lunes, 30 de marzo de 2015

El juego de la memoria



“Entre los libros de la buena memoria,
Se queda oyendo, como un ciego frente al mar…”
Luis Alberto Spinetta – “Los libros de la buena memoria”.

Entre los psicólogos, los pedagogos y muchos estudiólogos, es muy conocido ese juego donde se pone a prueba la capacidad de memoria de alguien mostrándole figuras al azar de objetos o personas entre un sinfín innumerable de figuras de objetos y personas. Luego eran mezcladas con las demás y volvían a mostrarse, esta vez todas juntas. Había que recordar las que nos mostraron entre el torbellino de figuras; la asociación de figuras y el menor grado de confusión determinaba una cierta habilidad que aún estos científicos están tratando de descubrir.
Visto así, la memoria es más una herencia genética que se convierte en habilidad cuando se ejercita cual aparato de mini-gimnasio promocionado en las publicidades del “Disque ya”. Si vamos más atrás (y no tanto), hacia fines del siglo XIX, el positivismo, con su carga acumulativa de datos y su enciclopedismo, impuso la memoria como símbolo de la sabiduría. De allí en más, el método más premiado en la historia de la escolaridad fue el de la memoria. “Ese alumno es muy inteligente; se conoce todas las capitales del mundo”. O “se sabe todas las fechas de la Historia; le preguntas qué pasó tal día y lo responde”. Sabiduría, inteligencia, virtud, la memoria como factor acumulativo de datos era valorada y premiada en “Odol pregunta”, pero también en escuelas y universidades.
Hoy día, la memoria contiene la complejidad de lo incomprendido. Y es una virtud, en la medida en que convierte la virtud en beneficio personal o colectivo. La memoria personal puede ayudarnos a encontrar fácilmente dónde dejamos las llaves que siempre tanto nos cuesta encontrar. O nos sirve para aprobar un examen difícil en la universidad. Aunque lo de las llaves se solucione con un lugar previamente establecido donde colocarlas reemplazando al mero revoleo y el examen se aprobara con un simple método de lectocomprensión, siempre vamos a considerar que aprobamos el examen y no perdimos las llaves por obra y gracia de la virtud de nuestra buena memoria.
Pero en lo colectivo, ya no dependemos de factores tan endebles. La memoria colectiva es una virtud que se entromete en las conciencias y apela a la construcción ideológica. Y eso no se hace desde otro lugar que desde el aparato del Estado. El Estado construye memoria. La construye implementando feriados, imponiendo himnos, estableciendo símbolos patrios y aplicando contenidos en las currículas de los distintos niveles educativos. Pero el Estado no es “un monstruo grande y pisa fuerte” que dice de qué manera se hace lo que hay que hacer. El Estado es un complejo de políticos e intelectuales que desde ese lugar establecen y determinan. Alguien dirá “el Estado somos todos”. Marx diría “el Estado es la herramienta política de las clases dominantes convertida en instrumento de dominación para perpetuarse en el poder”. Pero el Estado, también, es el aparato político por el cual se instrumentan las políticas de quienes elegimos para que nos representen. Desde allí, quienes hemos elegido, construyen la memoria que decidimos que sea la memoria oficial. La memoria es ideológica, es social y es política. Y de acuerdo a quien nos represente, será memoria elitista o no. Si nos representa un gobierno popular, entonces no lo será. Es entonces cuando la memoria colectiva se constituye en memoria popular y si en verdad queremos que nos represente, es entonces cuando es necesario determinar si el rumbo es el correcto o si es necesario corregirlo o desafiarlo.
El Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia, instituido en la Argentina el día 24 de marzo, para conmemorar la fecha del último Golpe de Estado en el país, está instaurando un modelo de memoria colectiva que adolece de cierta cojera. Y la memoria colectiva empieza a caminar dificultosamente y eso, una vez establecido, es tan difícil como intentar imponer un feriado el día de la muerte del Chacho Peñaloza suplantando al de Sarmiento. Analicemos pues, la cojera del Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia.
