lunes, 14 de abril de 2014

Los dos caminos de Mao: Massa amasa la mano de Moyano.

(Principios de una alfabetización burguesa,
Buenos Aires, Editorial del Clarinete, 2025 -2° ed.)
A Susana, con amor.
Mao Tsé Tung explicaba (en una especie de vuelta de rosca al concepto trotskista de revolución permanente) que todo proceso revolucionario debía estar en constante renovación, pero siempre atento a las decisiones que se tomaban, puesto que en todo momento el proceso, como los hombres, tenían ante sí los “dos caminos”. El de la revolución, que era el camino elegido por y para el pueblo, y el de la seducción burguesa, que era el camino en el que podía caer cualquier hombre o movimiento, en virtud de las contradicciones propias que tenía por derivaciones culturales, ideológicas, etc.
Mao no era peronista y quizás nunca escuchó hablar de Perón. Pero en términos más coloquiales, al otro lado del mundo y casi al mismo tiempo, Eva Perón hablaba de cuidar al General para que la revolución justicialista triunfara, y poniendo especial énfasis en los traidores “de afuera y de adentro” del movimiento. Los traidores de afuera, serían quienes no pertenecen al Movimiento Justicialista, los que traicionan no al Movimiento per se, sino a la Nación toda; en cambio, los de adentro son aquellos que están involucrados y consustanciados con el Movimiento (o dicen estarlo) y al traicionar los preceptos del Movimiento traicionan, por añadidura, a la Patria toda.
La “traición”, para Mao, no sería más que caer bajo la cálida manta de las comodidades que brinda la sociedad capitalista y el estilo de vida pequeño burgués que podría estar bien para sociedades que se encuentran en condiciones de aplicarla en una buena porción de la población, como la norteamericana, pero no en quien quiera llevarla a cabo en una sociedad mayoritariamente campesina y empobrecida como la china. Allí, el televisor, sea color o blanco y negro, sólo tendrá una función distractiva del verdadero bienestar, siendo que en los EEUU, la función distractiva cumpliría también una función placentera (burguesa) y no sólo narcotizante.
En virtud del paro general lanzado por la CGT disidente liderada por el ex morocho Hugo Moyano, se lanzó hacia el líder camionero una gran e interminable serie de epítetos desde los sectores militantes del oficialismo (y dirigentes también, aunque con los formalismos que la práctica política ordena), destacándose el de “traidor”, como el más significativo y el ganador absoluto en el podio de los calificativos.
No es de extrañar. El mismo es usado con mucha frecuencia y los casos más resonantes de “traición” de estos últimos tiempos podrían ser, sin temor a equivocarnos, los de Cleto Cobos y Sergio Massa. Claro que no tenemos que indagar demasiado para ver quiénes los calificaron de traidores y, entonces, surge el interrogante: ¿Por qué razón los sectores del liberalismo vernáculo no le dijeron “traidor” a Massa o a Boudou cuando pegaron el salto hacia el FPV? ¿Por qué no lo hacen con Scioli, que, para el caso, es más de lo anteriormente mencionado? ¿Por qué no lo hizo el radicalismo con Cleto? ¿Acaso estaban esperando el momento de su apogeo para poder bautizar un toro con su nombre y que se pasee por el predio de la Rural en Palermo? ¿Por qué son los sectores populares quienes presentan a la traición como el problema esencial en política y los sectores medios y altos no? ¿Será que, al decir sarmientino, aún nos falta madurar como sociedad porque nos falta la cultura que las clases medias y altas poseen en demasía? “Buena pdegunta, Zanto… Ez un dezaztde…”, diría un periodista y analista económico del multimedios.
Morir de sed teniendo tanta agua…
Por contraposición a la traición, podríamos definir a la lealtad desde la perseverancia y la fidelidad hacia una empresa o idea. En ese caso, la fidelidad, la lealtad, es bendecida por los sectores populares y despreciada por las clases mejor posicionadas en la escala social. Ese desprecio le quita a la lealtad el carácter de virtud y lo establece como servicio. Servicio desde lo servil, porque el servilismo es irracional; o servicio desde la renta, porque el rentado cobra por un trabajo bien hecho. Entonces, ser leal no es para el que piensa. Ser leal es de obsecuentes. Ergo, es leal porque no piensa (dicen), no tiene la capacidad para discernir si está bien o mal lo que sigue o a lo que adhiere con tanto fervor o porque… Le pagan para ser leal. La lealtad tiene un precio porque es una virtud puesta al servicio de un salario. Entonces deja de ser virtud para convertirse en oficio. “¿De qué laburás?”, pregunta uno; “De leal, por tanto al mes”, contesta al otro. Es la lógica imperante.
