martes, 6 de septiembre de 2016

Mestraña araña...


En el siglo XVIII a.C., en la Mesopotamia asiática, el rey Hammurabbi de Babilonia se encontraba ante un dilema: para construir un imperio pujante, debía poner fin al conflicto social permanente que asolaba a su pueblo.
Jurídicamente, se encontraban regidos por la famosa y conocida Ley del Talión ("Ojo por ojo..."); eso conllevaba a que un crimen u ofensa contra la persona o sus familiares o parientes, fuera cobrado en la misma medida. Por supuesto, si había una injusticia o una animosidad en el "cobro" que llevara a que el primer ofensor se sintiera más ofendido aún (cosa que generalmente sucedía), provocara un nuevo cobro de su parte, generando una interminable escalada de muertes y sanciones.
La codificación de la Ley en forma escrita, con un marco definido para la presentación del delito (comienza a exigirse la prueba para castigar al delincuente), pone fin a esta tropelía. Pero cambia la mirada que regirá al sancionador y al sancionado. Ahora, no basta que nos acusen de un crimen. Deberán demostrarlo con pruebas. Toda persona, deja de ser culpable, para ser inocente hasta que se demuestra lo contrario.
El apogeo del cristianismo medieval es un cambio de paradigma sobre la antigüedad. Mantener a la tropa alineada y disciplinada en torno a una religión, implicaba crear los delitos de sacrilegio, paganismo y brujería. El tribunal de la Santa Inquisición obligaba a demostrar que uno no había pactado con el diablo y si uno no lograba traer a la cámara tortuoria al mismísimo Belcebú para que afirme lo contrario, era culpable. De este modo, el cristianismo instituyó la presunción de culpabilidad. Toda persona es culpable hasta que demuestre lo contrario.
La Revolución Francesa nos regala un nuevo derecho civil y el ciudadano es sujeto de derecho, además de soberano. Desde entonces, nos rige la presunción de inocencia. Y todo individuo es inocente hasta que se demuestra lo contrario.
Una parte de la sociedad argentina clama por el retorno a la Ley del Talión Reloaded (Recargada). Si un tipo te roba un equipo de música del auto o un plasma de tu casa... Pena de muerte. Justicia por mano propia. Ley del Talión. Venganza. No hacen falta jueces ni sumarios. Ni procesos judiciales, ni sistema de justicia. Claro que la raíz es económica. El rico no quiere que su propiedad deje de ser inviolable. Y el que sueña que alguna vez será rico porque tiene algún que otro bien, defiende al rico pensando lo mismo. Porque tiene más derechos sobre la vida del otro, el médico que el ladrón. Porque es un ciudadano hecho y respetable, aunque no sujeto a derecho, ya que la vida es injusta y esta sociedad no defiende sus bienes ni su perfecto modo de vida capitalista, occidental y cristiano. 
Foucault nos enseña que la disciplina y el castigo de la prisión no son para evitar el delito, sino para conservar el capitalismo como modo de producción y a las clases dominantes en su lugar de privilegio.
Lo que más chocante y extraño me resulta de esto, es ver a docentes o estudiantes de Historia reclamando por el "meta bala", tal como lo hace el almacenero o el terrateniente indignado en la cola del Banco de Entre Ríos de la sucursal Gualeguay.
Cuando la persona que se forma, se instruye y aprende para enseñar, utiliza los mismos argumentos que el verdulero... Estamos fritos. Que el verdulero (con todo el respeto que me merecen, pues en lo suyo son dignos trabajadores) vaya al aula y enseñe. Es lo mismo. Dice lo mismo y sabe casi lo mismo. El docente será, relativamente, un discapacitado laboral, puesto que no podrá ocupar el lugar del verdulero y aconsejar cuál es el tomate más apropiado para ensalada o salsa o la naranja más aprovechable para exprimir o comer.
Es hora de levantar la puntería.
Es hora de abandonar las frases hechas.
Si, los derechos humanos son para todos.
Nos guste o no.
O sino, rompemos el contrato social y edificamos una nueva sociedad.
Lo cual no estaría mal, pues en ese entuerto, probablemente caiga el capitalismo.
Y por fin, la mayoría sería feliz.

Fuentes:
Anónimo; Código de Hammurabbi.
Kamen, Henry; "La Inquisición española"
Focault, Michel; "Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión"

lunes, 30 de marzo de 2015

El juego de la memoria



“Entre los libros de la buena memoria,
Se queda oyendo, como un ciego frente al mar…”
Luis Alberto Spinetta – “Los libros de la buena memoria”.