El síndrome del nazismo o los “malos vs. los buenos”
“Todo está guardado en la Memoria”
(León Gieco)
De cómo ir de lo complejo a lo sencillo. O de cómo vaciar de contenido. La memoria puede terminar simplificando tal como lo hace un matemático para llegar al resultado de una ecuación. Pero la simplificación histórica no arriba a los mismos resultados tal como le sucede al matemático. La simplificación histórica vacía de contenido, deja de explicar y el sentido de lo que se quería decir en un principio se diluye y se pierde entre lo que se debía decir y se insinuó o nunca se dijo porque se dio por sobreentendido.
Lo que la Historia oficial está transmitiendo (la experiencia de un servidor en la educación secundaria es el parámetro) es que Videla era un malvado sanguinario que sólo quería matar gente porque estaba loco, como Hitler. Y sus seguidores también. Eran malos. Eran militares. Enfrente, estaba la población civil que se encontraba sometida cual Caperucita a la sed de sangre del lobo feroz. Indefensa, inocente y sometida al azar de que aparezca el héroe cazador del bosque que le salve la vida y ajusticie al malvado lobo.
No había maldad. Había un plan económico y político que debía implementarse y era necesario disciplinar a los distintos sectores del campo popular capaces de erigirse en oposición o alternativa política. Las Fuerzas Armadas eran apenas la mano armada de poderes mucho más superiores a sus propias instituciones. El verdadero poder detrás del golpe estaba en los centros políticos y financieros internacionales. Y en el país, el poder estaba detrás de determinados escritorios y no en los cuarteles. Por eso es más atinado hablar de dictadura cívico-militar que de dictadura militar. La Sociedad Rural Argentina y la Unión Industrial aportaron sus cuadros más notorios, ocupando ministerios nacionales, provinciales y municipales. Pero los partidos políticos también lo hicieron. La UCR, la Democracia Cristiana, el desarrollismo y el conservadurismo que luego formaría la UCEDÉ, son los casos más emblemáticos.
El mandato internacional para dar entrada al neoliberalismo, era el de dar término al Estado de Bienestar. O al Estado peronista, en la Argentina. Las políticas de ajuste, endeudamiento y achicamiento del Estado fueron la premisa. Pero el abandono de las empresas del Estado, los hospitales y las escuelas, debían dar origen a la instauración ideológica en el imaginario popular, sobre la ineficacia del Estado como administrador y como generador de soluciones a las problemáticas sociales. Entonces, el Estado es ineficaz y corrupto, porque la política no sirve.
La deuda externa se quintuplicó y la desocupación se triplicó. La actividad industrial cayó a niveles alarmantes y la balanza de pagos comenzó a ser deficitaria gracias a la importación desmedida de artículos que hasta hacía poco se producían en el país y dejaron de hacerse porque las fábricas no pudieron competir con la baratura de los costos extranjeros. La democracia que siguió a la dictadura no hizo demasiado para romper con ese modelo. Alfonsín se dejó llevar por la corriente sin tener idea de lo que pasaba, como un autista que mira a su alrededor, inoperante, y Menem convocó a los mismos cuadros que los centros financieros habían designado con Videla. El plan económico era el de someter a los países “en vías de desarrollo” a los designios de los caprichos financieros internacionales y amamantar interminablemente con las riquezas propias, esas economías que, por sí solas, carecen de fortalezas concretas.
Ese fue el objetivo dictatorial. No el de matar. El disciplinamiento se hizo imprescindible por el alto grado de politización y movilización que tenía la sociedad argentina en los 70.  No fue por maldad. Fue por estrategia.
Sobre “la noche de los lápices” o la inocencia perdida
“Y rasguña las piedras, y rasguña las piedras
Hasta mí”
(Canción compuesta por alguien que
Se enteró de lo que pasó y la cantó para la película)
“La noche de los lápices” es una película dirigida por un director, basada en el libro de dos autores, que inspiran su relato en la vivencia de uno de los sobrevivientes de lo que ocurrió en la ciudad de La Plata el 16 de setiembre de 1976. Claro que la parcialidad del relato está fundamentada en la elección del sobreviviente. Tomar otro sobreviviente, llevaría a replantear que este hecho fue más amplio que lo que la película relata y que pudo haber sido diferente.
