiliario medieval? ¿Acaso ser reina de Holanda, de lo que muchos argentinos presumen, no es un vestigio de un sistema político decadente?
Los conceptos se transforman todo el tiempo y, contra ello, las personas luchan por sostenerse en los sistemas políticos que les brindan la posibilidad de poseer una hegemonía de poder. Por ello, las personas, las clases sociales, insisten en mantener su hegemonía y sostenerse en la cima generando tensiones y conflictos propios de la Historia; “la Historia de la humanidad es la Historia de la lucha de clases y de la explotación del hombre por el hombre”, diría Carlitos Marx. Las clases dominantes luchan por conservar el orden en el que predominan hegemónicamente; y el devenir histórico de los pueblos avanza, irremediablemente, hacia el cambio de esas estructuras, pugnando por cambiar lo que las clases dominantes luchan por conservar. La tensión entre concepto y sistema político se define a favor del cambio: ambos lo hacen, ambos se transforman. El concepto va mutando porque las estructuras de análisis son rígidas sólo hasta que cambian en el terreno de la praxis; y los sistemas políticos se transforman porque la naturaleza histórica los obliga.
De esta manera: ¿el capitalismo hoy día es el mismo que el que analizaba y definía Marx? Definitivamente, no. El capitalismo hoy en día (sin adentrarnos demasiado porque no es el tema convocante) no se basa en la acumulación de capital por medio de la plusvalía. En la actualidad, me atrevo a definir (y disculpen la osadía) que estamos atravesando una transición que, de acuerdo a los tiempos históricos, puede llevar como mínimo unas varias décadas, y que este momento de “capitalismo financiero” (ya la acumulación se produce a través de la especulación de la renta financiera más que de la apropiación de plusvalía) derivará en toda eliminación de capitalismo.
“Si algo ha cambiado, eso es nosotros
por suerte, hermano, después de todo
sobrevivimos a la gran pálida:
mata podernos encontrar”
Alejandro Del Prado; “Tanguito de Almendra”
Y dentro de estos cambios y conceptualizaciones, el concepto de revolución se nos vuelve complejo, difícil de atrapar aunque no imposible. Este concepto supone el cambio radical de las estructuras económicas sociales y políticas; se sabe, además, que ese cambio no afecta inmediatamente las superestructuras (jurídicas, culturales, mentales, etc.) que son menos propensas al cambio. En una revolución, el poder cambia de mano y muda de una clase social a otra, porque en política, siempre, lo que está en juego es la toma del poder. No necesariamente ese cambio de manos en las relaciones de poder representa siempre una evolución: la revolución neolítica (la agrícola y urbana, años 5.000 a 3.000 a.C. aproximadamente) significó la aparición de las estructuras de dominación, la aparición de las clases dominantes, de los primeros Estados y de relaciones económicas de poder, por ejemplo. Los saltos evolutivos en la Historia de la humanidad, los cambios de edades, no fueron siempre producto de la lucha de clases: la rebelión de los esclavos no acabó con el modo de producción esclavista y la rebelión de los siervos no existió para dar fin al modo de producción feudal. Los cambios fueron producto del estallido de las propias contradicciones de cada sistema económico y del agotamiento de las condiciones en las relaciones de poder. Pero el último gran cambio de era, de la Edad moderna a la Contemporánea, sí fue producto de la lucha de clases y la burguesía pone fin a las monarquías agudizando esas contradicciones y acelerando los cambios. El cambio revolucionario, el de la Revolución Francesa, se presenta conflictivo, pero sobre todo, violento. El resto de las grandes revoluciones sostenidas en el tiempo de manera más o menos continuada, debieron darse definitivamente de forma violenta: los procesos emancipatorios de las colonias americanas, la Revolución Rusa, la Revolución Cubana, etc. De allí que el concepto de cambio revolucionario encierra la trampa de la brusquedad y la violencia como condición sine qua non para ser considerado como cambio revolucionario.