Entre los psicólogos, los pedagogos y muchos estudiólogos, es muy conocido ese juego donde se pone a prueba la capacidad de memoria de alguien mostrándole figuras al azar de objetos o personas entre un sinfín innumerable de figuras de objetos y personas. Luego eran mezcladas con las demás y volvían a mostrarse, esta vez todas juntas. Había que recordar las que nos mostraron entre el torbellino de figuras; la asociación de figuras y el menor grado de confusión determinaba una cierta habilidad que aún estos científicos están tratando de descubrir.
Visto así, la memoria es más una herencia genética que se convierte en habilidad cuando se ejercita cual aparato de mini-gimnasio promocionado en las publicidades del “Disque ya”. Si vamos más atrás (y no tanto), hacia fines del siglo XIX, el positivismo, con su carga acumulativa de datos y su enciclopedismo, impuso la memoria como símbolo de la sabiduría. De allí en más, el método más premiado en la historia de la escolaridad fue el de la memoria. “Ese alumno es muy inteligente; se conoce todas las capitales del mundo”. O “se sabe todas las fechas de la Historia; le preguntas qué pasó tal día y lo responde”. Sabiduría, inteligencia, virtud, la memoria como factor acumulativo de datos era valorada y premiada en “Odol pregunta”, pero también en escuelas y universidades.
Hoy día, la memoria contiene la complejidad de lo incomprendido. Y es una virtud, en la medida en que convierte la virtud en beneficio personal o colectivo. La memoria personal puede ayudarnos a encontrar fácilmente dónde dejamos las llaves que siempre tanto nos cuesta encontrar. O nos sirve para aprobar un examen difícil en la universidad. Aunque lo de las llaves se solucione con un lugar previamente establecido donde colocarlas reemplazando al mero revoleo y el examen se aprobara con un simple método de lectocomprensión, siempre vamos a considerar que aprobamos el examen y no perdimos las llaves por obra y gracia de la virtud de nuestra buena memoria.
Pero en lo colectivo, ya no dependemos de factores tan endebles. La memoria colectiva es una virtud que se entromete en las conciencias y apela a la construcción ideológica. Y eso no se hace desde otro lugar que desde el aparato del Estado. El Estado construye memoria. La construye implementando feriados, imponiendo himnos, estableciendo símbolos patrios y aplicando contenidos en las currículas de los distintos niveles educativos. Pero el Estado no es “un monstruo grande y pisa fuerte” que dice de qué manera se hace lo que hay que hacer. El Estado es un complejo de políticos e intelectuales que desde ese lugar establecen y determinan. Alguien dirá “el Estado somos todos”. Marx diría “el Estado es la herramienta política de las clases dominantes convertida en instrumento de dominación para perpetuarse en el poder”. Pero el Estado, también, es el aparato político por el cual se instrumentan las políticas de quienes elegimos para que nos representen. Desde allí, quienes hemos elegido, construyen la memoria que decidimos que sea la memoria oficial. La memoria es ideológica, es social y es política. Y de acuerdo a quien nos represente, será memoria elitista o no. Si nos representa un gobierno popular, entonces no lo será. Es entonces cuando la memoria colectiva se constituye en memoria popular y si en verdad queremos que nos represente, es entonces cuando es necesario determinar si el rumbo es el correcto o si es necesario corregirlo o desafiarlo.
El Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia, instituido en la Argentina el día 24 de marzo, para conmemorar la fecha del último Golpe de Estado en el país, está instaurando un modelo de memoria colectiva que adolece de cierta cojera. Y la memoria colectiva empieza a caminar dificultosamente y eso, una vez establecido, es tan difícil como intentar imponer un feriado el día de la muerte del Chacho Peñaloza suplantando al de Sarmiento. Analicemos pues, la cojera del Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia.
El síndrome del nazismo o los “malos vs. los buenos”
“Todo está guardado en la Memoria”
(León Gieco)
De cómo ir de lo complejo a lo sencillo. O de cómo vaciar de contenido. La memoria puede terminar simplificando tal como lo hace un matemático para llegar al resultado de una ecuación. Pero la simplificación histórica no arriba a los mismos resultados tal como le sucede al matemático. La simplificación histórica vacía de contenido, deja de explicar y el sentido de lo que se quería decir en un principio se diluye y se pierde entre lo que se debía decir y se insinuó o nunca se dijo porque se dio por sobreentendido.
Lo que la Historia oficial está transmitiendo (la experiencia de un servidor en la educación secundaria es el parámetro) es que Videla era un malvado sanguinario que sólo quería matar gente porque estaba loco, como Hitler. Y sus seguidores también. Eran malos. Eran militares. Enfrente, estaba la población civil que se encontraba sometida cual Caperucita a la sed de sangre del lobo feroz. Indefensa, inocente y sometida al azar de que aparezca el héroe cazador del bosque que le salve la vida y ajusticie al malvado lobo.
No había maldad. Había un plan económico y político que debía implementarse y era necesario disciplinar a los distintos sectores del campo popular capaces de erigirse en oposición o alternativa política. Las Fuerzas Armadas eran apenas la mano armada de poderes mucho más superiores a sus propias instituciones. El verdadero poder detrás del golpe estaba en los centros políticos y financieros internacionales. Y en el país, el poder estaba detrás de determinados escritorios y no en los cuarteles. Por eso es más atinado hablar de dictadura cívico-militar que de dictadura militar. La Sociedad Rural Argentina y la Unión Industrial aportaron sus cuadros más notorios, ocupando ministerios nacionales, provinciales y municipales. Pero los partidos políticos también lo hicieron. La UCR, la Democracia Cristiana, el desarrollismo y el conservadurismo que luego formaría la UCEDÉ, son los casos más emblemáticos.
El mandato internacional para dar entrada al neoliberalismo, era el de dar término al Estado de Bienestar. O al Estado peronista, en la Argentina. Las políticas de ajuste, endeudamiento y achicamiento del Estado fueron la premisa. Pero el abandono de las empresas del Estado, los hospitales y las escuelas, debían dar origen a la instauración ideológica en el imaginario popular, sobre la ineficacia del Estado como administrador y como generador de soluciones a las problemáticas sociales. Entonces, el Estado es ineficaz y corrupto, porque la política no sirve.
La deuda externa se quintuplicó y la desocupación se triplicó. La actividad industrial cayó a niveles alarmantes y la balanza de pagos comenzó a ser deficitaria gracias a la importación desmedida de artículos que hasta hacía poco se producían en el país y dejaron de hacerse porque las fábricas no pudieron competir con la baratura de los costos extranjeros. La democracia que siguió a la dictadura no hizo demasiado para romper con ese modelo. Alfonsín se dejó llevar por la corriente sin tener idea de lo que pasaba, como un autista que mira a su alrededor, inoperante, y Menem convocó a los mismos cuadros que los centros financieros habían designado con Videla. El plan económico era el de someter a los países “en vías de desarrollo” a los designios de los caprichos financieros internacionales y amamantar interminablemente con las riquezas propias, esas economías que, por sí solas, carecen de fortalezas concretas.
Ese fue el objetivo dictatorial. No el de matar. El disciplinamiento se hizo imprescindible por el alto grado de politización y movilización que tenía la sociedad argentina en los 70.  No fue por maldad. Fue por estrategia.
Sobre “la noche de los lápices” o la inocencia perdida
“Y rasguña las piedras, y rasguña las piedras
Hasta mí”
(Canción compuesta por alguien que
Se enteró de lo que pasó y la cantó para la película)
“La noche de los lápices” es una película dirigida por un director, basada en el libro de dos autores, que inspiran su relato en la vivencia de uno de los sobrevivientes de lo que ocurrió en la ciudad de La Plata el 16 de setiembre de 1976. Claro que la parcialidad del relato está fundamentada en la elección del sobreviviente. Tomar otro sobreviviente, llevaría a replantear que este hecho fue más amplio que lo que la película relata y que pudo haber sido diferente.