La versión fílmica nos muestra la idea de que “La noche de los lápices” sucedió porque había unos chicos un tanto revoltosos, traviesos, que hacían diabluras como pintar paredes para protestar contra rectores malos y organizar marchas por el boleto estudiantil secundario. Y todo se precipita porque los militares malos, en lugar de ponerlos en vereda con una mala nota, los secuestran y los torturan, los violan y los matan.
Esta versión edulcorada de los motivos que impulsaron a los militares a llevar a cabo el secuestro y desaparición forzada y sistemática de personas se vincula estrechamente con la anterior. Los militares actuaban así de puros malvados. Los chicos “peleaban por el boleto secundario” y los milicos eran tan malvados que no se bancaban ni siquiera una protesta por algo tan inocente como eso. Y los chicos, una vez llevados en las sombras de la noche, no entienden tampoco por qué los llevan siendo que lo único que hacían era estar en un centro de estudiantes y pedir el boleto gratis para ir a estudiar. Niños víctimas inocentes.
Lo que esta versión oculta es que la franja etaria con mayor cantidad de secuestrados, oscila entre los 13 y 26 años. Y el segundo actor social con más secuestrados, después de los trabajadores, son los estudiantes. No es casual. Las filas de las organizaciones populares se nutrían, básicamente, de la sangre joven y revolucionaria, la que tiene los sueños y rebeldías juveniles y la esperanza de cambiar al mundo para hacerlo un lugar más justo para vivir. Los chicos de “La noche de los lápices” no estaban sólo en los centros de estudiantes y pedían el boleto secundario. Eran militantes populares y luchaban por una serie de reivindicaciones políticas y adherían a la lucha armada de las organizaciones guerrilleras que se enfrentaban a la dictadura. Pero si los estudiantes son el segundo grupo con mayores víctimas… ¿Por qué se llevaron siete en La Plata? ¿Y encima sobrevivió uno?
Los chicos de escuelas secundarias sufrieron su “noche de los lápices” a lo largo de todo el país. En la investigación que se hizo en Morón, varios militantes testimoniantes que en aquel entonces tenían entre catorce y diecisiete años, atestiguan haber sido secuestrados o buscados en esa misma noche. Y según testimonios de distintos puntos del país, se habría replicado esa persecución en otros sitios. “La noche de los lápices” no fue el secuestro de niños inocentes que luchaban por el boleto estudiantil secundario: fue la persecución sistemática de jóvenes luchadores de organizaciones políticas y guerrilleras que se oponían a la dictadura, pero también, al imperialismo y al capitalismo imperante como forma de explotación económica. La simplificación anecdótica, como vemos, vacía de contenido el debate y a la Historia misma.  
Sobre las Madres de la Plaza o la revolución a lo Ghandi
“Memorias del fuego”
(Eduardo Galeano)
La otra gran simplificación histórica que atenta contra la Memoria por la Verdad y la Justicia es la surgida al calor de las organizaciones de Derechos Humanos. Un caso importante es el del Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, que se sabe, se le otorga el premio porque se opone a los militares malos, pero no porque lucha contra el sistema. Fue una voz importante en los sectores de organismos de derechos humanos y diplomáticos internacionales. Y fomentó la condena general de la comunidad internacional. Sólo eso. Que no es poco. Pero sabemos que los ideales de independencia económica y soberanía política no son premiados internacionalmente.
El caso de las Madres de Plaza de Mayo, con algunos matices, es similar. La Historia oficial nos indica que la lucha de las Madres llevó a sucumbir al poder dictatorial. Los pañuelos enfrentados al poder de las armas con una ronda semanal, pudieron lo que nadie o sí: lo que Gandhi logró en la India, que fue el cambio con la oposición pacífica contra una injusticia, contra la maldad pura y sin razón.
Las Madres tienen una historia de lucha que merece el respeto y la admiración de quien las nombre o las escriba, entre quienes me incluyo. Pero llevarlas a ese pedestal sacro es falsear la memoria y menoscabar la lucha de los sectores políticos y populares que le pusieron el cuerpo a las balas dictatoriales.