Pero, hete aquí el quid de la cuestión, las revoluciones tuvieron distintas formas a lo largo del tiempo y no siempre se expresaron de manera violenta, como acabamos de ver. ¿Podemos afirmar, entonces, que se hayan producido revoluciones o cambios revolucionarios dentro del capitalismo sin que medie la violencia? Y siempre, irremediablemente, cuando hablamos de algo que la ortodoxia marxista y el liberalismo europeo no contemplan en los libros de Historia, debemos volcar la mirada al peronismo.
El peronismo se constituye en alternativa de poder desde y al margen de los sectores dominantes. Se constituye desde dentro del poder y, como una fuerza centrífuga y centrípeta expulsa e incluye. Expulsa a los sectores de poder tradicionales; incluye a los postergados. Ese vaivén no es rígido, sino que, por las características propias de las superestructuras de toda sociedad capitalista, hay sectores postergados que se sienten incluidos y sectores dominantes que aborrecen las injusticias del sistema. Por ello, hay una composición socioeconómica variopinta en el movimiento. Reflejo de la sociedad, por supuesto. Y en esto no se diferencia de cualquier otro movimiento, por más que ciertas ortodoxias lo quieran ver distinto; por ello, Marx y Engels no tenían una procedencia de clase obrera, precisamente, ni Adam Smith era representante de la burguesía, aunque sí de sus ideas. El peronismo se erige revolucionario incluyendo a todos los sectores sociales en su seno, y eso es lo que lleva a dudar a la ortodoxia sobre su carácter revolucionario. Y allí es donde avanza, sin parecer pero siendo, cambiando estructuras, revolucionando, modificando e imponiéndose como alternativa de poder concreta. La clase obrera se integra social, política y económicamente. Las conquistas sociales para los sectores postergados se convierten en parte de las superestructuras de manera veloz, vertiginosa, de modo que ya no hay forma de volver atrás. La revolución, ya se hizo: los obreros integrados y con una movilidad social ascendente ya son parte de la realidad concreta de los argentinos cuando se produce el golpe de Estado de 1955. Al intentar retornar a la Argentina pre-peronista, la realidad les demuestra que eso era imposible.
Sostener la revolución peronista resistiendo al avance militar implicaba una guerra civil que el propio Perón se empeñó en evitar. Porque es posible convertirse en alternativa de poder sin los sectores del poder dominante, sólo mediante una revolución radical –entendiendo a una revolución como un cambio brusco de las estructuras políticas, económicas y sociales que modifiquen las relaciones de dominación y subordinación entre las clases sociales en pugna-, lo cual no se daría en términos pacíficos y, por supuesto, en una situación de correlación de fuerzas absolutamente desfavorable. Esa derrota, Perón lo sabía, derivaría en un fuerte retroceso de los avances logrados.
El carácter plenamente revolucionario de su gobierno es algo admitido aún hasta por los historiadores antiperonistas más emblemáticos, como Tulio Halperín Donghi, quien lo reconoce desde la redefinición de las relaciones entre los grupos sociales[1] y en la transformación en el equilibrio político-social y la ruptura con todas las tradiciones políticas previas[2].
“Cambios, cambios, necesitamos,
¡Cambios!”
(Pappo; “Héroes del asfalto”).