La versión fílmica nos muestra la idea de que “La noche de los lápices” sucedió porque había unos chicos un tanto revoltosos, traviesos, que hacían diabluras como pintar paredes para protestar contra rectores malos y organizar marchas por el boleto estudiantil secundario. Y todo se precipita porque los militares malos, en lugar de ponerlos en vereda con una mala nota, los secuestran y los torturan, los violan y los matan.
Esta versión edulcorada de los motivos que impulsaron a los militares a llevar a cabo el secuestro y desaparición forzada y sistemática de personas se vincula estrechamente con la anterior. Los militares actuaban así de puros malvados. Los chicos “peleaban por el boleto secundario” y los milicos eran tan malvados que no se bancaban ni siquiera una protesta por algo tan inocente como eso. Y los chicos, una vez llevados en las sombras de la noche, no entienden tampoco por qué los llevan siendo que lo único que hacían era estar en un centro de estudiantes y pedir el boleto gratis para ir a estudiar. Niños víctimas inocentes.
Lo que esta versión oculta es que la franja etaria con mayor cantidad de secuestrados, oscila entre los 13 y 26 años. Y el segundo actor social con más secuestrados, después de los trabajadores, son los estudiantes. No es casual. Las filas de las organizaciones populares se nutrían, básicamente, de la sangre joven y revolucionaria, la que tiene los sueños y rebeldías juveniles y la esperanza de cambiar al mundo para hacerlo un lugar más justo para vivir. Los chicos de “La noche de los lápices” no estaban sólo en los centros de estudiantes y pedían el boleto secundario. Eran militantes populares y luchaban por una serie de reivindicaciones políticas y adherían a la lucha armada de las organizaciones guerrilleras que se enfrentaban a la dictadura. Pero si los estudiantes son el segundo grupo con mayores víctimas… ¿Por qué se llevaron siete en La Plata? ¿Y encima sobrevivió uno?
Los chicos de escuelas secundarias sufrieron su “noche de los lápices” a lo largo de todo el país. En la investigación que se hizo en Morón, varios militantes testimoniantes que en aquel entonces tenían entre catorce y diecisiete años, atestiguan haber sido secuestrados o buscados en esa misma noche. Y según testimonios de distintos puntos del país, se habría replicado esa persecución en otros sitios. “La noche de los lápices” no fue el secuestro de niños inocentes que luchaban por el boleto estudiantil secundario: fue la persecución sistemática de jóvenes luchadores de organizaciones políticas y guerrilleras que se oponían a la dictadura, pero también, al imperialismo y al capitalismo imperante como forma de explotación económica. La simplificación anecdótica, como vemos, vacía de contenido el debate y a la Historia misma.  
Sobre las Madres de la Plaza o la revolución a lo Ghandi
“Memorias del fuego”
(Eduardo Galeano)
La otra gran simplificación histórica que atenta contra la Memoria por la Verdad y la Justicia es la surgida al calor de las organizaciones de Derechos Humanos. Un caso importante es el del Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, que se sabe, se le otorga el premio porque se opone a los militares malos, pero no porque lucha contra el sistema. Fue una voz importante en los sectores de organismos de derechos humanos y diplomáticos internacionales. Y fomentó la condena general de la comunidad internacional. Sólo eso. Que no es poco. Pero sabemos que los ideales de independencia económica y soberanía política no son premiados internacionalmente.
El caso de las Madres de Plaza de Mayo, con algunos matices, es similar. La Historia oficial nos indica que la lucha de las Madres llevó a sucumbir al poder dictatorial. Los pañuelos enfrentados al poder de las armas con una ronda semanal, pudieron lo que nadie o sí: lo que Gandhi logró en la India, que fue el cambio con la oposición pacífica contra una injusticia, contra la maldad pura y sin razón.
Las Madres tienen una historia de lucha que merece el respeto y la admiración de quien las nombre o las escriba, entre quienes me incluyo. Pero llevarlas a ese pedestal sacro es falsear la memoria y menoscabar la lucha de los sectores políticos y populares que le pusieron el cuerpo a las balas dictatoriales.
Decíamos que el sector que más sufrió la desaparición y la persecución por parte de los militares, fue la clase trabajadora. El sindicalismo rebelde se manifestó tempranamente contra la dictadura y uno de esos emblemas de lucha fue el dirigente de Luz y Fuerza Oscar Smith, que gracias a Rá, Samás y todos los dioses, nada tenía que ver con su homónimo Adam. Oscar Smith desapareció en 1977 y la posta fue tomada por un dirigente cervecero a quien se le achaca haberle hecho 13 paros a Alfonsín pero nadie cuenta cuántos le hizo a la dictadura ni cuántos les hizo a Menem. En 1979, luego de medidas de resistencia parciales y con resultados bastante dispares, realiza el primer paro general contra la dictadura. Y esto, cuando aún los líderes que luego se llenaron la boca hablando de democracia, se encontraban debajo de la alfombra por temor a ser descubiertos tan sólo balbuceando algo. Los paros se sucedieron hasta que en 1982, cuando el plan económico se encontraba en plena profundización, el paro más masivo que demuestra el descontento popular, deja como víctima a Dalmiro Flores y cientos de heridos y detenidos. La clase trabajadora acorraló a la dictadura de forma tal que esa situación la impulsa a emprender la aventura de Malvinas apenas tres días después, con los resultados conocidos por todos.
¿Y dónde queda la lucha de las Madres? ¿Ellas no hicieron nada? Desde su lugar, sí. Pero sin sobredimensionar. Ellas mismas dieron a conocer que la estrategia fue salir como madres a reclamar por sus hijos puesto que si salían los padres, serían reprimidos. Una mujer, de edad, con aspecto de ama de casa, tiene un impacto visual, político y sentimental más universalizante que un sector político que puede luchar por una causa justa pero puede no representar a todos. Las Madres son representativas, pero el efecto de su lucha fue más eficaz puertas afuera que puertas adentro. Las Madres se convierten en símbolo internacional de lucha contra la dictadura por su carácter pacífico y abarcativo. No hay nada más unificador que el dolor de una madre. Organizaciones no gubernamentales y organismos oficiales internacionales acompañaron ese transitar de los jueves atentos y lo pusieron bajo la mirada del mundo. El clamor internacional contra la dictadura fue el gran aporte de las Madres a la lucha, algo que los partidos políticos, organizaciones gremiales y guerrilleras no pudieron. Las Madres dieron un gran espaldarazo a la lucha de los sectores populares, especialmente la clase trabajadora, que se encargaron de combatir en el sentido completo de la palabra, a la dictadura. Y su aporte fue el de la lucha que podían dar desde el lugar en que estaban. No es poco. Pero sin la lucha popular, hubiera sido nada. La lucha fue de todos. De las Madres, pero también de los distintos sectores a los cuales se intenta invisibilizar en pos de la construcción del ideal revolucionario “a lo Gandhi”. El buen revolucionario, no putea, no odia ni dispara balas. El buen revolucionario pone la otra mejilla. Y ahí es donde hasta se suaviza la mirada sobre las Madres, puesto que ellas no ponen la otra mejilla. Piden justicia para construir, sin venganza. Y cuando toman postura política, se las condena porque están saliendo del molde preestablecido: pacífico, apolítico y desideologizado. Algo que las mismas Madres no aceptan y por ello se encolumnan detrás del gobierno nacional y popular que rige los destinos de la Argentina desde el 2003.
Del recuerdo a la Memoria
“Memoria” (Chiche Gelblung)
Tomar la Memoria como una simple habilidad puede llevar a confusiones, como les sucedió a los positivistas decimonónicos. Y confundir la Memoria con el recuerdo, nos puede llevar a hacer un programa de televisión y banalizar y simplificar este ejercicio colectivo que recupera las vivencias, pero también los sentires, las vilezas y las dignidades en que se envuelven la lucha de los pueblos. Esas experiencias son las que se ejercen como memoria colectiva y le dan sentido a la Historia de un pueblo. Simplificarla, parcializarla, banalizarla, la vacía de contenido y vuelve a esas luchas y a sus héroes y mártires, simples instrumentos de los caprichos del destino sometidos a los vaivenes de la maldad humana. Como la maldad de los dictadores. Porque como decía un conductor de TV, hay que tener Memoria, mientras se olvidaba e intentaba borrar del recuerdo su colaboración editorial y propagandística con los dictadores.