Desde ese lugar, la fidelidad se posiciona en servilismo. Y desde ese lugar, todo tiene un precio o es irracional. Los valores están sujetos a la variable del mercado y el sentir sólo se establece en posición horizontal y con la persona de nuestros sueños. Pero jamás se siente un ideal. Eso está reservado para el que cobra.
Un ejemplo caro a quienes hacemos este espacio de “Historia Nacional y Popular” es el de Héctor J. Cámpora. Este ex presidente de la Nación jamás tuvo una divergencia hacia Perón. Su lealtad fue intachable e indiscutible. Incluso, en el momento en que se produce la disidencia, sin jamás confesarlo y sin jamás vituperarlo en público, da un paso al costado y, como todo un caballero, se retira. Cumplió con sus deberes de legislador, de delegado personal y de presidente al servicio de una causa y de su líder. Cámpora fue a Perón lo que hoy día representó y representa Leopoldo Moreau a Raúl Alfonsín. Ejemplos de lealtad y de coherencia más allá de las diferencias que uno pueda tener con cualquiera de ellos.
Pero Cámpora quedó condenado a la condena. Ser leal, para él, le significó quedar signado bajo el signo de la obsecuencia. Y el juego de palabras no es caprichoso. La lealtad no es bien vista por los mercaderes de la virtud. Seguimos insistiendo en la pregunta del millón: ¿por qué la condena de ciertos tópicos y de ciertas conductas se pueden considerar patrimonios de clase?
Una lágrima y un recuerdo…
Cuando el neoliberalismo se trastoca en nacional y popular es, simplemente, un giro posicional o una movida dentro del tablero del ajedrez político. En cambio, cuando la movida del peón se produce desde el sector popular hacia los espacios antagónicos, la condena de traición es unánime por parte de los mismos sectores populares. Esta variante, a la hora del juicio y la bajada del martillo, tiene un porqué, como todo en la Historia. Especialmente, si de clases sociales hablamos.
Las clases sociales están segmentadas, claramente diferenciadas por la posesión de bienes materiales, que es el máximo patrimonio social, económico, cultural y político desde el desarrollo de las sociedades capitalistas. Y ese estado patrimonial se adquiere y deviene de la dinámica propia de las relaciones de producción imperantes en una sociedad capitalista. Dicho en criollo, sólo explotando al otro me hago rico; sólo la plusvalía enriquece; sólo cagando al próximo (o prójimo) mi patrimonio se mantendrá a salvo y también, probablemente, aumentará.
Y claro que para pertenecer a esa clase social habrá que manejarse con la lógica imperante que les permitirá ser una pieza más de ese aceitado mecanismo que funciona con la maquinita de hacer billetes. Y esa lógica no tiene espacio para los valores y las virtudes. Ni para las culpas o remordimientos. Uno no explota gente: le da trabajo; uno no caga al prójimo: hace negocios y gana, porque siempre que uno gana, hay otro que pierde. No se puede dar trabajo y pagar lo que el trabajador se merece porque sino… ¿Dónde está el negocio? No se puede hacer negocios de manera justa e intentar que los dos que mercan se beneficien porque sino… ¿Cómo acumulo riqueza? No hay lugar para los débiles, como repiten siempre en las películas norteamericanas, se trate de una de guerra, de una lacrimógena en la que el tipo está luchando contra el cáncer, o en un film donde un alumno intenta llegar a la nota que le permitirá ingresar a una selecta universidad como Járvar. El discurso dominante no permite debilidades, pero tampoco sensiblerías que avalen una conducta de valores. Entonces, de lealtades… Nada. Y de traiciones… Menos.
El tilingo no traiciona: se acomoda en función de su propio beneficio. Cual diputada alcoholizada de jerárquico apellido, puede saltar de lado en lado en el tablero de la rayuela política y aunque nunca llegue al cielo jamás será condenada al purgatorio. En cambio, el “negro” traiciona o se siente traicionado por una sencilla razón: su escala de valores se mantiene incólume y su vida se construye trabajando. Y el trabajo requiere de principios básicos como la solidaridad, el compañerismo, la amistad, la comunión de objetivos, la honestidad y tantos más. Y abandonar esos valores, implica pasarse al bando de los “garcas”, de quienes no los tienen. Eso es la traición. Traiciona a su clase, pero también traiciona a su compañero, a su amigo, a su colega… A los principios de todo un colectivo que los contenía y que fue abandonado por el traidor.