¿Qué decir entonces del kirchnerismo? América Latina está viviendo tiempos de cambios acelerados y compulsivos. Lo que parecía imposible, luego de diez años de menemismo casi se logra, que es la eliminación de los avances conquistados por el propio Perón. Ecuador, Bolivia, Brasil, Venezuela, Uruguay y Argentina recuperaron las políticas de los nacionalismos populares previos y Lula recupera lo mejor del varguismo así como Kirchner devuelve a la Argentina lo mejor del peronismo. El resto, se abre paso a los golpes para crear nuevos nacionalismos populares de carácter indiscutiblemente revolucionarios. La incorporación de los sectores postergados por parte de Chávez y Correa, no se discute. La irrupción de los pueblos originarios mayoritarios en la sociedad boliviana y reconocidos ahora por Evo, no merece la más mínima duda. Pero la composición social (más urbana y clase media) y las experiencias políticas previas de sus propios nacionalismo populares, hace que los cambios impulsados por el lulismo y el kirchnerismo parezcan menos radicales. Y el conservadurismo de la sociedad uruguaya, que no se atreve, al igual que el poder brasileño, a juzgar a sus propios militares asesinos, por ejemplo, hace que los avances se vean frenados por coyunturas mezquinas, lo cual no signifique que sus cambios no hayan logrado avances favorables a los sectores más postergados.
La duda que se plantea es: ¿Cómo es posible que se atreva a afirmar que el proyecto nacional y popular argentino sea revolucionario, siendo que no acaba con los poderes establecidos? ¿Se puede ser revolucionario con Monsanto, la Barrick y la mar en coche? Nos remitimos a lo dicho previamente y… si. Vivimos en una sociedad culturalmente capitalista, con una contradicción enorme entre aborrecer los estragos económicos del capitalismo y adorar los placeres materiales que nos brinda. Romper con las estructuras y superestructuras del sistema implica ir en contra de lo que la sociedad quiere. Romper con los poderes establecidos supone avanzar sobre intereses y privilegios que aún gran parte de esta sociedad defiende aunque no le pertenezcan. El avance sobre las retenciones a la renta extraordinaria a las exportaciones sojeras, lo demostró: aún la autodenominada “izquierda” marchó por las calles del país defendiendo los intereses de los sectores terratenientes. A su vez, acabar con el monocultivo de soja es acabar con una ventaja natural (Adam Smith estaría chocho de poder ser citado por un peronista) que, hasta el momento, nos permite avanzar como sociedad en las políticas sociales internas y en los compromisos financieros internacionales. Se habla también de que para ser revolucionario no hay que pagar la deuda. Entonces habría que poner, junto a la bandera del Che, la de Adolfo Rodríguez Saá, que planteó el no pago pero jamás, ni aún como candidato, intentó proponer avances como los ya logrados.
La sociedad no quiere cambios bruscos. Pero menos aún, está dispuesta a tomar las armas para detener el avance de los intereses financieros internacionales ni de los sectores tradicionalmente dominantes de la Argentina. En muchas casos, sabemos que hasta implicaría tener que disparar contra el pariente o amigo gorila que defiende a Videla o está a favor del campo u odia que los “negros” cobren sus distintos planes de asistencia social, aunque quien se queja no esté despotricando desde el púlpito de la Sociedad Rural sino desde un barrio bajo de La Matanza.
Dentro de lo que las superestructuras mentales permitieron, se lograron avances revolucionarios: recuperar las paritarias; incorporar a todo el universo de viejos a una jubilación aún sin haber hecho aportes; generar condiciones de estudio más dignas con alumnos alimentados, bien vestidos y con recursos materiales y tecnológicos; nacionalizar, de a poco, para recuperar el patrimonio nacional; realizar una política de ampliación de derechos que ya no tiene forma de retroceder (matrimonio igualitario, muerte digna, etc.) y poner sobre el tapete para avanzar más en tal sentido (despenalización del consumo de drogas, ley de interrupción del embarazo, etc.) y tantos logros más, no pueden tomarse a la ligera. Perón también gobernó con el sector tradicionalmente dominante presente y expectante; y ya nadie niega su carácter revolucionario. Negarle las mismas virtudes a este gobierno porque comete los mismos “pecados” que en su momento mereció el mismo cuestionamiento, no es de análisis serio, sino de necios. Quien quiera oír… ¡Que oiga!


[1] Halperín Donghi, Tulio, La larga agonía de la Argentina peronista, Buenos Aires, Ariel, 1994, p.26.
[2] Ibídem, p. 18.