La Memoria construye. La Memoria da sentido. Y dignifica.

jueves, 19 de marzo de 2015

¡El radicalismo es la Lista 3!


Así gritaba entre lágrimas un joven radical, luego de terminada la Convención Nacional de la UCR de este sábado 14 de marzo de 2015. Su lamento/tristeza/indignación, tenía que ver con el triunfo de la propuesta del sector liderado por Ernesto Sanz, que promulga la alianza con el Partido citadino porteño de Mauricio Macri, el PRO.
La militancia variopinta de todo el arco iris ideológico y los sectores de opinión política, los intelectuales y las señoras en la verdulería, se rasgaban las vestiduras con cara de horror y lágrimas en los ojos, diciendo : ”¡Si Alfonsín viviera se volvería a morir”, o “Alem se volvería a suicidar!!!”. Esto último, es una exageración: pocos conocen a don Leandro N. y muchos menos lo citaron estos días. Y también es una exageración suponer que se produce una traición a la historia del radicalismo. A lo sumo, al decir de la profesora María Alejandra Pinardi, es un sinceramiento. Entonces uno abandona la verdulería y camina por la obra y los albañiles dicen “Y… ¿Qué esperabas?”. Entonces es cuando la credibilidad de los intelectuales se vuelve tan certera como la construcción de las pirámides egipcias por parte de extrañas fuerzas venidas de algún rincón lejano de esta galaxia u otra.
Ahora bien, este sinceramiento en que incurre el más que centenario partido… ¿Cuándo ocurre? ¿Cuándo Sanz consigue los votos para ganar la Convención? ¿Cuándo Alem resucita para volver a agarrar el bufoso pero, esta vez, entregado por Lagomarsino? ¿O cuando De la Rúa se equivoca de puerta en el programa de Tinelli o dice  “hop, hop” con la nariz de payaso? ¿Y Frondizi? ¿E Illia? ¿Y Alfonsín? ¿Y la Lista 3? ¿Y Candela?
¿Personalismo o antipersonalismo? El primer populismo
Bien sabido es que desde el espacio de “Historia nacional y popular” nos oponemos rotundamente al (des) calificativo de “populismo”. Pero lo tomamos aquí para que se entienda qué tan diferente era el primitivo radicalismo de lo que hoy en día se vulgariza con ese concepto.
La historia está llena de ejemplos en los cuales los sectores revolucionarios se vuelven conservadores una vez obtenido su cometido o cuando su composición varía hacia formas inesperadas, el cual es el caso del radicalismo. El ejemplo más conocido es el de la burguesía revolucionaria en la Francia de 1789 que expandiendo ese sentimiento revolucionario se vuelve conservadora en cuanto se consolida como único factor de poder. Cuando la clase revolucionaria se convierte en clase dominante, el proceso es irreversible. Y llevado al plano ideológico, la metamorfosis es grosera, sólo vista a los ojos de la Historia.
La concepción “revolucionaria” del radicalismo de fines del siglo XIX es la de demandar el imperio de la Constitución y la ampliación de la participación política a los sectores marginados. A eso se limita su universo ideológico. El protopopulismo radical exigía lo impracticable (para la oligarquía conservadora) y eso resultaba absolutamente novedoso y revolucionario. La ruptura de esas estructuras lo llevaban a ese plano. No de las estructuras económicas, como gustaría definir un marxista para calificar a un movimiento de revolucionario. Pero aún así, era mucho. Participación ampliada contra participación restringida. Democracia popular contra democracia de elites. No era poco.
En el medio, la grieta (que ya existía) deja varios luchadores en el camino. La primera división que sufre la Unión Cívica deja a don Leandro N. Alem suicidado por la traición de los sectores conservadores que acuerdan con Mitre. Yrigoyen queda con el sector contestatario del partido, el más radical, y así le da nombre a este nuevo partido. Se convierte en el representante de los sectores marginados y llega al poder en 1916 con la ampliación de derechos que implica la ley del voto secreto, universal y obligatorio. Yrigoyen es el símbolo de la representación popular, el defensor de los marginados y el líder indiscutido de este nuevo partido que arrasó con el conservadurismo dominante. Pero la contraofensiva no se hizo esperar. En 1922, con el argumento de la institucionalidad republicana y el autoritarismo imperante (no sé si les resulta familiar, queridos lectores amigos), Alvear, aliado a los sectores conservadores, se convierte en el candidato y luego en el nuevo presidente de la Unión Cívica, que deja de ser radical aunque lleve el nombre. El radicalismo se vuelve, demasiado pronto, conservador. El pequeño espacio entre 1928 a 1930 en que Yrigoyen vuelve al gobierno y es derrocado, no alcanza a devolver a esta fuerza a sus orígenes.
Del cotubernio a Braden. De Braden a Perón
El golpe de Estado de 1930 que lleva a Uriburu al poder, es apoyado hasta por los mismos sectores alvearistas del radicalismo. De esta fecha data el primer radicalismo golpista. El “contubernio” conservador-radical impulsó la restauración conservadora con el sueño de devolverle a la Nación el sitial de “granero del mundo”. El radicalismo no ocultaba entonces, sus simpatías. Tampoco era un secreto cuáles eran los sectores que componían esta joven fuerza. Los desposeídos, marginados, desclasados que llevaron al “Peludo” al poder, volvieron a ocupar su lugar histórico. Y la elite terrateniente, comercial y burguesa, se apropió de ese partido popular en nombre de la representación legítima de “la clase media”. Una clase media que había variado su composición y su acomodamiento en el engranaje social respecto de la clase media del siglo anterior (gracias a los oficios y el gobierno de Yrigoyen, claro) y que al posicionarse en un lugar cercano al sitial de privilegio, se tornaría conservadora, defendiendo a dientes apretados su nuevo espacio, como los describe Jauretche en su análisis sociológico del medio pelo. Y los sectores intelectuales que apoyaron con ardor el primer radicalismo, acentuaron su nacionalismo patriótico y se apartaron del partido formando la FORJA: Scalabrini Ortíz, Juan José Hernández Arregui y el mismo Jauretche, entre otros, son los más fervientes opositores al contubernio. Y con esos mismos preceptos ideológicos que los llevó a identificarse con Yrigoyen, abrazan la causa del coronel Perón y se convierten en el sustento ideológico de esta nueva fuerza política que en un primer momento, intenta representar a la UCR (Perón se ofrece como candidato del radicalismo en 1945) y luego, ante la obviedad, se abre paso en soledad.
La fórmula Perón- Quijano se enfrenta a la del radicalismo, Tamburini-Mosca, aliada con todo el arco político argentino. Los socialistas compartían palco con los radicales y los comunistas, le pasaban el micrófono, luego de sus piezas oratorias, al embajador norteamericano Spruille Braden, quien veía en nuestro país, al peronismo, como una amenaza más grave al orden mundial que al mismo comunismo.
El radicalismo, desde entonces, se convierte en ferviente opositor al peronismo y se alía a todos los circunstanciales opositores con la intención de derrocar este gobierno que, en las urnas, era imbatible. La esencia democrática del imperio de la Constitución había quedado largamente atrás. La única ampliación de derechos que apoyó el radicalismo, fue la que le permitió universalizar el voto para alcanzar el poder. Claro que una universalización más amplia, la del voto femenino, no la apoyó porque las mujeres se sentían muy representadas por la primera gran yegua de la política nacional, Evita. La oposición a tantas medidas progresivas como la ley de divorcio fue consecuencia de su alianza con el conservadurismo más rancio, que lo llevó a celebrar en las calles el bombardeo asesino a Plaza de Mayo de junio de 1955 y luego, el golpe de setiembre que interrumpía la continuidad democrática. 
Frondizi, Illia y las democracias títeres
La autodenominada “Revolución Libertadora” y bautizada por el ingenio popular como “Fusiladora”, se encarga de disciplinar a sangre y fuego y desperonizar a golpe de abandono y decreto (perdón la autoreferencia, recomiendo mi trabajo “Ni olvido ni sumisión”, Macedonia Ediciones, 2014, para profundizar al respecto) con el apoyo del radicalismo de pura cepa. Intervenciones sindicales y universitarias, represiones, asesinatos y anulación de la Constitución de 1949 por medio de una dictadura y su reforma en 1957 por medio de los votos radicales, socialistas y comunistas, dan cuenta que la ley era lo de menos (y también la Constitución) para el radicalismo alvearista. Porque una vez tomado el poder en 1922, el radicalismo se alvearizó y nunca volvió a ser el mismo. Nunca se renovó y no intentó una “yrigoyenización” durante lo que le quedó de historia. Salvo en 1983, lo cual hasta puede ser discutible.