Decíamos que el sector que más sufrió la desaparición y la persecución por parte de los militares, fue la clase trabajadora. El sindicalismo rebelde se manifestó tempranamente contra la dictadura y uno de esos emblemas de lucha fue el dirigente de Luz y Fuerza Oscar Smith, que gracias a Rá, Samás y todos los dioses, nada tenía que ver con su homónimo Adam. Oscar Smith desapareció en 1977 y la posta fue tomada por un dirigente cervecero a quien se le achaca haberle hecho 13 paros a Alfonsín pero nadie cuenta cuántos le hizo a la dictadura ni cuántos les hizo a Menem. En 1979, luego de medidas de resistencia parciales y con resultados bastante dispares, realiza el primer paro general contra la dictadura. Y esto, cuando aún los líderes que luego se llenaron la boca hablando de democracia, se encontraban debajo de la alfombra por temor a ser descubiertos tan sólo balbuceando algo. Los paros se sucedieron hasta que en 1982, cuando el plan económico se encontraba en plena profundización, el paro más masivo que demuestra el descontento popular, deja como víctima a Dalmiro Flores y cientos de heridos y detenidos. La clase trabajadora acorraló a la dictadura de forma tal que esa situación la impulsa a emprender la aventura de Malvinas apenas tres días después, con los resultados conocidos por todos.
¿Y dónde queda la lucha de las Madres? ¿Ellas no hicieron nada? Desde su lugar, sí. Pero sin sobredimensionar. Ellas mismas dieron a conocer que la estrategia fue salir como madres a reclamar por sus hijos puesto que si salían los padres, serían reprimidos. Una mujer, de edad, con aspecto de ama de casa, tiene un impacto visual, político y sentimental más universalizante que un sector político que puede luchar por una causa justa pero puede no representar a todos. Las Madres son representativas, pero el efecto de su lucha fue más eficaz puertas afuera que puertas adentro. Las Madres se convierten en símbolo internacional de lucha contra la dictadura por su carácter pacífico y abarcativo. No hay nada más unificador que el dolor de una madre. Organizaciones no gubernamentales y organismos oficiales internacionales acompañaron ese transitar de los jueves atentos y lo pusieron bajo la mirada del mundo. El clamor internacional contra la dictadura fue el gran aporte de las Madres a la lucha, algo que los partidos políticos, organizaciones gremiales y guerrilleras no pudieron. Las Madres dieron un gran espaldarazo a la lucha de los sectores populares, especialmente la clase trabajadora, que se encargaron de combatir en el sentido completo de la palabra, a la dictadura. Y su aporte fue el de la lucha que podían dar desde el lugar en que estaban. No es poco. Pero sin la lucha popular, hubiera sido nada. La lucha fue de todos. De las Madres, pero también de los distintos sectores a los cuales se intenta invisibilizar en pos de la construcción del ideal revolucionario “a lo Gandhi”. El buen revolucionario, no putea, no odia ni dispara balas. El buen revolucionario pone la otra mejilla. Y ahí es donde hasta se suaviza la mirada sobre las Madres, puesto que ellas no ponen la otra mejilla. Piden justicia para construir, sin venganza. Y cuando toman postura política, se las condena porque están saliendo del molde preestablecido: pacífico, apolítico y desideologizado. Algo que las mismas Madres no aceptan y por ello se encolumnan detrás del gobierno nacional y popular que rige los destinos de la Argentina desde el 2003.
Del recuerdo a la Memoria
“Memoria” (Chiche Gelblung)
Tomar la Memoria como una simple habilidad puede llevar a confusiones, como les sucedió a los positivistas decimonónicos. Y confundir la Memoria con el recuerdo, nos puede llevar a hacer un programa de televisión y banalizar y simplificar este ejercicio colectivo que recupera las vivencias, pero también los sentires, las vilezas y las dignidades en que se envuelven la lucha de los pueblos. Esas experiencias son las que se ejercen como memoria colectiva y le dan sentido a la Historia de un pueblo. Simplificarla, parcializarla, banalizarla, la vacía de contenido y vuelve a esas luchas y a sus héroes y mártires, simples instrumentos de los caprichos del destino sometidos a los vaivenes de la maldad humana. Como la maldad de los dictadores. Porque como decía un conductor de TV, hay que tener Memoria, mientras se olvidaba e intentaba borrar del recuerdo su colaboración editorial y propagandística con los dictadores.

La Memoria construye. La Memoria da sentido. Y dignifica.

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