Qué par de pájaros los dos…
Entonces, para establecer la traición de manera concreta, hay que establecer la pertenencia de clase. Es el 2+2 de la política. Si le regalamos el mote de traidor a cualquiera, le estamos asignando valores que jamás los tuvo. No cualquiera puede darse el lujo de traicionar. Es un requiebre del espíritu y está reservado para quien alguna vez hay poseído un espíritu y valores acordes a la espiritualidad humana. El que siempre estuvo del lado de los explotadores, no traiciona porque jamás poseyó valores a los cuales abandone.
Los casos de traición que la política argentina ha instalado últimamente no se adecúan a esa lógica. Los hemos nombrado a lo largo de este artículo. ¿A quién traicionó Cobos, si jamás perteneció? Simplemente, incumplió el pacto político, como Frondizi, y volvió a correrse al lugar del que jamás debió haber salido. ¿Sergio Massa? Todos conocen la historia del joven ucedeísta que veneraba al ingeniero Álvaro Alsogaray y a Carlos Menem como adalides de los “nuevos tiempos” en los 90 y se posicionó bajo el ala de Néstor Kirchner. El mismo Néstor lo explicó en el caso de Redrado: “Nosotros necesitábamos funcionarios políticamente correctos para presentarles a los organismos financieros internacionales y negociar desde otro lugar; así conseguimos lo que queríamos”. A eso el General lo llamaba táctica y estrategia. No puede ser traidor este muchacho que jamás perteneció. Fue necesario en su momento. Y cuando le crecieron las alas remontó vuelo. No seamos generosos con estos personajes llamándolos traidores. No lo merecen y les queda demasiado grande. Y así será si el día de mañana los Scioli, Boudou y tantos más toman –o retoman- el camino de donde vinieron. A no alarmarse.
Distintos son otros casos. Y aquí volvemos al paro de esta semana próxima pasada. Hugo Moyano es un trabajador devenido en empresario exitoso, como la mayoría de los sindicalistas que están al frente de sus organizaciones. El tipo conoce lo que es arremangarse y construir desde abajo. Que hace rato no lo haga, no implica que no tenga una pertenencia y un origen de clase propio de un trabajador. Y por eso, cuando lanza el paro desde las páginas y la pantalla del multimedios que antes lo condenaba por estar contra la clase empresarial argentina, sabemos que este muchacho está defeccionando. Y cuando es entrevistado junto a los líderes de las entidades patronales campesinas o de los diputados pro-oligárquicos, no hay lugar para la duda: este tipo sí es un traidor. Y cuando el militante cineasta, ex peronista, ex nacional y popular, ex defensor de las causas nacionales, se sienta al lado de una mujer que desvaría diciendo que respira aliviada desde la muerte de Néstor Kirchner y él no pestañea, como si se tratara de una toma esencial para su próximo largometraje, podemos decir que también es un traidor. Quien realizó una consciente labor militante y pedagógica con paisajes tan bellos y diversos como “La hora de los Hornos” o “Sur”, no puede equivocarse: está cagando al prójimo. Es un traidor hecho y derecho.

Cuando Mao hablaba de “los dos caminos” hablaba del camino revolucionario y el de la seducción burguesa. Y es lo mismo que hablar de traiciones y lealtades. La seducción de la vida burguesa es el camino de la traición, pero también, el abandono de los valores. De los preceptos de la lealtad y, por supuesto, del amor.

1 comentario:

  1. marcela ángeles Giovannoni12 de agosto de 2014, 9:03

    Impecable deduccion !!! Te doy toda la razón.
    Pensaba que el peronismo como partido politico policlasista ..aunque en realidad ,hoy siento que en pos de su crecimiento acepto en sus filas a muchos de esos personajes siniestros que se acodan dentro del movimiento para afianzarse y tomar vuelo como vos decis ..El kirchnerismo viene a purificar ideológicamente y es logico que veamos a muchos más caranchoa volar !!

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