Pero este radicalismo se olvida de la Constitución y la irrespeta acompañando a una dictadura que la reforma, sólo porque le permite volver al poder. Da inicio, así, a la aparición de las democracias “tuteladas”. Frondizi sabe que para ganar debe apelar al voto peronista, porque para ser radical era demasiado progresista aunque para ser progresista era demasiado conservador (o radical). Hace un acuerdo con Perón el que cumple a medias. Cuando Perón le quita el apoyo y lanza candidatos a la escena electoral, Frondizi cae. Un pequeño intermedio de control militar deriva en el llamado a elecciones que lleva a Illia como presidente luego de ser segundo en las elecciones. El llamado “presidente democrático”, se pone al mando de la democracia tutelada (el ojo militar controlaba y decidía) y restringida (el peronismo no podía participar del poder). En una jugada digna de su astucia, Perón decide demostrar cuán democrático era este presidente. En 1964, se embarca en un avión que el gobierno argentino, con la complicidad de la dictadura brasileña, detiene en Río e impide su retorno. Su ineficacia gubernamental, muy similar a la del presidente radical gobernante en 1999, sumada a su miopía política (no supo negociar con el vandorismo, algo tan elemental como dibujar palotes para un niño de sala roja), lo termina llevando a levantar su carpetita, su lapicera y volverse al consultorio de médico que jamás debió abandonar.
Es en este período en que un historiador fervientemente antiperonista como Tulio Halperín Donghi, afirma que el radicalismo traiciona su esencia constitucionalista, democrática y republicana, desde que se acopla al aramburismo en adelante (véase “La larga agonía de la Argentina peronista”, Buenos Aires, Ariel, 1994). Me permito, una vez más, contradecirlo. El largo camino de abandono de sus preceptos fundacionales se inició en 1922 y se consolidó con el contubernio. La alvearización, una vez iniciada, no tuvo retorno.
¿Acuerdos con China? ¡Con el Chino!
De allí en más, el radicalismo esperó agazapado en las sombras a la espera de la agitación de las aguas. Algún viento debía surgir que lo lleve a navegar nuevamente en el mar de la política. Su esencia, olvidada e ignorada, no le permitía lanzarse a la rebeldía representando a los sectores que pedían a gritos una participación política amplia. Y los vientos de cambio soplaban a la radicalización. Y justamente, el partido radical le sacó el cuerpo a la novedad. Latinoamérica entraba en ebullición con la revolución cubana y los ejemplos de Argelia, Vietnam y el Mayo Francés, entre otros. Y la Argentina, su juventud, se embarcaba en el retorno del líder proscripto. Siguiendo esos vientos. Mientras Montoneros lucha contra la dictadura y la dirigencia sindical peronista se derechiza dejando a Ongaro solo en prisión, el radicalismo espera la apertura del juego electoral, que caería por su propio peso.
Sólo por carácter transitivo y nominal, participa en las elecciones de 1973 con el programa más revolucionario que haya presentado jamás. Porque los tiempos lo demandaban. Pero no se correspondía con el espíritu de la figura que lo intentaba representar. De hecho, en cuanto el peronismo hizo eclosión con la muerte de su líder, en cuanto la fruta madura entró en estado de putrefacción, Ricardo Balbín fue uno de los primeros en pedir la intervención militar y en aplaudirla. Sin olvidar que entre las capas dirigentes circulaba ya, antes del golpe, la metodología represiva en un exhaustivo informe redactado por Rodolfo Walsh. Y no hablamos de la conocida “Carta abierta a la Dictadura Militar”, sino a un informe elevado a la conducción montonera antes del golpe. No había líder político ni cúpula partidaria que ignorara lo que se avecinaba .
La Dictadura encuentra (además de un radicalismo que le prestaba dirigentes a las funciones burocráticas de la dictadura) la oposición abierta de las Madres de Plaza de Mayo y de un factor poco reconocido en la historiografía argentina: la clase trabajadora peronista. Oscar Smith, de Luz y Fuerza es el primer caído ilustre. Y un líder sindical peronista y más radical que los radicales, organiza huelgas tempranamente contra la dictadura. Nadie cuenta cuántos paros le hizo a la represión militar. Pero no fueron pocos. El del 30 de marzo de 1982 es el más recordado porque disparó la aventura malvinense y precipitó la caída del poder dictatorial.
El peronismo desecho, con una dirigencia acéfala, a la deriva, y dirigentes que intentaban meter en su bolso lo que quedaba de la imagen del viejo líder e intentando erigirse en herederos de su legado, le sirven en bandeja el triunfo a la UCR en la contienda electoral de 1983. Precisamente, esas elecciones intentaban que el país deje atrás la dictadura más sangrienta y represiva. El imperio de la Constitución era, más que un slogan, una necesidad. La astucia de Raúl Alfonsín para levantar esa bandera lo lleva al poder al frente de la Lista 3 que nuestro joven contemporáneo recordaba con lágrimas en los ojos.
El débil espasmo y su inevitable agonía
La lista 3 del radicalismo arrancaba de atrás. Era Claypole contra Racing. David contra Goliat. Es conocido el desmán de Herminio Iglesias quemando el ataúd, tomado como un asesinato en tiempos en que los asesinatos estaban a la orden del día. La brutalidad de Herminio era más política que moral (en ese acto, claro). Fueron muchos dirigentes radicales que admitieron con los años, que Alfonsín se encontró con el triunfo casi sin esperarlo. Y eso le jugó en contra. Porque el programa de la Lista 3 era un programa “populista”, con investigación y no pago de la deuda ilegítima y tantas cosas más.
De ese programa, nada quedó y lo único que se cumplió, el Juicio a las Juntas, se lo llevó la Semana Santa con las “Felices Pascuas, la casa está en orden”. Si decimos que el alfonsinismo fue un débil espasmo de retorno a los orígenes, es porque cumplió con el precepto democrático del respeto constitucional y de las libertades. Sólo eso. El avance en DDHH se perdió en la negociación con Aldo Rico y se dilapidó cuando todo el arco político apoyó la causa de la democracia y negoció a espaldas del pueblo. Su oposición a la clase trabajadora y a escuchar sus reclamos quedó simbolizada en su alianza con la derecha más rancia del sindicalismo argentino, para intentar neutralizar la oposición trabajadora y sumar la famosa “pata peronista” a su gobierno, en un intento de transversalidad de derecha. La alianza derechosa no la inventó Sanz. Y Alfonsín no quedó exento de ese pecado. La tendencia excesiva a decir “quiso pero no lo dejaron” se demostró como excusa con gobiernos más débiles que vinieron posteriormente y pudieron cuando quisieron.
Dejó el gobierno en medio de una grave crisis económica, de rodillas ante los poderes financieros y empresarios, y quedó condicionado para pactar con el neoliberalismo representado en la figura de Carlos Menem. Uno de los supuestos responsables de la caída de Alfonsín por la cantidad de paros que le hizo, siguió haciéndolos, con la misma coherencia con que los venía haciendo durante la dictadura. El cervecero Saúl Ubaldini hizo su último paro en una tarde fría y lluviosa de invierno en 1991 y los asistentes volvimos a nuestras casas con los ojos mojados más por las lágrimas que por la bendición de la orina de San Pedro. El Pacto de Olivos, que le da institucionalidad y carácter constitucional al neoliberalismo privatizador y a la reforma del Estado, decreta la muerte de esa agonía espasmódica que era el alfonsinismo yrigoyenista.
La confirmación alvearista
La oposición del radicalismo al neoliberalismo se dio con más neoliberalismo. De la Rúa asume porque a Menem no lo sostenía lo que le daba sustento: el espejismo de mercado. La mayoría de la población había sido sacudida por sus políticas directa o indirectamente. Pero el gobierno del ex jefe de la ciudad de Buenos Aires, se apoya en las mismas políticas que llevó a cabo su antecesor. En épocas en que era más importante el nombre del ministro de Economía, el presidente se apoya en Domingo Cavallo, el mismo que llevó adelante el proceso de endeudamiento terminal en los 90. Su caída, en apenas dos años de gobierno, fue inevitable. El replanteo político, económico y social, también.
Desde entonces, el radicalismo fue una oposición que no llegó siquiera a alcanzar el calificativo de digna. Algunos radicales o peronistas que dejaron sus espacios para practicar oposición alcanzaron de manera independiente, más relevancia que el más que centenario partido. Pero para llegar a la dignidad, hay que volver a las fuentes. El hijo del ahora santificado líder, Ricardo Alfonsín, se alió hace muy poco atrás (no pasó tanto como para que no sirva de lección) con el derechoso bonaerense De Narváez y llevó a la UCR a una de las peores elecciones de su Historia. Claro que hubo peores. Y tampoco fueron hace mucho. Desde el 2001, sus números fluctúan entre el 3% y no más del 20%, cuando la elección resulta brillante.
Por eso, parafraseando a cierto líder norteamericano, cuando este joven ingenuo y poco estudioso de la historia del radicalismo grita rememorando a la Lista 3 cuando su amado partido se alía a la derecha macrista, no es difícil de argumentar si se le responde “¡es la Lista 3, estúpido!”

miércoles, 22 de octubre de 2014

"Ni olvido ni sumisión": debate con el público...

Un poco más de la presentación de "Ni olvido ni sumisión", esta vez, del debate con el público, en dos partes..

https://www.youtube.com/watch?v=6bWc9zt-rZ4&feature=youtu.be

 https://www.youtube.com/watch?v=OG79Q7nTrj8&feature=youtu.be

Esperamos sus aportes.
Para conseguir el libro, a la editorial (Macedonia Ediciones) por pagina web o al autor, por este medio o mail: hugoalejandrogomez@gmail.com.
Gracias.

martes, 21 de octubre de 2014

Presentación del libro #Ni olvido ni sumisión"

 Amigos de esta página:
El viernes 17 de octubre se hizo la presentación de mi seundo trabajo editorial, "Ni olvido ni sumisión. Desperonización y disciplinamiento durante la 'Libertadora'. 1955-1958". Estta es una filmación de esa jornada y espero que, además de gustarles, los motive a encargar el libro o a ponerse en contacto para brindar crítica o aportes de cualquier tipo. Gracias

https://www.youtube.com/watch?v=19IW7IADcgg&feature=youtu.be&a

jueves, 16 de octubre de 2014

Ni olvido ni sumisión: entre el amor y la resistencia...

En estos días hizo su aparición el segundo trabajo editorial de este humilde servidor: "Ni olvido ni sumisión. Desperonización y disciplinamiento durante la 'Libertadora'. 1955-1958", de Macedonia Ediciones.
El trabajo intenta demostrar, a partir de una serie de hipótesis principales y subordinadas, que la autoproclamada "Revolución Libertadora" llevó a cabo una política sistemática de desperonización y disciplinamiento de las masas obreras, principal sostén político (o "columna vertebral") del peronismo. Y que esa política derivó en la génesis y el desarrollo de un sistema de acción sindical conocida popularmente como "Vandorismo".
Para demostrar que la política fue sistemática, apelamos a un elemento de prueba contundente: la legislación promulgada por la dictadura de Lonardi (en su breve período) primero, y por Aramburu, después. El análisis de los decretos y decretos leyes, a través de sus artículos, pero también, de sus vistos y considerandos, llevó también a establecer cómo una serie de supuestos ideológicos y culturales, nacen desde un organismo de propaganda oficial y se difunden cual zoncera jauretchiana.
Desperonización:
Consideramos medidas desperonizantes a aquellas tendientes a desvincular afectiva, política, ideológica y culturalmente a la masa obrera del peronismo que lo precedió. Por ello, la legislación deperonizante tiene como máximo exponente o paradigma desperonizador, al decreto-ley 4161, famoso por establecer penas de multas o prisión efectiva a quien osare silbar la marcha o nombrar a Perón. Decimos que es el paradigma pr lo simbólico, pero también, por su extremado carácter represivo. En términos de desperonización, se pueden citar numerosos ejemplos que condenaban a quienes hayan ejercido cargos públicos durante el gobierno peronista o a quienes hayan apoyado desde la CGT al Gobierno.
Disciplinamiento:
El disciplinamiento es un concepto trabajado desde la filosofía del filósofo Michael Foucault y apunta a establecer vínculos de sometimiento con las masas con el objetivo de sostener a la clase dominante en el lugar de privilegio que ocupa. Esos vínculos de sometimiento se logran a través de un castigo sobre quie se atreve a desobedecer los lineamientos impuestos por la clase dominante.
Por lo tanto, el disciplinamiento tiene un claro objetivo económico y político, tendiente a mantener el orden establecido en función de las clases dominantes, que son quienes establecen, de acuerdo a sus intereses, qué es un delito y cómo se castiga.
Los paradigmas de disciplinamiento serán, pues, los decretos-ley 10362, 10363 y 10364 de fecha 10 de junio de 1956, que son los referidos a los fusilamientos contra los militares y civiles que se alzaron contra la dictadura bajo el mando del General Juan José Valle.
También podemos decir que las medidas de disciplinamiento son rigurosas en muchos aspectos y las distintas medidas castigadas con prisión o imposibilidad de ejercer cargos o funciones públicas, son variopintas.
Movimiento obrero:
El principal sostén político del peronismo, el movimiento obrero, fue el principal enemigo de esta dictadura y la mayor víctima de esta legislación. Los sindicatos peronistas (que adhirieron al peronismo) fueron inmediatamente intervenidos y sus dirigentes encarcelados y perseguidos. Aquellos que se encontraban al mando de socialistas, comunistas o radicales (los llamados "independientes"), conservaron su situación de privilegio, sus cargos y una situación de poder y privilegio ante la CGT intervenida.
Los trabajadores adherentes al peronismo debieron resistir, por un lado, mientras rompían el Congreso Normalizador de la CGT, digitado por los "independientes" y los dictadores, formando una CGT paralela de carácter absolutamente peronista: las 62 Organizaciones Peronistas. Pero por otro lado, los dirigentes más visibles, acostumbrados a su situación de privilegio ante sus reclamos, debieron aprender a negociar en una posición decididamente desfavorable. Es el origen del vandorismo.
"Ni olvido ni sumisión..." será presentado este viernes 17 de octubre en el Centro de la Cultura Popular Diego Armando Maradona, en Av. Pte. Perón 975 (ex Gaona), Villa Sarmiento, Morón, Buenos Aires, Agentina. Los esperamos a todos los asiduos visitantes de "Historia Nacional y Popular" y a los interesados en conseguir el libro, comunicarse con Macedonia Ediciones o con el autor a su correo electrónico (hugoalejandrogomez@gmail.com) o a su Facebook, Hugo Alejandro Gómez. Los esperamos.

lunes, 4 de agosto de 2014

La batalla cultural: entre Jauretche y la nada… ¿Qué?




En un viejo artículo de “Historia Nacional y Popular” (ver “Defensiva…”) señalábamos una problemática vigente, porque se trata de un problema permanente, que se renueva con diferentes asuntos y entreveros, pero que en esencia es la misma. La batalla dialéctica, más allá de ser una batalla discursiva, es una apropiación del espacio cultural, algo que la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, se encargó de denominar “la batalla cultural”. La batalla cultural es, ni más ni menos, que un posicionamiento discursivo o dialéctico, para presentar debate historiográfico, político, cultural, en fin, ideológico, frente a una posición que, a priori, se presenta como dominante desde que la Patria es Patria y la vida es sueño, diría Calderón.
Esta batalla, es, ni más ni menos, que la contraposición estructural y superestructural de la competencia entre dos modelos, dos corrientes de pensamiento o dos proyectos de país, batalla que no es nueva y atraviesa toda la Historia Argentina y, si se quiere, Latinoamericana. Veamos por qué.
Cuando todo era nada, era nada, el principio…[1]
La crisis del orden colonial de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, que implicó la independencia de las colonias americanas, fue producto de una serie de intereses contrapuestos entre las potencias centrales que estaban configurando un nuevo orden económico y político internacional. Mientras Inglaterra pujaba por parir esa inevitable Revolución Industrial, Francia intentaba ejercer el contrapeso político correspondiente y España, en una caída irrefrenable, hacía malabares para sostener no sólo sus colonias, sino también, su propio orden interno. El triunfo de la Revolución capitalista inglesa sobre la revolución burguesa francesa (que luego se fundirían en una, política y económica) determinó la subordinación del orden internacional a los nuevos mandatos económicos.  
De esta manera, América Latina y la Argentina, más específicamente, quedan subordinados a este nuevo orden internacional que, hasta un historiador moderado y liberal no duda en denominar como “orden neocolonial” (Tulio Halperín Donghi, “Historia contemporánea de América Latina”, Alianza Editorial). Las nuevas colonias latinoamericanas, la Argentina especialmente, quedan sujetas a este pacto neocolonial y con un rol específico en la nueva División Internacional del Trabajo (DIT): ser productoras de materias primas para el mercado mundial, ávido de sus embarques para generar las manufacturas que sus centros industriales producirían con sumo agrado y a un alto costo para este continente. Por algo, Eduardo Galeano inicia su obra cumbre refiriéndose a la DIT, expresando que “consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”, y que “nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza” (Eduardo Galeano, “Las venas abiertas de América Latina”, Editorial Siglo XXI). De este modo, las sociedades neocoloniales van configurando un orden de acuerdo a este alineamiento. Y las oligarquías o clases dominantes se formarán en base a esos postulados, intereses y acuerdos comerciales.
En la nueva nación Argentina, desde el inicio mismo de la Revolución de Mayo, ese problema genera una interna en la Junta Revolucionaria. Los dogmáticos, revolucionarios, son marginados por la oligarquía comercial, lo que le cuesta el exilio y la vida a Mariano Moreno (más allá de toda duda), condena a Castelli a morir en la cárcel, envía a Belgrano a bailar con la más fea del baile y excluye a Artigas de toda discusión, amén de relegar a Monteagudo a un rol secundario y marginal, tomando mate en el patio del fondo. La revolución triunfante en Buenos Aires es apropiada por el creciente sector mercantil y financiero del puerto, que se erige como centro de poder comercial y, por lo tanto, político. La primera batalla, la de generar un país independiente y con proyecto económico propio o no, fue ganada por el centro capitalista mundial encarnado por Gran Bretaña. Duró unos pocos años, ya que los descalabros que generaba esta dispersión política requerían de una mano firme y con un proyecto más definido. Cuando Juan Manuel de Rosas se encarga de la gobernación de Buenos Aires (luego de que la caótica situación le costara la vida al líder de una representación ajena a los intereses foráneos, Manuel Dorrego), el proyecto de país cambia de rumbo. Las provincias recuperan autonomía a pesar de que el gobernador bonaerense se queda con la cabeza del león, es decir, la administración de la Aduana portuaria. Pero aún así, recuperan el oxígeno necesario para respirar las industrias provinciales. Nuevamente los vinos cuyanos y los tejidos del altiplano se vuelven a imponer ante los vinos españoles y franceses y los ponchos de Manchester. Las barreras aduaneras obligan a los imperios a tomar medidas y Francia e Inglaterra son derrotados en la heroica Vuelta de Obligado y se ven impelidos a buscar una estrategia diferente a la invasión foránea, puesto que los gauchos ordinarios tienen un orgullo nacional que jamás habían enfrentado. La forma era confrontarlos a unos con otros y, aquellos que formaban parte de esos intereses mercantiles, se plegaron gustosos a derrocar al gobernador que no permitía que cualquier barco extranjero navegara libremente por los ríos interiores ni admitía el libre comercio como ellos necesitaban. Lograron, con la ayuda de un caudillo popular, Urquiza, y los ejércitos de la Banda Oriental y Brasil, derrotar a ese salvaje gaucho que no entendía nada de ordenamiento político y económico internacional. Quedó desterrado al olvido y pudieron, por fin, con la guía de la comunidad internacional, imponer la Santa Constitución que tanto venían reclamando. El proyecto de país empezaba a tomar forma.
Hubo tierra, agua, sangre, flores, todo eso y también tiempo…
Pero claro. Esta tierra estaba infestada de salvajes y de sangre gaucha que “sólo sirve para abonar la tierra”, en palabras de Gloria y Loor, Honra sin Par. La arremetida contra Rosas debía completarse contra la hermana Paraguay de Solano López y los gauchos argentinos, incivilizados ellos, se oponen a la guerra y son también aniquilados, más específicamente sus líderes, Felipe Varela y el Chacho Peñaloza. Se completa el círculo para que el país se incorpore amablemente al mercado mundial. La división internacional del Trabajo precisaba de la incorporación de las naciones americanas al mercado mundial como productoras de materias primas. La Argentina, incluso, emprende la guerra al malón para incorporar las tierras del indio, ya que la pampa era necesaria para comenzar a cultivar el trigo y criar las vacas necesarias, mientras que la Patagonia era necesaria para seguir criando y proveyendo la lana de las ovejas que las industrias de Manchester seguían reclamando.
La misma problemática se estaba dando incluso en el riñón del mundo capitalista. El sur esclavista de los EEUU pretendía seguir ligado a los intereses de la industria textil inglesa produciendo algodón bajo un modo de producción esclavista. El norte industrial intentaba generar políticas de promoción independientes de los centros del mundo capitalista. Habiendo capacidades y materias primas… ¿Para qué vender la materia prima y pagarla más cara manufacturada, si podemos hacer todo y venderlo nosotros, se preguntaron? Una pregunta que en la Argentina se hicieron unos pocos y fueron silenciados o derrotados. Las polémicas de Rojas y Patrón con Ferré y luego el nacionalismo económico de Vicente Fidel López contra el liberalismo mitrista de Miguel Cané dan cuenta de que aquí había plena conciencia de dos posiciones antagónicas y dos proyectos diferenciados. Son innumerables los textos que tratan sobre ello e incluso en historiadores que no se pueden tildar de “nacionalistas y populares”; José Carlos Chiaramonte lo desarrolla muy bien en “Nacionalismo y liberalismo económicos en la Argentina” (Buenos Aires, Hyspamérica, 1986). La diferencia es que en EEUU triunfa el norte industrialista. Aquí, la conformación de una oligarquía terrateniente que se apodera del poder político, determina el triunfo de estos intereses contra los sectores de las pequeñas industrias manufactureras. Si querías una Nación importante, libre e independiente... Andá a llorar a la Iglesia.
Claramente digo que éste fue el mundo del hombre…
El modelo agroexportador es posible con la incorporación al mercado mundial en las condiciones que proponía la DIT y la formación de un Estado nacional liberal acorde a esos postulados. La clase dirigente que se apropió de la Revolución de Mayo y la recupera en Caseros, ahora tiene todo el aparato en su poder para moldear la Nación a su antojo. En la superestructura, se apropia del aparato jurídico imponiendo una legislación y un ordenamiento constitucional acorde a sus intereses. En lo estructural se apropia del aparato del Estado para dar forma a la estructura productiva (FFCC, reparto de tierras, políticas migratorias, etc.) que podía ser útil a los sectores dominantes y los poderes hegemónicos ligados al poder del capitalismo central.
Pero como todo concluye al fin y nada puede escapar, esta bonanza que permitía a la oligarquía terrateniente argentina disfrutar de las tardes parisinas y el placer de las fiestas en los palacios medievales europeos y el invierno de esquí en los Alpes suizos, tenía que acabar. La crisis del modelo agroexportador y sus propias limitaciones quedan expuestas cuando el estallido financiero del ’29 derrumba como un castillo de naipes los fundamentos económicos que sostenían el orden internacional. El reordenamiento implicó la aplicación de un mercantilismo amarrete que no permitía la salida de divisas más allá de las fronteras internas o, a lo sumo, dentro del territorio de las colonias. El mayor comprador de nuestro país, Inglaterra, decide comprar lo que nos compraba a nosotros, en sus propias colonias: Australia, la India y tantas más. El proyecto conservador y oligárquico que recupera el poder luego del breve interregno radical, envía al vicepresidente Julio A. Roca (h) a negociar y volver feliz luego de la firma del Pacto con el ministro británico Runciman. Al mismo tiempo que declaraba que la Argentina era la joya más preciada de las colonias británicas, exhibía sus ancas para demostrar que nos habían quitado hasta los calzones. El modelo seguía pugnando por aflorar en sentido contrario. Arturo Jauretche, Scalabrini Ortíz, Hernández Arregui y un grupo de intelectuales nacionalistas denunciaban desde la FORJA que otro país era posible. El Golpe de Estado de 1943 y la gesta de 1945 pusieron al país nuevamente en la senda de los patriotas de Mayo. La línea Mayo-Caseros, era combatida, ahora, por la de San Martín-Rosas-Perón.
Se contaron, todas estas cosas…
El período 1946-2003 es parte de un todo indisoluble signado por un común denominador: la violencia política. No es que antes no la hubiera habido. Sucede que la oligarquía jamás vio y se sintió tan amenazada en sus intereses y privilegios. La clase trabajadora fue empoderada por su líder y se hizo visible a la realidad política argentina. Sus reclamos fueron oídos; sus demandas, satisfechas; y sus derechos, adquiridos. Los sindicatos se sentaban en las mesas de negociaciones a pelear de igual a igual con los empresarios. La pequeña y mediana industria y el pequeño y mediano productor encontraron sus representaciones en nuevos organismos donde no estaban sometidos a los intereses de la UIA, la SR y otros. La Confederación General Económica, la Confederación General de la Industria, la del Comercio, etc, surgen  presentando y representando lineamientos e intereses distintos de los que representaban los monstruos grandes que siempre pisaron fuerte. Una fábrica de tornillos de Avellaneda podía tener voz y no debía someterse a los imperios de la Coca-Cola, Mercedes-Benz o Molinos Río de la Plata. La CGT disputa la apropiación de la riqueza y el reparto llega a un histórico 53% a favor de los trabajadores en pleno auge del peronismo.
Lo que sigue, lo vivimos más de cerca: derrocamiento de Perón y 18 años de dictaduras y falsas democracias con represiones y fusilamientos a granel. El breve período camporista logrado a base de lucha, movilización, fierros (armas de fuego) y caños (bombas de fabricación casera), fue apenas un bálsamo. Perón ya no era aquel y dejó mansamente su legado en manos de la derecha más depiadada que conoció el Movimiento nacional hasta entonces. La Triple A fue su hija más dilecta en manos de la CNU, la policía loperreguista y el sindicalismo de Rucci y Miguel.
El desbande provocado por esta derecha no alcanzó y había que desaparecer, literalmente, todo vestigio de resistencia y lucha. La dictadura puso las cosas en orden y restauró el poder al orden conservador en lo económico y en lo político, desarticulando el Estado de bienestar peronista. Y como a veces para un peronista no hay nada peor que otro peronista, lo que empezó Martínez de Hoz y el alfonsinismo no se preocupó por sostener, lo poco que quedaba lo liquidó Menem (tóquese la parte de la humanidad más sensible a sus presagios cabuleros). El poder de la oligarquía terrateniente estaba donde siempre quiso estar y la clase media, en franco desbande, lloraba en la puerta de los bancos por sus ahorros abrazada a la innumerable horda de piqueteros desocupados a los que pronto despreciaría, una vez que pudo asomar el cogote del agua.
Y fue así. Fue así…
El 2003 da inicio a un nuevo proceso de la apropiación de los espacios políticos, económicos y sociales. Los marginados y los postergados de siempre comienzan a recuperar un espacio visible bajo el sol. El trabajo se vuelve costumbre y el acceso a beneficios y derechos (no dádivas, como muchos pretenden suponer) reincorpora al cuerpo social a la legión de postergados con jubilaciones, salarios y subsidios, así como acceso a la tierra, al crédito, a la tecnología y a la educación y salud. Pero brindar presupone que debe salir de algún lado. Y sale de lo que antes generaba más plusvalía. Más ganancias para los poderes concentrados. Para brindar estos beneficios, había que recortar esas ganancias extraordinarias. Y comenzó la nueva batalla. La Sociedad Rural, la UIA, la banca, el FMI y tantos poderes más, no reaccionaron pasivamente. Pero esta vez, sucedió algo inédito: la Argentina no se encontró sola en esta lucha que siempre fue desigual. Chávez, Lula, Evo, Correa y un gran concierto de naciones comenzaron a escuchar y acompañar, emparejando este eterno tire y afloje. La unidad latinoamericana no es la florcita adornando el cuaderno escolar entre las páginas del “relato”. Es el poder de las naciones históricamente subyugadas unidas y presentando batalla. Sin esa unidad, cada una de estas naciones se cae por sí sola y vuelve nuevamente al dominio del imperio. De allí que los medios dominantes insistan en querer fisurar estas relaciones poniéndole cámaras ocultas al Pepe Mugica para ver en quién se desgracia cuando va al baño o en intentar demostrar que Cristina no es sólida gobernante porque la pastera sigue contaminando y no le declara la guerra al Uruguay.
El último 25 de mayo se conmemoró, junto a la celebración de la gesta de 1810, por primera vez y de manera oficial, un nuevo aniversario de la despedida de Don Arturo Jauretche. La posición política del Gobierno Nacional en la negociación en los tribunales estadounidenses, dejó una pieza de oratoria maravillosa con reseña histórica incluida, sobre los orígenes y el desarrollo de la deuda externa argentina. En estos dos proyectos de Nación enfrentados una y otra vez a lo largo de la Historia Argentina, sólo uno de ellos se preocupa por apropiarse de los poderes económicos y políticos y supeditó el resto a esos intereses. El otro, el campo nacional y popular, siempre propuso una lucha integral y la apropiación de lo político y lo económico no se sostienen en el tiempo sin una concientización de lo que representa esta batalla cultural. La que nos clarifica en lo político, nos enriquece en lo dialéctico, nos une en lo histórico y nos afirma en lo ideológico. Perder la batalla cultural, y esto la presidenta lo sabe a la perfección, representa perder todo lo conquistado. Descuidarse, equivale a entregar los calzones, tal como lo hiciera cierto vicepresidente en los ‘30 y fuera imitado, con creces, por cierto presidente en los ‘90.


[1] Los subtítulos corresponden a la canción “Génesis”, del álbum “La Biblia” de la banda argentina Vox Dei.